QC: Capítulo 2

 

 

CAPÍTULO 2

LUCÍA

Sevilla.

 

– ¿Pero será capullo? –grito pulsando el botón de colgar.

– ¿Qué ha pasado, Lu? –me pregunta Rosa.

– ¿Que qué ha pasado? —Le pregunto yo— me dice no, tranquila, que yo voy solo para estudiar, que no sé qué ¡y resulta que está el tío en una discoteca, allí, bailando y rozándose con todas las guiris! Y yo aquí, que llevo toda la tarde pensando si llamarlo o no para no ser pesada. Pues nada, ya lo sé, parece que sí, que molesto, que prefiere estar allí rodeado de… ¡Uff! –tiro el móvil contra la cama y me dejo caer de mala gana sobre el escritorio.

– Lucía, tranquila –dice Rosa cogiendo el móvil de la cama—, y no tires así el móvil que no tiene culpa.

– Todos los mensajes que me mandaba; cariño estoy en casa de un amigo, cariño tengo que estudiar –empiezo a decir imitando a mi novio—, hoy tengo una visita a no sé dónde, hoy no sé qué, ¡mentiras! Y yo creyéndomelas como una estúpida, ¡pobrecito mi niño!, ¿Pobrecito?, ¡Pobre de mí, que soy tonta!, porque de buena que soy, soy tonta.

– Yo te lo dije… —odio cuando Rosa me dice eso—, que yo ya he estado en el extranjero y sé cómo es eso.

– Que no tiene tiempo de conectarse, dice –continúo fingiendo no haberla escuchado—, ¿cómo va a tener tiempo si se lleva todo el día de fiesta? No tiene tiempo para mí, querrá decir.

– Si yo te lo dije… —repite—, pero tú nunca me haces caso –empieza a imitarme— no, que él va a ir solo a estudiar, yo confío en él… ¡Qué no, Lu! Que en los hombres no se puede confiar. Que ellos se ven allí, sin novia, sin nadie que los vigile, con la posibilidad de meter la pata y que nadie se entere y se desbocan Lu, se desbocan. Si nos desbocamos nosotras –ríe para sí misma—, que anda que no lie yo nada cuando estuve en Londres, claro que yo no tenía novio y…, tú sabes –se precipita a aclarar.

Cojo aire y me desinflo poco a poco. Tengo ganas de llorar.

– ¿Qué haces? –Rosa se levanta de la cama y se acerca a mí—, ¿No irás a llorar, no? –Me toma la cara con sus manos—, no quiero verte llorar por un tío, ¿te enteras?

Yo me incorporo y me abrazo a ella intentando disimular mis lágrimas.

– Yo solo quiero que esté aquí ya –mi voz suena acolchada por el hombro de Rosa—, que vuelva para que todo vuelva a ser como antes.

Me separo de ella y me seco los ojos con las palmas de las manos.

– Yo confío en él, de verdad, pero sé que no puedo evitar que se le acerquen otras chicas ni que él no se fije en otras, y eso, a diez mil kilómetros de él, me mata.

– Lo que pasa en el extranjero…, se queda en el extranjero.

– Rosa –si las miradas matasen, mi amiga hubiera caído al suelo fulminada—, ¿no se supone que estás aquí para animarme, tía?

– Que sí –carraspea—, lo que quería decir es que no le des más vueltas.

– Sí, sí se las doy –digo empezando a cabrearme—, ¿sabes qué es lo que más me dolería? Que conociera a otra allí y siguiera diciéndome que me quiere. Eso no lo soportaría.

– ¿Sabes lo que vamos a hacer? –Me ignora—; vamos a irnos de fiesta.

– ¿Tú crees que habrá conocido allí a otra? –le pregunto ignorándola esta vez yo a ella.

– Que no –dice alargando las vocales—, pero por si las moscas, tú y yo hoy nos vamos a ir de fiesta.

– Rosa, hoy no me apetec…

– ¡Uy, que no, dice! –me interrumpe—, si son solo las diez. Una cenita exprés y nos vamos a algún sitio.

Me llevo dos dedos al entrecejo.

– Rosa, yo te lo agradezc…

– No irás a quedarte aquí mientras él está por ahí de fiesta, ¿no?, ¿Qué te crees que se ha ido a su casa pensando: ¡Ay mi novia, que se ha enfadado conmigo? –Chasquea la lengua—, no te lo crees ni tú. Ese, cuando le has colgado, habrá pensando; ya se le pasará, y ya está. Ahora tienes que demostrarle que tú también sabes pasártelo bien sin él. Vamos, a ver si se va a creer que la vida es un carnaval, teta, sopa y tiro porque me toca.

Yo no digo nada.

– A los hombres –me dice en tono confidencial— hay que hacerles perder de forma ficticia lo que tienen –dice entrecomillando la frase con los dedos.

– De forma ficticia… —repito para mí misma sin entenderlo muy bien—, no sé.

– Qué sí, tú hazme caso a mí. Ahora mismo llamo yo a Lolo –insiste—, que tú sabes cómo es él, y ya verás cómo nos consigue un reservado para esta noche –hace ademán de coger el teléfono.

Resoplo, no me apetece nada salir, de verdad.

– ¿A Lolo? –Digo poco convencida—, tú sabes que él y mi novio no se llevan muy bien… además, si no tengo ni qué ponerme.

– ¿Que no tienes qué ponerte? –Dice tomándose la libertad de abrir el armario.

Aprieta los labios y empieza a repasar todos mis vestidos con la mirada.

– ¿Y esto qué? –dice sacando uno en su percha.

– Con ese parezco un payaso…

– ¿Payaso? –Ríe—, de payaso se le va a quedar la cara a tu novio cuando vea las fotos en Facebook.

 

 

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