Prólogo: El viaje

 

72 HORAS

La historia de un perro abandonado en una perrera
que tiene tres días para encontrar una familia
o ser sacrificado.

 

 

PRÓLOGO

Aarón

EL VIAJE 

Hoy es el gran día y no entiendo por qué lloran todos. Yo estoy súper contento porque hoy por fin nos mudamos. A ver, que no quiero decir que no me guste nuestra vieja casa, la verdad es que es más grande, tenemos jardín y eso nos encanta a Luis y a mí. Pero mamá tenía que limpiar mucho y Luis ya va a pasar al cole de los mayores y estamos muy lejos de todo y de todos. Sobre todo de todos. Siempre que queríamos ir a visitar a los primos o a los abuelos teníamos que ir en coche. Y eso es un rollo. A Luis tampoco le gusta. Él al menos va en segunda fila. Yo a veces voy atrás del todo y no me gusta. Cuando era pequeño no se estaba mal. Al principio me daba miedo porque estaba oscuro pero ya no, ya soy grande y ya no me da miedo pero no quepo. Así que ya no vamos a tener que montarnos tanto en el coche y vamos a estar todos juntos. Además, en la ciudad vamos a poder hacer más amigos, estoy seguro. Y aunque no tengamos jardín en nuestra nueva casa, Luis y yo podremos bajar al parque y dormir en la misma cama.

El coche se detiene y yo corro a asomarme a la ventana, ¿ya hemos llegado? Qué rápido. Luis se abraza a mí de nuevo. Debe estar malo, pobre, no deja de llorar. Ya está, venga, tranquilo. Papá y mamá se giran para observarnos. Siempre les ha gustado vernos jugar y grabarnos para enseñárselo a toda la familia. Pero hoy no lo han hecho, deben estar malos de verdad porque no han cogido el móvil en todo el día, lo único que han hecho es llorar. No lo entiendo.

Papá se baja del coche y abre nuestra puerta. Vamos, Luis, que ya hemos llegado, le digo tirando de él, pero él no parece alegrarse ni tan siquiera un poco.

—Vamos, Aarón, ven –dice papá.

Y yo le hago caso esperando a que Luisito me siga. Pero no lo hace. Papá cierra la puerta. ¿Y mamá tampoco viene?

—Vamos.

Sigo a papá mirando atrás hacia el coche. No sé. Bueno, también me gusta estar con papá. Es el más gruñón pero me quiere, lo sé.

Siempre que vamos en coche me muero de ganas por hacer pipí. Esta vez papá me deja hacerlo sin prisas, normalmente es muy impaciente conmigo, no como mamá o Luis, que a veces lo hace conmigo.

Yo siempre voy detrás de él porque ya me perdí una vez y desde entonces nunca me deja ir solo a los sitios. Espera, que tengo más ganas de hacer pipí.

Cuando terminamos esta segunda vez, llegamos a un sitio que no huele demasiado bien. Al entrar descubrimos que hay muchos otros amigos. Todos intentan saludarme al mismo tiempo pero yo no les hago caso, papá siempre dice que no debo acercarme a los desconocidos. Nos hacemos hueco entre la gente y nos sentamos. Aunque me miran, yo intento no prestarles atención. No quiero que mi papá se enfade. De pronto, una puerta se abre y se escuchan gritos. A mí me ponen nervioso. Los que están en la sala empiezan a gritar también y a llorar. No me gusta este sitio. Le digo a papá que nos vayamos pero él no lo hace. Me siento a su vera e intento tranquilizarme pero los demás no me ayudan a hacerlo, están temblando, quieren irse como yo. Observo a papá, que me sonríe y me acaricia. No pasa nada.

—Tranquilo.

La puerta vuelve a abrirse de nuevo. Sale un bebé en brazos de su mamá, no debe llegar al año. Todos vuelven a revolotearse. La mamá está muy contenta. Y su papá y su hermana, todos se mueren de ganas de cogerla y abrazarla. Vuelvo a mirar a mi papá, que me vuelve a acariciar. Se levanta, parece que nos vamos, venga, que quiero volver con Luisito. Pero no vamos hacia la puerta de salida, vamos hacia la otra, hacia la de los gritos. Me da miedo, no quiero ir pero mis uñas se resbalan en el suelo cuando intento resistirme. Papá se agacha y me mira a los ojos. Me acaricia y me abraza. Me encanta mi familia, siempre sabe tranquilizarme. Yo también lo abrazo y casi lo dejo caer de espaldas. Se ríe. Yo también. Pero de pronto empieza a llorar. ¿Por qué lloras, papá? Mis besos lo vuelven a hacer sonreír.

—Venga, ya está, ya, Aarón, para, en la boca no ¿Sabes que te queremos, no? Luisito más que nadie –me da un beso en la frente—, gracias por todo, pequeño.

Claro que lo sé. Y mamá y tú y los abuelos, somos una familia. Papá se pone en pie y me deja con un señor. Se da media vuelta y empieza a caminar. Intento seguirlo pero el señor nuevo me lo impide tirando de mi collar. ¿Papá? Abre la puerta, de lejos puedo ver el coche. Seguro que va a por Luis. La puerta se cierra. Seguro que va a por Luis y a por mamá, porque no se ha despedido como siempre, no me ha levantado la mano desde lejos. Ya va a venir, estoy seguro.

El señor tira de mí, ¿A dónde vamos? La puerta de los gritos se abre, me arrastra. No, no, ¿qué haces?, ¿Luis viene conmigo?, eh, eh, espera. Entramos y la puerta se cierra a nuestra espalda. No me deja esperarlos, no me deja ir tras mi papá. Si vamos más hacia dentro no van a saber dónde estoy y me voy a volver a perder ¡Que me sueltes! Pero no me entiende, no obedece y yo no puedo retroceder, mis uñas se resbalan por el suelo. Un suelo con restos de orín, de pelos, con arañazos de otros. Llegamos a otra puerta, dentro apenas hay luz. No, no. ¡Luis!, ¡Papá!, ¡Mamá! Pero no pueden escucharme, cuando entramos todos empiezan a gritar al otro lado de las celdas a ambos lados del pasillo. Siento tanto miedo que no puedo controlarme y me orino encima. Al señor le da igual, me arrastra. Me da miedo acercarme a las celdas. Dentro saltan, gritan, lloran, se pisan entre ellos. Miro hacia atrás. La puerta del pasillo se ha cerrado. El señor abre una celda. Me mira, me dice que entre, no quiero, me obliga, mis patas vuelven a resbalarse en el suelo y me empuja dentro. Por más rápido que intento salir él cierra la puerta y no quepo por los barrotes. Dentro me reciben entre gritos también, se abalanzan sobre mí, me huelen, me chupan, me gruñen. Yo los aparto, están sucios y ayer me di un baño, como mi papá me vuelva a ver sucio se va a enfadar mucho. Me acerco a los barrotes, intento sacar la cabeza por debajo de la puerta para llamarlos a gritos pero no me escuchan ¡Señor, dígale a mi familia que estoy aquí!, ¡Luis!, ¡Papá!, ¡Mamá!

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1 Comment

  1. “Venga, ya está, ya, Aarón, para, en la boca no ¿Sabes que te queremos, no? Luisito más que nadie –me da un beso en la frente—, gracias por todo, pequeño.”

    Pobre Aarón… tanto que le quieren y lo dejan tirado. Pero pobre Luisito también, que no puede hacer nada

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