QC: Capítulo 4

 

 

CAPÍTULO 4

 

La alarma del móvil no suena a la mañana siguiente y me despierto sobresaltado con la luz del sol. Intento mirar la hora pero el móvil no se enciende y en mi habitación no hay forma de saber qué hora es porque no hay más relojes. Me desperezo e intento imaginar qué hora sería. Pero no tengo ni idea, además los ojos se me vuelven a cerrar. Al cabo de un rato, cuando vuelvo a tener conciencia, me obligo a poner los pies en el suelo y joder, que frío. Vuelvo a desperezarme y aún dormido me dejo arrastrar hacia la ventana. Aparto las cortinas y la claridad me hace cerrar de nuevo los ojos.

— Quién me mandaría a mí a romper el móvil –me maldigo esforzándome por enfocar desde mi ventana y recién levantado, el reloj de la pared principal de mi residencia.

Las doce y media, consigo distinguir a lo lejos.

¡La ceremonia!

Al entrar de nuevo en la habitación me doy con la persiana en la cabeza. Me vuelvo a maldecir entre dientes y comienzo a vestirme con lo primero que cojo de la silla del escritorio. Sí, de la silla, porque no sé exactamente cuándo, pero llegó un momento en el que ya no colgaba la ropa en el armario, sino que la dejaba directamente en la silla y no sé por qué, acabó convirtiéndose en mi armario. Corro hacía la cocina y de mi armarito alcanzo dos magdalenas que no tardo en meterme en la boca. Intento rescatar leche de la nevera pero no hay. Pues nada, magdalenas a palo seco, riquísimas. Me dirijo al cuarto de baño y, aun sin terminarme las magdalenas, me asomo al espejo descubriéndome una barba sin afeitar y el pelo alborotado con restos de gomina del día anterior.

— Vaya con los irlandeses y sus ceremonias –protesto intentando disimular una ducha que no me había dado.

Cojo las llaves y salgo de mi piso haciendo un último esfuerzo por tragarme las dichosas magdalenas. Después de que terminara de bajar las escaleras lo más rápido que puedo, el frío de la calle termina de despertarme. No tardo en subirme la cremallera de mi sudadera hasta el cuello y, mientras camino apresurado entre la gente, me saco el móvil del bolsillo para intentar montarlo de nuevo y ver si Lucía me había respondido el mensaje.

A todo esto, llevo prisa porque aunque las clases ya han terminado, se ha organizado en la universidad una ceremonia para la entrega de títulos y despedir a los alumnos que ya nos vamos. Era de obligada asistencia y yo, como buen español y andaluz con denominación de origen, llego tarde, olé por mí, reafirmando tópicos desde mil novecientos noventa.

Consigo hacer que el móvil se encienda justo dos manzanas antes de llegar a la universidad. Tecleo impaciente el código PIN y espero a que carguen los datos. Y para sorpresa mía, no hay ningún mensaje. Me detengo en mitad de la calle y un pellizco se me coge en el estómago cuando descubro que tan solo tenía dos llamadas perdidas de Mike. Intento entrar a Whatsapp pero el móvil se apaga antes de que lo consiga. Entonces lo guardo de nuevo en el bolsillo y reanudo mi marcha, esta vez con paso más lento, hacia la universidad. Intento no pensar en que no sé qué significa que no me haya respondido, pero se me rebela imposible. Por un instante pienso en llamarla, lo juro, pero no quiero ser pesado. Quizás aún no haya leído el mensaje, ¿no? yo qué sé, intento engañarme a mí mismo, aún es temprano, me repito, igual ayer se acostó y no lo leyó.

Y ensimismado, pensando en aquel no-mensaje de mi novia, llego a la puerta de la universidad. Y allí no puedo evitar acordarme de mi madre. Ella solía decirme que era muy despistado y que algún día perdería hasta la cabeza y, de hecho, lo era. Colgada en la puerta hay una pancarta enorme con letras en mayúsculas y de colores en la que pone que la ceremonia de entrega de títulos sería a partir de las cuatro de la tarde. Tócatelos, Mari Loli. Pues nada.

Me enfado conmigo mismo porque siempre me pasa lo mismo. Me quedo observando aquel cartel con cara de tonto mientras pienso de mala gana qué hacer hasta las cuatro de la tarde. Miro a mi alrededor y, de todos los grupos que hay, no me apetece pararme con ninguno.

— Qué ganas tengo de irme ya de aquí –digo entre dientes decidiéndome a entrar en la universidad.

Me dirijo como puedo, entre todo el alboroto que hay montado con la preparación de la ceremonia, hacia mi taquilla. Que no es que tuviera nada importante guardado en ella, la verdad, pero tengo que hacer tiempo y no se me ocurre nada mejor.

Cuando la abro lo único que encuentro son varios folletos de publicidad, un zumo a medio terminar de no sé qué día y un cuaderno que solo usé el primer día de clase. Nada de valor excepto una foto de Lucía y mía que pegué en la parte interior de la puerta. En ella, Lucía sale dándome un buen achuchón frente a un árbol de navidad en el centro de Sevilla, con su gorro de lana blanco y unos guantes rosas que le regalé. Despego la foto con cuidado de no romperla y le doy la vuelta.

 

Te quiero

24-12-09

 

Sonrío y pienso que, de estar aquí conmigo y con lo friolera que es ella, la tendría siempre abrazada a mí como una niña pequeña.

No puedo evitar entonces acordarme de lo frío que tenía los pies siempre que se metía en la cama o de lo coloraditas que se le ponían las mejillas cuando paseábamos por el Guadalquivir, que acababa metiendo las manos en mis bolsillos y apretaba fuerte las mías recordándome siempre lo caliente que yo las tenía.

— Manos calientes, corazón frío –me decía siempre con voz infantil.

Luego me sonreía y se ponía de puntillas para darme un beso. Le encantaba robarme un beso con aquella frase, y a mí que lo hiciera.

 

 

 

 

 Capítulo 5: Lunes de 23 Julio.

 


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