QC: Capítulo 3

 

 

CAPÍTULO 3

 

 

Intento armar el móvil de camino a casa pero me parece imposible. Y encima comienza a chispear. Ya la noche no puede ir peor. O tal vez sí, mejor me callo. Joder, si yo no quería ni estar en aquella discoteca. La culpa es de Mike, que no sabe estarse quietecito. Y mía, por hacerle caso, a ver quién me manda a mí ir a ningún sitio. Y ahora mira, él allí dentro con una pelirroja de metro ochenta y yo aquí fuera mojándome, sin móvil y con mi novia enfadada pensando que estoy aquí haciendo quién sabe qué.

Acelero el paso porque parece que comienza a llover de verdad, y cuando a Dublín le da por llover, llueve de verdad.

¿Entonces qué pasa?, ¿Cuando se tiene novia ya no puede uno salir ni con los amigos o qué? Yo esa cláusula del contrato me parece que no la leí. Es que la culpa no es de Mike, la culpa es de ella y de las películas que se monta. Si le digo que no estoy haciendo nada es que no estoy haciendo nada y punto, no tiene por qué ponerse así.

¿Y la rubia? –Odio cuando la voz de la conciencia llega y pregunta siempre sin avisar— La rubia no es nadie, solo le estaba haciendo la cobertura a Mike –me quedo pensando— Vale, está bien, era guapa la chica ¿Pero es que no hay chicas guapas en todo el mundo? Además, si no me acuerdo ya ni del nombre. Si es que parece que las mujeres tienen una alarma, un sexto sentido o algo así. No me llama nunca, y para un día que salgo y conozco a alguien, ¡toma llamada!

Yo no me hubiera enfadado. ¿Si ella fuera la que estuviera en el extranjero qué va a hacer, no? Pues salir, lo normal.

¡Eso no te lo crees ti tú! –vuelve a gritarme la voz de la conciencia. Puede que no sea celoso pero que salga tu novia, con sus amigas o con quien sea, en el extranjero y con todo lo que eso conlleva, a diez mil kilómetros de ti, eso le molesta a todo el mundo, las cosas como son, ¿o no? Y si encima me entero de que un rubio irlandés de esos guapetes la invita a dos cervezas, al día siguiente me cojo el primer vuelo a Dublín y se entera ese de cómo somos los españoles, vamos que si se entera.

Suspiro y desisto de montar el móvil, no quiero seguir pensando en la discusión.

Sin darme cuenta me encuentro delante de la residencia. Saludo al conserje y entro en mi edificio. Debe haber fiesta en algún apartamento porque la música se escucha desde el pasillo. Subo las escaleras cruzando los dedos para que no sea en el mío, por favor. Meto la llave y giro lentamente. Cojo aire y entro. No, no es en el mío.

— ¿Ya estás aquí? –pregunta Ossian abriendo la puerta de su habitación.

Ossian es mi compañero de piso, él es irlandés, se había mudado a la capital para terminar sus estudios de odontología.

— Acabamos con la cerveza del local –contesto— y tuvieron que cerrar.

Yo no sé por qué él me tiene por un bebedor en potencia, nada más lejos de la realidad. Pero con el tiempo yo le había cogido el gusto a seguirle la broma y creo que al final me iré de Irlanda con la etiqueta de español borracho.

— Fucking spaniard… (Maldito español)

— ¿Y tú, sales ahora? –Pregunto al verlo abrigado con su chaquetón blanco y con una maleta al hombro.

— Sí, cojo el tren en media hora. Voy a pasar el fin de semana en casa.

— ¿Entonces ya no nos veremos? –digo con cierto regusto de tristeza.

— De eso nada –me da una palmada en el hombro—, vendré a despedirte.

Le hago un guiño de ojos y nos abrazamos con fuerza.

— Disfruta de tus últimos días en Dublín, John.

— Lo haré… —le sonrío.

Cuando nos separamos puedo ver en sus ojos que se ha emocionado.

— Y tú aprovecha para comer de verdad –le digo intentando no dramatizar más la despedida.

Tiene gracia, pero es que él no sabe cocinar y, o cocinaba yo para los dos, o acababa pidiéndose algo para llevar. Pero no es que no supiera cocinar qué te digo yo, un cocido, no, es que no sabe ni cocinarse un huevo. Y le encantaba observarme a mí hacerlo. Me preguntaba por todo lo que hacía; ¿Y eso por qué se lo echas?, ¿Y si no se lo echas qué pasa?, ¿Y cómo sabes cuánto tiempo tiene que estar?, y mira que yo tampoco es que sea un manitas en la cocina, eh, pero tener una madre andaluza como la mía tiene que servirme de algo, culinariamente hablando, claro.

Ossian sonríe, me estrecha la mano con fuerza y me promete que nos veríamos el domingo. Luego cierra la puerta con cuidado y se marcha.

Lo cierto es que le he cogido mucho cariño al irlandés. Es un tipo alto y esmirriado. Pelirrojo y de piel pecosa al que Mike y yo apodamos el Tirillas. Él es quien me ha enseñado casi toda Dublín y además fue quien me salvó la vida cuando crucé por primera vez una calle en Irlanda, porque aquí los coches vienen por la derecha, ¿sabes? Y hasta que te acostumbras tienes que tener a alguien salvándote la vida continuamente. En fin, que lo voy a echar de menos.

Cuando me quedo solo en la habitación me quito la ropa mojada y me tumbo en la cama. Apago la luz de la habitación e, iluminado solo por el flexo del escritorio, me armo de paciencia para intentar montar el móvil. Esta vez tengo algo más de suerte y descubro que si aprieto la batería con fuerza, aún funciona. Lo enciendo y marco el código PIN sobre la pantalla rota. Dejo que cargue la información y entro en Whatsapp. La última conexión de Lucía es de hace menos de media hora. Cuando nos enfadamos, ella suele cambiar la foto de perfil de nosotros dos y pone alguna con sus amigas. Esta vez aún la conserva. Eso me tranquiliza. Cierro Whatsapp entonces y me decido a escribirle un SMS.

 

* * *

 

Aunque la música está alta, puedo escuchar el pitido del móvil. Es un mensaje, sin duda de mi novio. Él es el único que habiendo Whatsapp, aún me escribe mensajes. O es él o publicidad de mi compañía de teléfono. Aun así, consigue ponerme nerviosa y me precipito a buscar impaciente el móvil en el interior de mi bolso. Me resulta incómodo porque estoy sentada en la parte de atrás del coche de Lolo con Rosa a un lado y, al lado de esta, otro chico al que acabo de conocer y apenas cabemos los tres. Consigo encontrarlo. Lo desbloqueo. Es él.

 

En tres días voy a poder estar ahí

Para quitarte los enfados a besos.

Hasta entonces solo puedo decirte que

Confíes en mí.

Te quiero, ¿vale?

 

Al leerlo no puedo evitar que una sonrisa tonta se me acomode en los labios. Rosa, sentada a mi lado, también lo lee y carraspea orgullosa. Yo la miro.

— ¿Ves?, te lo dije –me dice.

Me acomodo para contestarle cuando Rosa me sorprende pulsando el botón de bloquear el móvil. Yo vuelvo a mirarla sin entender nada. Ella me coge el móvil y lo guarda de nuevo en el bolso.

— Ya mañana, si eso… —desestima—. Sube el volumen Lolo, que hoy nos vamos de fiesta pero de verdad.

 

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