Entonces sólo pasa una cosa… llega el invierno.

Y pese a todas las promesas que se habían hecho en aquella plataforma flotante de la playa, los dos sabían que ésa era la última vez que volverían a verse.
Ella intentó memorizar su rostro por última vez. Sus ojos marrones rotos por la despedida, aquella barba despuntada, un poco más larga quizás que cuando la besó por vez primera. Forzó una sonrisa y lo besó, ésta vez en la mejilla. Él intentó retenerla en sus brazos pero los dedos de ella acabaron por escaparse de entre los suyos.
Sus padres ya la esperaban en el coche. Comenzó a andar hacia ellos y paso tras paso se juraba a sí misma que no se giraría para verlo por última vez. Y así lo hizo.
Se montó en el asiento de atrás, cerró la puerta y se abrazó a sus rodillas volviéndose a encontrar con aquella maldita pulsera de conchas blancas que tímidamente se anudaba a su muñeca. Y entonces ocurrió. Volvió a recordar el sabor del mar en los labios de Ismael, su pelo enharinado, las clases de surf improvisadas en la orilla. Sus ojos. Cayó en que nunca le había confesado que le encantaba escuchar su nombre con aquel acento sureño suyo. Lusía, así, con ese.  Y entonces volvió a escucharlo. Se giró sobre su asiento y lo descubrió corriendo descalzo tras el coche. Su corazón se aceleró, se quitó el cinturón y cientos de miles de mariposas intentaron sacarla volando de allí. Pero todas acabaron aplastadas contra el maldito cristal del coche.

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