She wolf

She Wolf

Con la luz azulada de una linterna iluminó sus pasos a través de su dormitorio y abrió con sigilo la puerta de su armario. Se colocó la linterna entre los dientes y sacó su mochila escondida de entre la ropa. Pese a que no era la primera vez que intentaba escaparse de aquel internado su corazón le latía fuerte, tan fuerte que pensó absurdamente que sus latidos acabarían por delatarla.
Soltó la mochila en el suelo y de debajo de la cama sacó las provisiones que había conseguido robar de la cocina para el viaje.
Cerró la cremallera con decisión y tomó aire. Miró por última vez su cuarto y sin querer entretenerse más se dirigió a la ventana. Al abrirla el aire frío le golpeó en la cara. De repente, sin esperarlo, la luz del cuarto se encendió y asustada se precipitó a cerrar la ventana. No había oído entrar a Daniela, su amiga.
— La luz, apaga la luz —dijo Ruth en voz baja volviéndose hacia ella.
Daniela apagó la luz rápidamente y cerró la puerta de la habitación con cuidado.
— ¿Pero qué haces? —Preguntó tomándola por las manos— ¿Te has vuelto loca?
— No grites —susurró.
— ¿Vas a escaparte otra vez?
Ruth rio confiada.
— Si te pillan otra vez te mandarán a un internado mucho peor.
— Tranquila —dijo— esta vez no me van a pillar.
— Pero… —Daniela pudo ver en la mirada de Ruth que esta vez iba en serio, esta vez no se iba a dejar pillar y algo le decía que sería la última vez que la vería— ¿Y si me voy contigo? —se atrevió a decir.
Ruth volvió a sonreír divertida.
— Me encantaría… —dijo apartándole un mechón de pelo de la cara— pero prefiero ir sola.
— ¿Pero por qué? Podríamos ir juntas, vivir la vida como tantas veces hemos hablado, hacer lo que queramos, las dos solas, como dos lobas, dos lobas viviendo a contracorriente ¿qué me dices?
— Dos lobas –repitió para sí misma saboreando las palabras— pero mírame… yo, a mí no suelen salirme bien las cosas –quiso ordenar sus pensamientos antes de continuar hablando— tú aquí estudias, no sé, tienes un futuro. Los fines de semana vas a casa, ves a tu familia, te mandan pasta y estás de puta madre, la verdad. Sólo te queda un año para ser mayor de edad y salir de aquí… Créeme, si yo tuviera todo eso lo aprovecharía y no lo echaría todo a perder por una loca inconformista.
— Perdona –la corrigió— eres mi loca inconformista.
Las dos adolescentes se quedaron mirándose en silencio sin saber muy bien qué decir.
— ¿Seguro que no quieres que vaya contigo?
— No —dijo Ruth— además, alguien tiene que cubrir mi huida —le guiñó un ojo.
— Está bien —resopló— pero no sé por qué siempre me toca a mí la parte más aburrida del plan.
— Te voy a echar de menos, Dani —se precipitó a decir Ruth.
Daniela le respondió con un abrazo.
— ¿Dónde irás? —preguntó Daniela con la voz acolchada por el hombro de Ruth.
— Barcelona —sonrió como si ya estuviera allí— me gusta Barcelona.
Daniela rio y se limpió las lágrimas torpemente con las palmas de sus manos.
— Pues vete ya antes de que me hagas llorar de verdad –dijo volviéndose a limpiar las lágrimas con la manga de su chaleco— que Barcelona está muy lejos.
Ruth sonrió y se puso en pie.
— ¿Volveremos a vernos? –preguntó antes de que Ruth se decidiera a abrir la ventana.
— Te lo prometo —aseveró.
Las adolescentes cruzaron sus dedos meñiques cuando se vieron sorprendidas por la ruidosa alarma de incendios retumbando en los pasillos y a través de los altavoces del patio.
— ¿Qué es eso? —preguntó Daniela.
Ruth se sobrecogió y se precipitó a volver a abrir la ventana de la habitación.
— Joder se me había olvidado —respondió mirando a través de la ventana hacia el suelo.
Dos pisos la separaban del patio y desde ahí una carrera de cincuenta metros hasta la valla de los aparcamientos del profesorado. Una vez allí tan solo tendría que burlar al guardia de la garita que habría acudido al edificio a comprobar las alarmas y entonces sería libre.
— ¿Qué? —Dijo tomándola del hombro— ¿Qué se te ha olvidado?
Ruth se giró hacia ella sacándose del bolsillo de su pantalón un pasamontañas.
— Es el cebo, puse a calentar en el microondas de la cocina un paquete de palomitas.
— Definitivamente estás loca.
Ruth sonrió orgullosa y se colocó el pasamontañas.
— Para cuando hagan el recuento espero estar ya lejos de aquí.
Ruth volvió a girarse hacia la ventana y se sentó en el poyete con las piernas colgando por la cornisa. Antes de decidirse a bajar se enfundó las manos en unos guantes de cuero, la última vez que intentó escaparse se había arañado las manos al trepar por las enredaderas de la fachada.
— Ruth —insistió Daniela una vez más antes de que su amiga comenzara a descender.
Ruth la miró una última vez.
— Suerte.
Ruth sonrió bajo el pasamontañas y le guiñó un ojo. Comenzó a descender con cuidado los dos pisos de enredaderas y tuberías. Un murmullo creció entre el rugido intempestivo de las alarmas y las luces del resto de los cuartos comenzaron a encenderse.
Ya había casi terminado de bajar cuando la puerta principal del pabellón de los profesores se abrió de golpe y estos comenzaron a salir corriendo hacia el patio.
No tenía tiempo, debía salir de allí antes de que evacuaran a todas las internas al patio y encendieran los focos. Miró al suelo. Dos metros. Saltó y rodó por el suelo, el césped amortiguó su caída. Antes de decidirse a correr hacia el muro que separaba el patio de los aparcamientos miró de nuevo hacia su habitación. Daniela seguía allí atenta a ella. Ruth le alzó la mano y levantó el pulgar. Luego echó a correr sin mirar atrás.
Llegó al muro que la separaba de la libertad y comenzó a trepar. Los salientes de los ladrillos la ayudaron y justo cuando llegó a la cima los focos del patio se encendieron como flashes cegadores y las puertas de emergencia del edificio se abrieron. Miró hacia ellas y vio a todas las demás niñas salir apresuradas de los pabellones envueltas en sus batas. En la ventana de su habitación seguía Daniela observándola desde la lejanía. Saltó a los aparcamientos. La puerta de la garita se encontraba abierta y el guardia no estaba. Entró en ella y pulsó el interruptor para que la puerta metálica de los aparcamientos se abriera. A la derecha del escritorio observó los monitores de las cámaras. En uno vio el patio abarrotado de gente y en el otro un vacío infrarrojo que grababa cómo la puerta de los aparcamientos se abría lentamente. Salió de la garita y al pasar por la puerta miró a la cámara fijamente. Sonrió, aunque el pasamontañas le tapara la cara, y le hizo un corte de manga. Luego echó a correr por la carretera contando las farolas que pasaba. Primera farola, la puerta de los aparcamientos se cierra.
Segunda farola, la alarma aún sigue sonando.
Tercera farola, sus pasos suenan fortuitos contra la gravilla de la carretera.
Cuarta farola, la alarma deja de sonar a sus espaldas.
Quinta farola, a lo lejos, bajo la décima, distingue entre la oscuridad al chico que la sacaría de allí sentado sobre su moto.
Sexta, aunque cansada, no tiene intención de parar.
Séptima, el chico la ve.
Octava.
Novena.
Llegó exhausta a la farola número diez. Frenó en seco y se apoyó en sus rodillas intentando recobrar el aliento.
— Ya pensaba que no vendrías —dijo el chico sentando sobre su moto dándole una última calada a su cigarro antes de tirarlo al suelo. Aun exánime por aquella descabellada carrera, Ruth se acercó al chico, se remangó el pasamontañas hasta quitárselo y sin decirle nada le comió la boca. Se la mordió, saboreó la libertad en sus labios.
— Vámonos lejos —rogó ella volviéndole a besar.
El chico le prestó un casco y él se puso el que colgaba de su codo. Ruth se sentó a horcajadas en la parte trasera de la Honda Shadow y, cuando el motor rugió con la fuerza de sus 500 c/c, Ruth sintió por primera vez que su vida le pertenecía a ella y a nadie más.
Se abrazó al chico con todas sus fuerzas y le dijo en voz alta.
— ¿Sabes? Ya sé que tatuaje me vas a hacer cuando lleguemos a Barcelona.
El chico se volvió hacia ella para poder escucharla mejor.
— ¿Ya te has decidido?
— Sí –sus ojos sonrieron bajo el casco— Una loba.

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