Y mil veces tú

—Hasta luego, buenas noches familia, hasta pronto, hasta pronto.

Cierro la puerta, el bar se queda vacío y en silencio. La sala es bastante amplia aunque solo se llena los días en los que hay fútbol, que es cuando los dos camareros que somos nos volvemos locos. Ahora tan solo quedamos el jefe y yo. Él está redactando los informes en el cuarto ese al que él llama oficina.

Quinientos euros por veinticinco horas qué más quieres. Que si fueran veinticinco horas semanales reales vale…  pero a ver con qué cara voy yo al jefe y le digo que limpie él la sala que yo ya estoy fuera de turno. Ni de coña. Y menos ahora.

De fondo comienza a sonar In your head, esa famosa canción de la que nunca recuerdo el grupo.

Mi novia ha salido esta noche con unas amigas. A ver si así consiguen animarla después de lo de la cafetería. Eran dos horas al día por la mañana, pero nos venía de escándalo. Menos mal que aún conserva el trabajo en ese bareto de mierda, que ya podían haberla despedido de ahí y renovarle en la cafetería. Encima hay que estar agradecido porque con mi sueldo no podríamos seguir viviendo juntos y tendríamos que volver cada uno a casa de nuestros padres. Y eso sí que sería una mierda.

Hace más de cinco meses que no la invito a cenar fuera y ya casi ni recuerdo la última vez que fuimos al cine juntos. Si es que a penas ganamos para pagar el alquiler, el gas, la luz y el préstamo que pedimos para comprar la Vespa. Y yo necesito ya unos pantalones nuevos de trabajo y ella también me dijo que necesitaba algo. No sé cómo lo vamos a hacer.

—José, termina de fregar esa parte y vete ya a descansar —me dice mi jefe asomándose a la sala.

—Tú mandas, jefe.

—¿Tienes dinero para un taxi?

—No te preocupes, voy a dar un paseo hasta casa, hace buena noche.

—Como quieras, si lo necesitas voy a estar en la oficina.

—¿Te queda mucho por hacer? –pregunto.

—Ya casi termino –parece que improvisa— venga, vete ya.

—Oído.

En el fondo no es mal jefe. Exigente pero al menos paga a primero de mes eso sí. Y el mes que he necesitado un adelanto me lo ha dado. La luz a través del cristal de la oficina se apaga. Parece que otra vez va a dormir aquí, con esta ya son cinco noches. Saco la ropa de la mochila y me quito la sucia. Antes de cambiarme me enjuago los brazos, la cara y el pecho. No sé si debería entrar con un par de cervezas y preguntarle qué le pasa. No sé, ya son las dos y mañana entro demasiado temprano. Mañana le pregunto sin falta.

Apago la luz de los servicios y salgo cerrando la puerta sacando un cigarro de la pitillera. Recorro el pasillo pero esta vez para entrar en la cocina. Las planchas ahora están dormidas, las paredes grasas conservan aún impregnados los gritos de los cocineros cantando las comandas y la nevera al fondo parece estar esperándome una noche más. Odio hacer esto. La luz automática me golpea en la cara. Miro a mi alrededor y me decido a coger algo de pollo y un par de huevos. Me precipito a cerrar la puerta y a salir de allí. Al pasar de nuevo por delante de la oficina me detengo con un sentimiento de culpa en el estómago por robarle y por no preguntarle qué le pasa. Huyo de allí sin querer pensar más en eso. El tintineo de las llaves saliendo de mi bolsillo retumba en el callejón oscuro de la parte de atrás del bar. Echo las dos cerraduras y me enciendo mi pitillo de buenas noches. Un escalofrío me recorre la espalda cuando me parece notar la presencia de alguien a mis espaldas.

Me sesea. Acelero el paso.

—Oye tú –aunque me asusta, me tranquiliza reconocer que es la voz de Sonia.

Me doy media vuelta y la descubro sentada sobre el sillón de la moto y el casco entre sus manos. Finjo no haberme asustado.

—¿Me esperabas?

—Creí que habías salido con tus amigas.

Me monto con ella en la Vespa y la beso.

—Si, eso te dije —dice quitándome el cigarro, no le gusta que fume.

Lo tira, me sonríe y me vuelve a besar.

—¿Habéis quedado para otro día?

—No –contesta con una risa nerviosa—, te mentí —una risa nerviosa se le escapa de entre sus labios.

—¿Entonces qué has hecho hoy?

—Fui a comprar unas cosas.

Miro a su alrededor y no veo bolsas ni nada que se le parezca.

—Sabes que no estamos como para comprar muchas cosas, tía.

—Lo sé –asiente—, le he pedido dinero a mi madre.

—Joder, no me gusta que le pidas dinero a tu madre.

—José… ya hemos hablado de esto. A mi madre lo le importa.

—No quiero que tus padres piensen que no soy capaz de llevar una casa para adelante.

—No lo piensan. Sabes que trabajas, saben que no paras de echar horas, que no eres un flojo, cariño. Es una mala racha, como otras que hemos pasado ya, ¿vale? Y nunca nos ha pasado nada.

—Pero nunca le habías tenido que pedir dinero a tu madre… o no tan seguido

—Tranquilo —me acaricia—, ya se lo devolveremos cuando podamos.

—Te juro que voy a pedir más horas extras, ¿vale?

Asiente. En su rostro se dibuja la sonrisa de aquel día que la conocí en el instituto, por aquel entonces tan solo teníamos quince años y el problema más grande al que atendíamos era ingeniárnosla para poder saltarnos las clases en el parque sin que nos pillaran. Mucho han cambiado las cosas desde entonces.

—¿Sabes que esto no va a ser siempre así, no? Aunque me tenga que poner tus medias en la cabeza y atrac…

Me interrumpe con un beso que acaba deshaciéndose entre mis labios en forma de risa. Me encanta escucharle reír, cuando lo hace es como si tuviera la certeza de que todo va a ir bien.

—Tienes que estar muy guapo con mis medias en la cabeza –se ríe—. Aún no me has preguntado qué es lo que he comprado.

—A ver…

—¿De verdad quieres saberlo?

—Claro.

—Espera —mete la mano en el bolsillo de su chaqueta vaquera y saca una bolsa—, cierra los ojos —Vacilo un instante y ella insiste—, Vamos, ciérralos.

Escucho el trasteo de la bolsa. Un suspiro.

—Ya puedes abrirlos.

Una caja. Un anillo. Sonríe emocionada.

—Cásate conmigo.

 

 

 

 

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