QC: Capítulo 7

 

 

CAPÍTULO 7

Aun sin saber muy bien qué hacía en la cafetería con Anna, me pongo con ella al final de la cola del comedor. Ella coge una bandeja y luego me pasa otra a mí. Yo aún estoy pensando en la forma en la que me habían asaltado en el pasillo.

– ¿Tienes hambre? –pregunta.

Yo siempre tengo hambre, se me antoja responderle, y es verdad, no importa la hora que sea o lo que haya comido antes, siempre tengo hambre. Pero al final solo asiento.

– A ver qué ponen hoy –dice poniéndose de puntillas para intentar ver, a través de las cabezas de los demás, cuál es el menú de hoy.

Yo le doy un toque en el hombro y le señalo un cartel en que el que se detalla el menú completo de toda la semana justo al lado de nosotros. Ella me sonríe y comienza a leerlo para sí misma. Me hace gracia porque achina los ojos para enfocar, yo tampoco veo nada de cerca. Además tiene un movimiento extraño de pies, como si se hiciera pipí.

– Uff, odio las lentejas –protesta.

– Las de aquí no sé cómo estarán pero mi madre hace unas que están para chuparse los dedos.

– Qué suerte –dice volviendo a mirar el menú, parece que tiene mucha hambre—, ¿qué vas a pedirte tú? –me pregunta mordiéndose el labio.

– No sé –ahora se me han antojado las lentejas, llevo sin comer caliente desde que llegué aquí— creo que las lentejas y de primero…, de primero el pollo rebosado.

– Vale, yo me pediré el pollo también y la lasaña —Se gira hacia a mí con urgencia y me mira– ¿Oye, si voy al servicio te me escaparás como ayer? –me pregunta, su movimiento de piernas es aún más inquieto, parece que se hace pipi de verdad.

Me hace gracia su ocurrencia y le sonrío.

– Ve tranquila que aquí te espero.

– Vale –se apoya en mi brazo y me dice seria— el pollo rebosado y la lasaña. De beber un zumo y si de postre tienen las natillas, pues las natillas, sino, lo que tú te pidas, ¿vale?

– Creo que sí –le digo intentando memorizarlo todo.

Me da su bandeja y sin decir nada más se sale de la fila y acelera el paso hasta el baño. Pero no tarda en volver sobre sus pies.

– No me fio de ti –dice descolgándose la guitarra—, toma.

Yo la miro con las dos manos ocupadas, ¿qué quiere?

– Anna, que no me voy a…

– A ver, mete la cabeza –dice poniéndose de puntillas para colgarme la guitarra— no, así no, cuidado la bandej… ¡John!, así.

– Anna, que me ahogas –digo con la cuerda al cuello.

– Quejica, ¡es que eres muy alto! A ver, agáchate, un poco más –protesta— Ahora, ¿ves? Ya está.

Y acabo con una bandeja en cada mano y con la guitarra colgada en la espalda balanceándose de un lado a otro, un espectáculo.

– Ahora tengo un concierto así que si te escapas con mi guitarra igual mis fans pueden enfadarse contigo. Pero no es una amenaza, eh –me guiña un ojo.

– Anda, no tardes.

Sonríe y se marcha.

Para cuando llega mi turno Anna aún no ha llegado. Coloco las dos bandejas en el mostrador de la barra y las deslizo, con cuidado de que el vaivén de la guitarra colgando en mi espalda no dejara caer nada. Cojo servilletas y cubiertos para dos y le digo a la cocinera que me sirva pollo rebosado en las dos bandejas. Ella me pregunta que qué guarnición quiero y eso no me lo había dicho Anna ¿Querrá patatas, no? Me quedo pensando un instante y miro hacia los servicios a ver si la veo venir, pero no aparece.

– No sé… —la cocinera deja caer su peso sobre una pierna y resopla— pon patatas en los dos –improviso, no sé que es lo que come esta chica y la paciencia de la cocinera no ayuda.

– ¿Y de segundo? –me dice de mala gana.

– Lentejas y en el otro lasaña.

– ¿De pollo o de atún?

Y yo qué sé. Vuelvo a mirar hacia la puerta de los servicios, ¿pero por qué tarda tanto?

 

En esos instantes, en el baño.

 

Al fin me toca entrar, me venía haciendo pipí desde que salí de casa. Qué mal me sientan a mí los nervios, es un ir y venir del baño constante. Uff, qué a gusto. Desde luego, hacer pipí cuando una se lo hace de verdad es uno de los mayores placeres de la vida. Eso y quitarse unos tacones o el sujetador, de verdad que sí. A ver quién es el que me envía a mí ahora un Whatsapp, que no deja de vibrarme. Me saco el móvil del bolsillo y miro de quién es el mensaje. Hay varios. Abro el de Rachel.

— No me des las gracias… —escribe y al lado una carita sarcástica.

— Jajajaj eres un sol –y le adjunto el icono del sol— voy a almorzar con él.

– Súper nenas 1, tu ligue 0 –y al lado pone un puño con el pulgar hacia arriba— Por cierto, es muy mono.

Y para que Rachel reconozca que un chico que a mí me gusta es mono, es que es muy mono. ¡Ella nunca le da el visto bueno a ningún chico que a mí me guste!

– Ya, pero es mío –le envío la carita con las gafas de sol.

– Tranquila, después de lo de ayer no quiero nada con tíos.

¡Cuándo quiere es más exagerada!

Dejo el móvil a un lado y me incorporo. Luego tiro de la cisterna. El móvil vuelve a vibrar.

– Mira, hablando del rey de Roma. Al habla el impotente.

Suelto una carcajada.

– Que no lo llames así, pobre.

– Que si quedamos me dice.

– Dile que se venga al concierto y luego nos vamos los cuatro en parejas.

¿En parejas?, ¿He dicho en parejas con un chico al que no conozco de nada?

– ¿Hola?, ¿En parejas? –me escribe Rachel, sí, no eran alucinaciones mías, lo había escrito. ¿Soy tonta o qué?

– Tú me entiendes –le respondo, con el icono de la lengua fuera.

– Ya veremos…, por cierto ¿qué haces escribiéndome si estás con él?

¡Se me va por completo que lo había dejado solo en la cola del comedor!

– Estoy en el baño pero me voy ya, luego te veo.

– Avisa cuando termines ­–y me manda un beso.

Yo le mando otro y me guardo de nuevo el móvil en el bolsillo. Salgo de la cabina del baño y dejo entrar a otra chica que me mira mal, no sé, tanto no he tardado. Me asomo al espejo y me miro de arriba abajo. Qué pelos tengo, así como voy a gustarle a nadie. Me enjuago las manos y me sonrió a mí misma ¿Cómo tengo los dientes? De haber sabido que iba a comer con él me hubiera pintado los labios por lo menos. Anna, tranquila. Cierro los ojos y cuento hasta tres. Estás guapísima. Me miro una vez más y me colocó el pecho bajo el sujetador. Allá vamos.

 

En la cola del comedor.

 

– Hey man, hurry up (Eh, tío, date prisa) –me dice el guiri de atrás mía.

Aunque si lo piensas, el guiri soy yo porque soy el que está fuera de su tierra. El caso, que tengo ya al guiri y a la cocinera locos perdidos.

– De pollo mismo –me decido.

– De pollo –repite entre dientes.

Y sin ningún tipo de delicadeza suelta un cazo de lasaña en el plato. Plof.

Cuando llego a la zona de las bebidas me encuentro con cinco zumos distintos. Resoplo. A saber cuál es el que le gusta a ella. A mí de chico me gustaba el de piña y uva. Cojo el de piña y uva. Pero las chicas de siempre han preferido el de melocotón, ¿no? El melocotón es un sabor para chicas. Creo. Suelto el de piña y cojo el de melocotón.

El guiri de atrás chasquea la lengua impaciente. Aquí todo el mundo parece que tiene prisa hoy, oye, menos Anna, ella se toma su tiempo en el baño, ¡A saber qué estará haciendo en el servicio!

– Siete euros con cincuenta –dice la cocinera encargada de cobrar.

Vuelvo a mirar a los baños. Pues nada, otra vez pago yo. Que mal acostumbrada está la rubia esta.

Le abono la cuenta y hago malabares para para coger las dos bandejas con la guitarra a cuestas.

Cuando consigo salir de la fila, el guiri pesado le comenta algo a la cajera que no consigo entender, algo no muy bueno, seguro.

A ver dónde me siento.

– ¿Ya? –Me dice Anna que llega por mi espalda— pero si yo tengo el bono del comedor ¿por qué no te has esperado?

¡Ah, que por qué no me he esperado dice! Cualquiera se esperaba allí con el guiri ese impaciente y la cocinera, que lo único que le ha faltado ha sido darme con el cazo en la cabeza.

Yo me encojo de hombros sin querer decirle nada más.

– A ver… ¿ves dos asientos libres? –Arruga la nariz poniéndose de puntillas para buscar un sitio— ah, mira sí, aquí, ven.

Y me adelanta dejándome allí con las dos bandejas y la guitarra bailándome en la espalda.

– Anna, esperam… —le digo guardando el equilibrio por momentos.

– Ay, perdón.

Observa las dos bandejas y después de analizarlas me quita la suya.

– ¿No había ensalada para el pollo?

La miro y se me escapa una risa maléfica ¡después de la que he liado en la cola me vas a decir que si no había ensalada!

– No importa –dice.

Soltamos las bandejas en la mesa y antes de sentarse se mete una patata en la boca. La patata le quema.

– Ay… —protesta.

– Por ansiosa –le digo—, ¿dónde te pongo la guitarra?

Aun intentando enfriar la patata sin sacársela de la boca extiende los brazos y coge la guitarra. La posa en el suelo con suavidad y la coloca a un lado de la mesa.

– Al final no te has ido –sonríe esta vez sentándose en la silla.

Se sienta sobre una pierna, dejando la otra colgando.

– Me va a costar trabajo quitarme el Sambenito, eh.

– ¿Quitarte el qué? –dice abriendo el zumo de melocotón, parece que con el zumo si he acertado.

– Mi fama de abandonador de chicas en la barra del bar.

Ríe.

– Es broma –le da una chupada a la pajita—, casi prefiero que nuestra primera cita sea aquí que en la barra de un bar.

Ahora soy yo el que ríe.

– ¿Cita?

– Bueno, estamos solos, vamos a almorzar, nos estamos riendo… se puede considerar una cita, ¿no?

Yo me quedo mirándola con una sonrisa a medias sin saber qué responder. Lo cierto es que tiene razón, esto parece una cita. Improvisada, pero una cita. Tiene un morro increíble y eso empieza a gustarme. No sabes por dónde te va a salir.

– ¿Qué miras? –sonríe sacándome de mis pensamientos.

En realidad solo la miro a ella. El sol le da de frente y le dibuja una mirada casi transparente, porque no sé si lo he dicho, pero sus ojos son azules, pero no azules normales no, azules cristalinos, una pasada. Los mechones que se escapan de su pañuelo en forma de diadema brillan a su alrededor como si tuviera una aureola en la cabeza. Es un fotograma perfecto para una película y solo yo tengo el privilegio de estar tomando aquel primer plano.

– Nada –digo sumergiendo la cuchara por primera vez en las lentejas.

No están malas. O eso o es que yo tengo muchas ganas de comer caliente, que también puede ser.

– Oye –dice tapándose la boca con la mano antes hablar—, aún no se me ha olvidado que tienes que enseñarme a pronunciar tu nombre.

Sonrío. Verdad, la última vez no fue capaz de pronunciarlo.

– Aunque por ahora te seguiré llamando John –dice cambiando el plato de pollo por el de lasaña—, ¿Qué te trae por Dublín, señor John?

Me mira haciéndose la interesante. Definitivamente está loca. Y me encantan las locas.

– Estoy aquí estudiando el C1.

– Genial, ¿y te va bien?

– Hoy me dan el título.

– Ah… —se sorprende pero no me parece que se alegre demasiado— ¿entonces ya has terminado?

– Sí.

– ¿Y te vas?

– En tres días –realmente ya solo me quedan dos.

Fuerza una sonrisa y da una pinchada a la lasaña.

– Supongo que tienes ganas ya de volver a casa, ¿no?

Hasta ahora ni yo mismo me había hecho esa pregunta. Suspiro y me dejo caer sobre mi espaldero.

– Un poco –digo poco convencido, ella me contesta con una sonrisa leve.

No puedo evitar pensar en el mensaje de Lucía. En el mensaje que no me había enviado. Y acordarme de Lucía hace que me entren ganas de montar el móvil de nuevo y revisar si se había decidido a contestarme. Pero no es ni el momento ni el lugar. No quiero pensar en eso ahora.

– ¿Tú tampoco eres irlandesa, no? –pregunto intentando cambiar de tema, no me apetece hablar de mi vuelta a España.

Sus ojos me sonríen.

– ¿Por qué lo dices? –frunce el ceño.

– Por tu acento, no es tan cerrado como el irlandés, es más… —pienso un instante— melódico.

Sonríe. Cuando sonríe arruga la nariz y le queda muy infantil. Además sus paletas estaban ligeramente separadas y eso la hace parecer aún más niña. Es realmente guapa, la verdad, ¿Pero quieres dejar de pensar tonterías? Qué tienes novia, tío.

– No me lo habían dicho nunca –dice terminándose un bocado de lasaña— lo cierto es que soy de Noruega. Me vine aquí a terminar la carrera de arquitectura hace dos años y aquí sigo.

– ¿Pero la terminaste?

– Sí… pero me enamoré de Dublín y me quedé a vivir.

– ¿Así, sin más?

– Así –repite—, sin más.

Vaya, yo creo que no sería capaz de dejarlo todo y venirme aquí a vivir. Para eso hay que tener un motivo de peso, ¿Cuál fue el suyo?

– Cuando regresé a Noruega –se aventura a continuar— me encontré con una relación rota, ¿sabes? Mi vida allí no era como yo la recordaba, todo había cambiado. Mis amistades, mi familia, yo misma ya no era la misma. No sé, creo que ya no había nada que me mantuviera atada allí. Así que decidí seguir con la vida que había empezado aquí.

Y al escuchar su historia me acuerdo de Unamuno; “se viaja no para buscar un destino, sino para huir de donde se parte” sin ser conscientes de que a veces el problema está dentro de nosotros y no fuera y que, por muy lejos que nos vayamos, sea lo que sea lo que tengamos dentro, nos perseguirá. Pero ese ya es otro tema. Se fue por amor. O por desamor en su caso. Al fin y al cabo es por lo que nos movemos ¿no? ¿Realmente hay algo que el amor no pueda hacer? ¿Cuántas locuras se hacen por amor? ¿Y por desamor?

– ¿Y te fue bien? –pregunto humedeciéndome los labios con mi refresco.

– Claro –sus labios vuelven a dibujar una de sus infantiles sonrisas— ahora estoy terminando el máster y acabo de conocer a un chico súper guapo, ¿se puede pedir más?

Me mira orgullosa y sonríe sentándose sobre la otra pierna.

– ¿Y tú qué? Cuéntame algo de ti –me dice.

– ¿De mí? –pienso.

Entonces casi accidentalmente vuelvo a pensar en el dichoso móvil y en el mensaje. Definitivamente hoy no tengo ganas de hablar de mí. Me apetece seguir escuchándola a ella.

– Yo también acabo de conocer a una chica muy guapa.

¿Pero tío, qué haces?, ¿De verdad le has dicho eso? Yo qué sé, me ha salido solo.

Me quedo observando nervioso su reacción, que no fue otra que una mirada de esas de “Sí, seguro que eso se lo dices a todas” y me hace gracia.

– ¿Oye y la guitarra?, ¿Tienes ensayo ahora o algo?

– ¿No has visto los carteles? –dice sorprendida dándole una pinchada a su lasaña.

Si hubiera visto los carteles ahora mismo seguiría durmiendo. Y me alegro de no haberlo hecho porque de ser así no estaría almorzando con Anna.

– No, ¿por qué?

– Ahora canto con mi grupo en la ceremonia.

– ¿Vas a cantar en la ceremonia?

– Sí, ¿te quedarás a verme?

– Si me lo pides tú, sí –me hago de rogar aguantándome una sonrisa aunque en realidad me ha entrado la curiosidad por escucharla cantar, vamos que sí, que me quedo, claro. Ella hace una mueca con la boca.

– No flipes.

Me hace gracia lo rápido que se pica.

– ¿Qué vas a cantar? –le pregunto inclinándome hacia ella.

– Ah, es una sorpresa –me guiña un ojo—, si quieres saberlo vas a tener que quedarte.

– ¿Te sabes alguna en español?

Se queda pensando un instante.

– Creo que no.

No sé de qué me sorprendo, es normal, ¿qué grupos internacionales tenemos en España que pudiera escucharse en Noruega?, ¿Te imaginas a un noruego cantando por Raphael?

– Podrías enseñarme alguna –dice.

Suelto una carcajada.

– Yo no tengo ni idea de cantar.

– Yo te enseño –se lleva una pinchada de lasaña a la boca con la mala suerte de que el queso le mancha la barbilla.

Busca una servilleta con la mirada pero solo encuentra la suya usada. Yo también he usado la mía y no se la puedo ofrecer. Entonces se aparta de la mesa arrastrando la silla para no mancharse los pantalones y comienza a agitar las manos de forma extraña. Yo no me puedo aguantar la risa.

– Es solo queso, chúpatelo.

Me mira desafiante. Sin decir nada se moja el dedo en lasaña y se inclina para mancharme la cara ¡Eso sí que no me lo espero!

– Es solo queso –me imita—, chúpatelo.

– Jo, jo –acepto el desafío.

Cojo una patata, la mojo en lasaña y se la tiro.

– ¡Serás capaz! –dice lanzándome esta vez un trozo de lasaña.

– ¡Anna! –grito esquivándola como puedo, ¡se ha vuelto loca!

– ¡Sí, ahora dime Anna! –dice tirándome patatas sin parar.

– ¡Anna, quieres parar! –yo me intento defender, y como dice un dicho, la mejor defensa es un buen ataque, ¿o era al revés? Vamos, que esquivo las suyas lanzándole las mías.

– ¡John, que no me tires!, ¡Oh, esa iba manchada!, ¡Que ahora tengo que cantar!

Los chicos de la mesa vecina corren sus sillas a un lado pero a nosotros no nos importa, la guerra sigue abierta.

– ¡Eh, chicos!, ¡Esto no es una guardería! –grita la cocinera desde el fondo dejándonos a los dos quietos como estatuas.

– ¿Ves? –dice enfadada, tirándome a escondidas de la cocinera, la última patata que tiene en su mano.

Yo no le tiro las mías y volvemos a nuestras sillas como personas normales. O al menos aparentando serlo.

– Es la primera vez que me riñen en la cafetería en cuatro años, que lo sepas.

– Pero si has empezado tú.

Me mira. Menudas pintas que tiene con salsa en la cara y restos de patatas en el pelo. No sé si reírme o no.

Ella no tarda en soltar una carcajada. Supongo que de cómo estoy yo.

– A ver, deja que te ayude –digo levantándome de mi asiento.

Cojo una servilleta de la mesa de al lado, le tomo la cara con una mano y con la otra comienzo a limpiarle.

– ¿Has oído hablar de la delicadeza? –protesta.

– No te quejes más.

Y solo por fastidiarla insisto con la servilleta hasta por donde no tiene nada manchado. Ella hace muecas con la nariz y los labios intentando librarse de mí. Es una niña chica, lo que yo te diga. Cuando termino la sorprendo, y me sorprendo a mí mismo también, dándole un beso en la mejilla. Ella abre los ojos y me busca con la mirada.

– ¿Y eso? –me pregunta.

– Un beso de regalo –digo volviendo a mi silla.

¿Un beso de regalo?, ¿Y eso a qué ha venido?, ¿Eres tonto? Yo qué sé, la he visto ahí tan cerca y tan yo qué sé, que me he dejado llevar, ¿qué pasa?, ¿No puedo darle un beso? Joder, tan solo ha sido en la mejilla.

Ella no sabe qué decir, ¿le habrá molestado?

– ¿Y si me mancho de nuevo me das otro? –amenaza cogiendo una patata.

No, no le ha molestado. Me contagia su sonrisa.

– No, ya no hay más besos –al menos por ahora.

– Jo…

 

 

 

 

 Capítulo 8: Jueves 9 de Agosto.

 


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