QC: Capítulo 8

 

 

CAPÍTULO 8

Esa misma mañana,
 En Sevilla.

 

La música está tan alta que no puedo escuchar a mis amigas.

– Vamos a pedirnos otra copa, ¿vienes? –leo en los labios de Rosa.

A mí aún me queda un poco de vodka con limón en mi vaso y niego con la cabeza. Me dicen que no me mueva de aquí y se van agarradas de la mano serpenteando entre la gente. Yo no les obedezco. Vacío mi vaso de un trago y lo suelto en una mesa repleta de otros vasos vacíos.

– ¡Me acabo de enamorar, morena! –me dice uno intentando sacarme a bailar.

Mi mirada lo espanta y se vuelve hacia sus amigos ¿Pero qué se cree?

Miro hacia la barra pero me es imposible ver a mis amigas. Perfecto. Yo también me hago hueco entre la gente y consigo llegar a la escalera que conduce hacia la planta baja de la discoteca. Allí otros chicos, con mayor o menor sutileza, me piropean. Todos son iguales, parece que entran en una discoteca y les colocan un molde en la cabeza. No ven otra cosa que tetas y culos. Comienzo a bajar la escalera con ayuda de la barandilla, juro que la copa que acabo de terminarme será la última de la noche.

Suena Mi reina de Henry Méndez. La sala entera rompe en una ovación sin fin. Todos corren a buscar pareja y, los que ya la habían encontrado, encuentran en aquella canción la oportunidad perfecta para lanzarse.

Yo desde la escalera intento encontrarlo. Me parece imposible con los flashes, con las manos que suben, a través de la gente qu… ¡allí está! En la barra. Un escalofrío me sube desde el ombligo a la cabeza y una sonrisa tonta se me acomoda en los labios al ver que está solo, ¿Ves como no tenía que desconfiar de él? Vamos, ¿a qué esperas?, ¡Acércate!

Termino de bajar la escalera e impaciente vuelvo a hacerme hueco entre la gente. Tengo unas ganas locas de abrazarlo, de decirle que le quiero, de besarl… pero el corazón me da un vuelco cuando llego a él y lo descubro susurrándole algo al oído a una chica. Ella mira al suelo y sonríe. Él no me ve. El resto de la pista desaparece, estamos solos en aquella enorme sala, los tres, y yo soy invisible para él.

Le quita la copa a la chica y dejándola sobre la barra la invita a bailar. Ella se deja hacer. El corazón se me acelera. Tengo ganas de llorar.

– ¿Juan? –pero no me oye.

La coge de la mano y le da una vuelta sobre sí misma. La envuelve con sus brazos y la invita a pegarse más a ella. Más, un poco más. Se miran. Sus caderas se mueven al mismo ritmo. Sus bocas se buscan. Se besan.

– ¡Deja a mi chico en paz!

 

– ¡Deja a mi chico en paz! –grito despertándome sobresaltada sobre mi cama.

El corazón se me va a salir del pecho. Estoy llorando y el pijama se me pega húmedo a la piel.

Miro a mi alrededor. Estoy en mi cuarto, no hay música, ni gente, ni ninguna puta que quiera robarme a mi novio. Suspiro y me dejo caer sobre la cama. Me llevo la mano al pecho, intento relajarme pero me es imposible.

– ¿Niña, qué ha sido ese grito? –me asusta mi madre abriendo la puerta de mi cuarto.

– Tranquila, estoy bien –respondo—, ha sido una pesadilla.

– ¿Te levanto la persiana? –me dice.

– ¿Qué hora es?

– Casi las dos.

¡Las dos!, ¿A qué hora llegué a casa ayer?

– Sí –contesto disimulando mis lágrimas.

Mi madre entra, sube la persiana y abre la ventana para airear el cuarto.

– Ya te queda poco, dentro de una semana se acabó, a las siete en planta para la universidad, ¿lo sabes, no?

Mi madre y su peculiar manera de darme los buenos días. Sí mamá, lo sé.

– Mamá, no me lo recuerdes…

– Bueno, bueno…, tú ve preparándote.

Sale del cuarto y encaja la puerta. Yo me quedo un instante pensando en aquella horrible pesadilla y no quiero ni pensar que pueda ser verdad. Tengo que dejar de pensar en eso. Necesito hablarle.

Estiro el brazo y cojo el móvil de la mesita de noche. Tengo algunos Whatsapp, nunca entenderé la gente que no para de hablar por los grupos, de verdad. Con el dedo deslizo la lista y busco la pestaña de mi novio. Me doy cuenta de que es la primera vez que su conversación está tan para abajo en la lista de contactos. Y eso no me gusta nada. La abro y reproduzco su último audio. De fondo no se escucha nada, solo su voz.

–­ Buenas noches, bueno… cuando escuches esto seguramente sea de día así que, buenos días –se ríe, su risa hace que yo también me ría y sin saber por qué, esta vez se me saltan las lágrimas—, espero que estés aprovechando ya sin mí por allí porque en seis días, bueno ya en cinco –rectifica—, vuelvo para darte la murga como tú dices. No te voy a dejar en paz, ¿lo sabes no? Me vas a tener hasta en la sopa porque tengo muchas, muchas ganas de ti, ¡Vas a estar deseando de que me vaya otra vez, ya verás! –Vuelve a reír— bueno… que te mandaba esto para recordarte que te quiero, por si se te había olvidado. Así que ahora que lo he hecho me voy yo a dormir. Un beso Lu, sueña bonito, yo soñaré contigo. Te quiero.

No se me olvida que me quieres, me repito a mí misma, no se me olvida. La grabación se termina y clico en su imagen. De perfil tiene una foto suya en Irlanda, de noche, sale sonriendo, contento, feliz. No es que no me guste verlo feliz pero me duele pensar que no soy yo el motivo por el que sonríe. Al menos no en esa foto. Salgo de ella y busco en la bandeja de entrada el mensaje que me envió ayer por la noche después de nuestra discusión. Entonces el móvil vibra. Es un Whatsapp de Rosa.

– Menos mal que te despiertas, cenicienta.

– Tía, he tenido una pesadilla horrible –le pongo la cara de El grito de Munch.

– Me la cuentas en la piscina, ¿te parece? –me adjunta un guiño de ojos.

No entiendo nada, ¿Qué piscina?, ¿Todavía hay piscinas abiertas?

– ¿Qué piscina?

– Jajaja ¡sorpresa! –adjunta esa carita sonriente que enseña los dientes— la de Lolo, acaba de invitarnos a pasar allí el día.

– Bueno, día…, ya es la hora del almuerzo.

– Por eso, ponte el bikini que te recojo en quince minutos. Dice que tienen allí una barbacoa.

– No sé, Rosa… —la verdad es que no tengo muchas ganas de piscina, además ¿Por qué nos invita Lolo a su piscina si no lo ha hecho nunca?

– Vamos, Lu, hay que aprovechar el verano que esto ya se acaba.

No sé. Seguramente me vendrá bien para no pensar. ¿Qué hago, voy o no voy?

– Dejo el Whatsapp, te veo en un rato –vuelve a escribirme.

Suspiro. Está bien, voy, pero hoy pronto para casa.

– Vale –y le mando un beso.

Salgo de Whatsapp y entro de nuevo en la bandeja de entrada. Pienso un instante si responderle el mensaje a Juan. Sí, tengo que respondérselo. Quiero respondérselo, necesito hacerlo ¿Pero qué le pongo?, ¿Lo siento? Después de la que le lie ayer no puedo ponerle solo un lo siento, no. Ya han sido muchas veces las que la he cagado con mis celos. Esta vez tengo que currármelo. A ver…, no se me ocurre nada. Él es muy bueno para estas cosas ¿Qué me pondría él en mi lugar? Yo qué sé. Vamos, tienes que estar a la altura. Mmm. Nada. Bueno, seguro que en la piscina se me ocurre algo. Bloqueo el móvil. Eso es, desde la piscina cuando esté más relajada le mando un mensaje. O mejor, lo llamo y hablamos, que lo mío es hablar, pero ¿y si no quiere hablar? Claro que va a querer hablar ¿por qué no va a querer?

 

 

 

 

 Capítulo 9: Lunes 13 de Agosto.

 


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