¡Mírate!

( RETO: Últimamente estoy escribiendo textos que se resuelvan justo en la última línea, de modo que el lector no sepa bien qué está pasando hasta el final. LOBAS, que es la siguiente novela que publicaré gratis en el blog como hice con QUÉDATE CONMIGO, es muy de ese estilo.

Os propongo descubrir qué pasa en la historia antes de su resolución. En el texto tenéis las pistas suficiente para hacerlo. De ser así, comenta dónde te diste cuenta y cuál fue la palabra o la frase exacta donde caíste) 

Si la participación es buena, dedicaré un post a desmenuzar este texto y contaros los secretos de cómo guardar un misterio en un relato sin omitir nada. 

¡A leer, mis queridas Sherlocks! 

 

¡Mírate!

El agua caliente de la ducha no sirve para lavar la impotencia ni la rabia ni el dolor.

Silencio. El tintineo de las gotas al caer es todo lo que se escucha. Pero está ahí. Aunque no pueda oírla sé que está ahí, al otro lado de la ducha esperando a que salga.

Al abrir la puerta siento su mirada sobre mí. Liada en mi toalla paso por rápido por delante de ella intentando ignorarla. Me dirijo al banco principal del vestuario y de mi bolsa comienzo a sacar la ropa sin detenerme.

—Vístete antes de que vengan todas, gorda —me dice–, que das asco.

Finjo no escucharla mientras me coloco las bragas y me ajusto la falda.

—Qué patética eres haciendo como la que no me escuchas, tápate esos michelines, anda.

Intento callarla con la voz de mi madre. << ¡Guau, un kilo! Esta semana lo estás haciendo genial>>

—Tu madre te miente —interrumpe mis pensamientos—, ¿por qué crees que te arregla la ropa sino?

Cállate, por favor, y vete.

—¿Eso es lo que quieres?, ¿Y quién te diría la verdad, eh? Dime.

Por favor.

—¿Tu profesor ese?, ¿Cómo se llama?, ¿O tus amigas? —empieza a reírse—, no tienes amigas porque todo te queda mal con esa papada. Das vergüenza, me necesitas a mí para que te diga la verdad y hagas las cosas como tienes que hacerlas, no como te dicen.

Eso no es verdad.

—Mírate —la ignoro–, vamos, mírate, venga y dime que miento, ¡mírate!

Sus ojos se clavan sobre los míos al otro lado del espejo. Su mirada me escupe al rostro. Me observo allí parada, de pie, con el pecho desnudo y la falda caída sobre mi cintura.

—¿Ves? –Se ríe—, tu madre te miente, tu profesor te miente… solo yo miro por ti, cariño, tienes que dejar de obedecerles, tienes que hacerme caso a mí. Entra en esa cabina y ya sab…

No la dejo terminar. Agarro un peine con fuerza y se lo lanzo haciéndola añicos, partiéndola en mil pedazos que se estrellan todos contra el suelo y ella desaparece. El estruendo me arrastra a la realidad.

¿Pero qué he hecho?

No tengo tiempo de pensar cuando el timbre suena, la clase termina y escucho los pasos de mis compañeras al otro lado de la pared. Me dirijo a mi bolsa y me precipito a abrocharle la camisa del uniforme. La puerta se abre, me sobrecoge, ellas también al entrar al baño. Se detienen en la puerta. Miran al suelo asustadas y luego me miran a mí. Todas. A la vez. Las escucho hablar entre ellas pero no sé qué dicen.

— El profesor dice que salgas, que quiere hablar contigo.

Cojo mi bolsa de deporte y salgo del vestuario sin decir nada más, con la cabeza agachada. El profesor me espera en la puerta.

—¿Cómo estás? –Me observa—, tienes la cara pálida aún, ¿has tomado algo de azúcar?

Asiento y miento al mismo tiempo.

—Marta, es la tercera vez esta semana –dice mirando su agenda—, voy a tener que hablar con tu madre.

—No me he desmayado por eso, profesor, se lo prometo. Esta vez no sé qué ha pasado.

—¿Habías desayunado?

—Sí –miento.

—¿Cuánto has ganado esta semana?

—Un kilo.

Tuerce el gesto.

—Deberías haber cogido dos–dice revisando el informe del nutricionista—, tienes que esforzarte un poco más. ¿Qué tal ha ido la sesión con el psicólogo esta semana?

—¿Más? –su voz vuelve a interrumpir nuestra conversación, aparece justo en el reflejo del cristal de atrás de Don David, odio los espejos—, ¡No puedes comer más! Ya te has visto, ya has visto como te miraban todas. Mírate, mírate de nuevo.

—¿Marta? –La voz de mi profesor se cuela en mi mente entre ella y yo y se abre como un paracaídas salvándome de la violencia de mis pensamientos, ayudándome a escapar—, Marta, ¿Me has oído? –insiste-, ¿Marta?

Sus ojos me encuentran al otro lado del espejo donde nos cruzamos los tres: él, mi puto reflejo y yo.

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