QC: Capítulo 1.

 

 

CAPÍTULO 1

JOHN
Dublín.

 

— Eh tío —me dice Mike— aquella pelirroja no para de mirarme, ¡mírala, mírala! Hostia tío, qué descarada.
Yo me giro para mirarla. Con la de gente que hay aquí es como para averiguar quién es la pelirroja de los descaros, como si en Irlanda no hubiera pelirrojas, ¿sabes?
— ¿Vamos o qué? —insiste tirándome del brazo.
— Sí, sí, ve tú, que yo voy ahora —digo volviéndome a apoyar en la barra con mi cerveza.
— John, no empieces, tío —insiste—, es un dos para dos, easy, papapá pam.
Ya estamos con el papapá pam.
— ¿Cuántas veces te ha funcionado el papapá pam, Mike?
— Hoy es el día –dice vaciando su cerveza de un trago—, tengo un pálpito.
— Venga, pues acércate y ahora me cuentas qué tal tu pálpito.
— Sólo te digo una cosa –se acerca a mi oído—; no me esperes despierto.
Ríe confiado, se coloca bien el cuello de la camisa y se dirige decidido a por la pelirroja.
Yo lo observo haciéndose hueco entre la gente hasta que lo pierdo. Me giro de nuevo hacia la barra y le doy un sorbo a mi vaso descubriendo que ya se me ha acabado la cerveza. Vacilo un instante en pedirme otra. No, otra no. Me queda aquí el tiempo de que la pelirroja le de calabazas a Mike y vuelva diciéndome que pasa de ella, que es una creída y todo eso.
Yo es que no entiendo cómo a la gente le sigue gustando estos lugares, si aquí ni se puede hablar ni nada. ¿Porque aquí el que no sepa bailar qué hace? Ya te lo digo yo; nada. Pero vamos, que parece que al único que le importa eso es a mí. Sino que se lo digan a esos de allí, que si les queda algo de dignidad, desde luego con el bailecito que se están marcando, ya la han perdido. O a aquellas, esas son de las que les dicen a sus padres que se van a quedar a dormir en casa de una amiga para terminar un trabajo, y luego se ponen hasta arriba de Malibú con piña, ¡Y pensar que a esto le llaman vivir la vida!
Por cierto, me llamo Juan. Que seguro que os estaréis preguntando que desde cuándo dos españoles se llaman Jonh y Mike. Yo me llamo Juan y mi amigo Miguel, yo de Sevilla y él de Madrid. Bueno, es de Madrid pero vive en Segovia estudiando publicidad. Y cuando nos conocimos en Irlanda decidimos llamarnos por la versión inglesa de nuestros nombres, ya sabes, por eso de intentar hablar inglés y practicar todo el rato, pero vamos, que eso fueron los primeros días, ahora, a tan solo tres días de poner fin a nuestra aventura en Dublín, hablamos español siempre que podemos.
A tres días de volver a ver a mi novia. Que ya me gustaría a mí estar con ella y no aquí, viviendo la vida.
Pierdo la mirada entre las estanterías desorganizadas de botellas de alcohol. Y es que me muero de ganas por volverla a ver y abrazarla, lo juro. Porque últimamente no van muy bien las cosas entre nosotros. Al principio, la idea de estar separados un año no nos parecía del todo mal –a ver, no nos hacía gracia pero era por mi futuro— y los primeros días, que siempre son los peores vayas donde vayas, nos los pasábamos hablando por Skype. Pero con el tiempo las conversaciones empezaron a perder fuerza, conoces a gente, quieres hacer cosas nuevas, visitar lugares y la idea de quedarse toda una tarde frente a la pantalla del ordenador tampoco ayuda. Así que a tan solo tres días de volver a verla, apenas hablamos ya, lo único que nos queda al uno del otro es un rutinario mensaje de buenas noches y poco más.
— Oye, ¿me vas a dejar de aguantavelas? –escucho a mi espalda.
Me giro descubriendo a mi espalda a una chica rubia.
— ¿Qué? –contesto.
— Tu amigo –dice—, que ha venido a robarme a mi amiga.
Miro detrás de ella. Mike está opositándole a la pelirroja. Me río.
— ¿Ahora qué hago yo? –insiste fingiendo estar enfadada.
Me encojo de hombros sin saber bien qué decir.
— ¿Cómo qué… —me imita encogiéndose de hombros ella también.
— No sé, reclama en recepción que te han robado a tu amiga.
La rubia tuerce el gesto con una cara de ¿perdona?.
— Mejor le reclamo al amigo del que ha secuestrado a mi amiga –protesta haciéndose un hueco en la barra— una cerveza, ¿Qué te parece?
Me quedo mirándola con cara de no sabe qué decir.
— Me llamo Anna –dice sin darme tiempo a reaccionar.
— John –digo sacudiéndome la cabeza.
Sonríe.
— Ese nombre no es muy español, ¿no?
— ¿Cómo sabes que soy español?
— Porque te pareces a los españoles de las películas.
— ¿A los españoles de qué películas?
— Que es broma –ríe divertida—, me lo ha dicho tu amigo.
Vaya hombre, o la rubia esta está hoy muy graciosa o yo estoy hoy muy espesito. Miro mi pinta de cerveza vacía. Tal vez sea la cerveza. O todo a la vez.
— Mi nombre verdadero es Juan –le digo.
Yuan –se atreve a decir.
— No, no, con Jota. Juan.
— Yan –dice convencida esta vez.
— No –río— Ju-an –le repito— Juan.
Antes de decidirse a decirlo en voz alta lo hace para ella misma.
—… Encantada, John –desiste tendiéndome la mano.
Yo me río y se la estrecho.
— En mi país se dan dos besos –apunto sin saber realmente muy bien por qué.
— En el mío también –contesta ella.
— Ah… —vacilo un instante antes de levantarme y nos quedamos ahí en un sin saber qué hacer durante un par de segundos hasta que nos los damos.
Huele a coco. O a vainilla, siempre me hago un lío con esos dos olores, el caso es que huele bien.
— Bueno ¿y la cerveza? –insiste.
— ¿Sabes? En mi país invitan las chicas –sonrío.
— Ya, honey (cariño) –asiente—, pero no estamos en tu país. Así que invitas tú. Dos Guinness, please –se precipita a pedirle al camarero.
— No, no, que a mí no me gusta la Guinness. Perdone –llamo al camarero—, una Guinness y una Paulaner, por fav… please.
— ¿Estás en Irlanda y no te gusta la Guinness?
— No —me quedo pensando un instante—, soy un poco raro.
— Muy raro –replica.
Las dos cervezas llegan en sus enormes vasos de medio litro. Cervezas de tirador, nada de botellines, este bar tiene tiradores de todas las cervezas, es una pasada.
Cuando voy a darle un sorbo a mi cerveza, ella me la aparta dejándome con la espuma en la punta de los labios.
— ¿No brindamos? –insinúa.
— Claro –asiento—, ¿por qué quieres brindar?
— Porque al final de la noche sea capaz de decir bien tu nombre.
Yo la miro divertido, brindamos y bebemos.
El móvil comienza a vibrarme en el bolsillo del pantalón. Suelto el vaso en la barra y leo en la pantalla:

“Llamada entrante: Lucía”

Mi novia. No sé por qué, pero por un instante dudo en cogerlo. Miro a la rubia y le enseño el móvil.
— Ahora vengo –le digo, ella me guiña un ojo dándole un sorbo a su cerveza y se queda allí sentada.
Yo empiezo a hacerme hueco entre la gente pero la entrada queda lejos y no me va a dar tiempo de salir para cogerlo, así que descuelgo.
— Un segundo, Lu –contesto.
Venga hombre, echaros a un lado, ahora seguís bailando. ¿Me permites? A ver ahora estos dos, va, venga, si solo es un segundo. Y deslizándome entre la gente consigo llegar a la puerta. Dejo que el portero con cara de pocos amigos me selle la mano y salgo.
— Lucía, ya –resoplo—, que estaba intentando salir de… ¿Lu?, ¿Lucía?

“Llamada finalizada”

Me apoyo sobre el capó de un coche frente la discoteca y marco su número. Ella descuelga el teléfono al tercer pitido.
— ¿Qué quieres? –responde seca.
— ¿Cómo que qué quiero? –Le contesto—, Hola.
— ¿Hola? –Dice—, se me acaban de quitar las ganas de hablar contigo.
— ¿Lucía?, ¿Pero por qué? –No contesta, los nervios me levantan del coche—, ¿me puedes decir por qué te has enfadado ahora?
Me vuelve a colgar. Respiro hondo para calmarme y vuelvo a llamarla.
— ¿Lucía, puedes dejar de colgarme –le digo serio— y decirme qué te pasa, por favor?
— ¿Que qué me pasa? –Grita—. Me pasa que estoy aquí en Sevilla, echándote de menos y con unas ganas horribles de estar contigo y que cuando te llamo, porque me apetecía hablar un rato contigo, resulta que estás en una discoteca ahí rozándote con todas las guiris, ¡Ea, pues nada! No te entretengo más, tú sigue ahí bailando.
— Pero Lucía, que yo no… —intento ordenar mis pensamientos antes de hablar, siento como empiezo a ponerme nervioso— Lucía, te estás equivocando, yo no estaba bailando con ninguna guir…
— ¡No, claro! –Me interrumpe—, tú sales y no bailas con nadie no, tú te quedas forever alone en la barra ¿pero tú te crees que yo soy tonta?
— ¡Lucía estaba pensando en ti! –protesto.
— ¡Qué casualidad! –ríe.
— Pues sí, qué casualidad.
— Ya… —dice con desgana—, anda y vete a engañar a otra.
— ¡Lucía, que es en serio, joder!
— ¡Que a mí no me grites! ¿Te enteras? ¡Grítale a una cualquiera de allí y te desahogas!
Intento calmarme pero me parece imposible.
— Lucía, escúchame… a ver —me despego el móvil de la oreja y compruebo que me había vuelto a colgar.
No me lo puedo creer. Cojo el móvil y lo lanzo contra el suelo con todas mis fuerzas. A tomar por culo el móvil, mi novia y todo ya, hostia.
El corazón se me precipita. No sé ya ni qué hacer, ni a dónde mirar, ni nada. Me levanto de nuevo del capó del coche y comienzo a dar paseos inquietos de un lado a otro.
Qué estúpido eres, me digo a mi mismo volviendo la vista hacia el móvil destrozado en el suelo. Me agacho para coger las piezas y me las guardo en el bolsillo sin intentar arreglarlo siquiera. Yo ya ni tengo ganas de entrar de nuevo en la discoteca ni nada. Miro el reloj y vacilo un instante en entrar a avisar a Mike. Seguro que está allí con la pelirroja, ya mañana lo veré. Y la rubia, total, no iba a volver a verla, qué más da. Así que decido empezar a caminar hasta mi residencia. Para una vez que no llueve, a ver si así consigo relajarme un poco. Meto las manos en los bolsillos y comienzo a andar con paso ligero sin poder evitar darle una patada a una lata al pasar junto a ella mandándola al centro de la carretera.
Y me voy de allí dejando plantada en la barra de aquel bar a la chica que, sin que pudiera imaginarlo, me cambiaría la vida.

 

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