Yann

Y para continuar la tarde, os dejamos un relato mientras terminamos de organizar el desafío. Esperamos que os guste. De ser así, sentíos libres de comentar, eso nos ayudará a seguir creciendo =)

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<< Salida del vuelo Airbus A-320 con destino Berlín, embarquen por la puerta A-42 >>
Todos recibieron la noticia como si de un jarro de agua fría se tratase. Nadie supo bien qué decir. La madre, quien ya había empezado a llorar hacía rato,  se encontraba abrazada a su marido observando lo rápido que habían pasado  aquellos años desde que cogiera por vez primera a su hijo hasta que lo viera, en menos de cinco minutos, partir mochila al hombro a más de diez mil kilómetros de ella. Las hermanas pequeñas, Blanca y Ana, esperaban inquietas junto a su madre deseando que todo aquello fuera como un mal sueño y rezaban para que no llegara el momento en el que tuvieran que decir adiós al que había sido su mejor amigo, protector y profesor particular desde que alcanzaban sus cortas memorias. Y el padre, jugando el roll de cabeza de familia, ahogaba sus emociones en la garganta y escondía sus ojos rojos bajo unas oscuras gafas de sol.
— Bueno —se animó a decir Yann— tengo que irme o perderé el avión, pero antes, alegrarme esas caras por favor. Tan solo me voy unos meses, volveré a casa cuando menos os lo esperéis y tan pronto como lo haga deseareis que me vaya de nuevo —sonrió.
— Sabes que eso no es verdad, hijo —dijo su madre.
— Claro que sí; volveré para que papa pueda seguir castigándome por llegar tarde a casa, para despertar a Anita con la música de mi cuarto y para que tú me repitas que hasta que no ordene el cuarto no salgo a la calle.
Pareció sonsacar una sonrisa a su madre pero esta rompió a llorar de nuevo.
<<Por su propio interés, rogamos mantengan sus pertenencias controladas en todo momento>>
— Anda, dejad que se vaya que al final perderá el avión y tendremos que comprarle otro billete —dijo el padre en un tono seco, aunque todos sabían que no estaba cabreado.
— ¿Hijo seguro que quieres irte? Mira que tú no sabes alemán, cariño que tu eres muy delicado ¿y si no te gusta la comida de allí?
— Mamá, ya hemos hablado de esto. Sabes que no puedo quedarme aquí sin nada esperando un trabajo que no sé si llegará. Y si no me gusta la comida, cuando vuelva a casa por navidad me llevaré una maleta entera de tuppers de la mejor cocinera del mundo para Alemania.
<< Última llamada para los pasajeros del vuelo Airbus A-320 con destino Berlín, embarquen por la puerta A-42 >>
Volvieron a repetir por megafonía en un español casi inentendible.
Yann se puso en cuclillas frente la menor de sus hermanas, Blanca, con tan solo cuatro años.
— Blanquita, tengo que irme ¿me darías un abrazo fuerte, fuerte?
Blanca vaciló unos segundos antes de abrazar a su hermano con todas sus fuerzas.
— Blanquita —le susurró al oído— se buena ¿vale? Y no te olvides de mi eh.
La pequeña se separó de él y negó con la cabeza abrazando ahora a su peluche favorito.
— Anda, si ha venido con nosotros tu amiguito ¿Este… como se llamaba?
— Orejitas —contestó casi para ella misma.
— Orejitas eh, pues prométeme una cosa —Blanca respondió con una mirada— prométeme que vas a cuidar de él como me cuidabas a mí cuando yo me puse malito ¿te acuerdas?
Blanca apretó los labios ahogando un llanto y volvió a asentir con la cabeza. Yann pellizcó su mejilla e intentó memorizar las expresiones de su delicada carita infantil para poder compararla con la mujer que se encontraría cuando regresara, quién sabe cuándo, a casa.
Aún en cuclillas dio un paso al lado y se situó frente Anita, su hermana pequeña de trece años.
— Anita, a partir de ahora vas a tener el cuarto de baño para ti sola, así que sonríeme ¿vale?
— Tonto.
— Tonta tú, mocosa —Yann la atrajo hacia él y la abrazó con fuerza— Y no te metas los dedos en la nariz que sangras.
— Yo no me meto los dedos en la nariz.
— Anda que no —sonrió.
Se prometió que no lloraría, no delante de su familia.
— Cuídate ¿Vale? –le susurró a su hermana- Estudia mucho y cuidado con los niños y con el alcohol que pronto empezarás a salir. No tengas prisas por hacer cosas de mayores, ser mayor es una mierda, ya tendrás tiempo.
— Si, papá.
Yann sonrió y se precipitó a secarse los ojos torpemente con la palma de sus manos.
— Por cierto, como vuelva y note que has cambiado algo de sitio en mi cuarto te escondo de nuevo el secador.
— ¡Eh! Tienes razón dime dónde lo has puesto —dijo golpeando a su hermano.
Yann comenzó a reírse al observar la cantidad de rasgos infantiles que conservaba la expresión de la cara de su hermana. Por un instante se maldijo a sí mismo por tener que perderse todos los cambios que de un momento a otro iban a sufrir sus dos pequeñas.
— Te lo digo si me das otro abrazo.
— Bueno, pero que sepas que lo hago tan solo por el secador.
Sabía que mentía, poco le importaba ahora el secador. Ahora tan sólo quería abrazarlo tan fuerte como para que pudiera retenerlo toda su vida junto a ella. Tan fuerte como para que le fuera imposible irse de su vera, que le fuera imposible dejarla sola, dejar de recogerla a la salida del instituto, de darle dinero a escondidas para salir a cenar con las amigas o de ayudarla para conseguir llegar una hora más tarde los fines de semana. Poco o nada le importaban las peleas por ocupar el cuarto de baño o que la despertara con la música alta si al final del día aparecía y le deseaba las buenas noches con un beso de hermano.
— Lo he escondido en el altillo, junto con la ropa de invierno.
Blago se levantó apoyándose sobre una rodilla y antes de despedirse de su hermana la despeinó con la mano.
— ¿Llevas la tarjeta sanitaria? —preguntó su madre.
— Si.
— ¿Y el cargador de móvil?
— Lo único que me falta sois vosotros, mamá.
Su madre lo abrazó, como abrazaban antes las madres a sus hijos cuando se marchaban a la mili. Yann volvió a repetirse que no lloraría. No tenía por qué hacerlo porque nada triste estaba pasando. Se iba al extranjero siendo el mejor de su promoción y con una oferta de trabajo que no encontraría en España ni en sus mejores sueños. No sabía cuando tendría ocasión de volver, pero si tenía la certeza de que cuando se decidiera a hacerlo volvería con su familia como si nada hubiera ocurrido, como las manecillas de un reloj se detuvieran en ese preciso momento y cuando regresara todo volviera a ese mismo punto en el que se separaron, sin grietas temporales, con ganas de estar juntos, con el amor de toda una vida por delante.
— Te quiero mucho, hijo y que sepas que si te arrepientes y quieres volver, sea cuando sea, solo tienes que llamar y te esperamos en el aeropuerto ¿vale?
— Mamá…
— Vale, vale, solo quería que lo supieras.
— Anda, no hagas que te eche de menos más de lo que te voy a echar.
Yann puso la cabeza de su madre sobre su pecho. Olió por última vez su perfume, ése olor que estuviera donde estuviese le recordaría a ella. Le acarició el pelo con su barbilla y lo imaginó blanco por el paso de los años. Quiso disfrutar por última vez del tacto caliente de sus manos. Esas manos que lo condujeron a la guardería, que lo mimaron cuando enfermó en el hospital con varicela, las mismas que tantas veces lo acariciaron antes de dormir; sin duda, sería lo que más iba a echar de menos, las inconfundibles manos de una madre.
Su padre aguardaba firme sobre una loseta, sin muestras de cariño, aunque él sabía que bajo esa coraza que se había labrado durante años había un padre sensible, con el corazón tierno y frágil que no dudaría en darle la vida si se lo pidiese. Ambos se miraron y sin saber qué decirse se abrazaron. Abrazo de hombres al principio, fuerte y frío. Abrazo de padre e hijo luego, con lágrimas que ninguno de los dos pudo, ni quiso, controlar.
— Te quiero, papá.
— Vuelve pronto, hijo.

Juan Manuel Carmona

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PD: Y como no podía ser de otro modo, un poco de música.

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