Y tú, ¿qué sientes?

Te puedo decir cualquier cosa, pero la respuesta la tienes ahí.

En cuando voy a pasear por el centro, solo porque a ti te apetezca. O vea La Sirenita. También lo veo cuando, teniendo una mala tarde, prefieres venirte conmigo a la cama en lugar de ver Netflix.

Está cuando haces la comida para poder comer justo después de que llegue del trabajo, pero la haces en el momento exacto para que siga caliente porque sabes que no me gusta fría.

Cuando voy a recogerte a casa de tus padres porque no te apetece venir en autobús.

Lo que siento por ti no son mariposas, ni elefantes. Ni esos dinosaurios que se comen el mundo. No es un terremoto que haga temblar mi vida, no. Al contrario. Lo que siento contigo es… estabilidad. Esa es la palabra.

Y empezó poco a poco. No fue de un día para otro. No fue un amor Disney de perder la cabeza. Fue un amor a fugo lento, fruto del día a día, paciencia y de ganas, de muchas ganas. De querer quererte; de querer querernos.

Para que lo entiendas, te lo voy a explicar con algo que nos encanta hacer juntos; dormir -Aunque no siempre lo consigamos.

Pues tu amor me cogió así, como te coge el sueño de media tarde, casi por sorpresa. Lentamente. De esto que te sientas en el sofá, con la tele puesta, te acomodas, una cabezada, dos, tres y cuando te despiertas, te enteras de que has estado dormido dos horas. Pues igual.

Así que, si me preguntas que qué siento, solo sabría decirte que un día, no sé cuando, me quedé dormido y que cuando desperté, supe que ya no quería volver a hacerlo sin ti.