Eres tú

Fiel escudo en la batalla

Muro contra la metralla

De la rutina

La soledad y el desamparo

El abandono

Y los embistes del rechazo.

Cuando quiero desaparecer

A ti me abrazo

y me hago invisible

Da igual si llueve o hace sol

En la calle o en un frío salón

Tú nunca me abandonas.

Y si estoy a oscuras

Tu luz me ilumina

Y en mis horas bajas

Tú me animas

Me regalas tu energía

Cuando la espera se hace eterna

Y el que tiene que llegar

… no llega.

Ahí estás tú, si me pierdo

Tú me guías

Si me caigo, tú conmigo

En el cielo o en el infierno

Tú siempre en mi bolsillo.

 

De apariencia simple

Inofensivo e inocente

Pero su poder es mágico

Complejo como los versos

De aquel poeta romántico

 

Eres mi ventana al mundo,

Apartas las cortinas y me muestras

Dejas mi huella

Mi voz, mi yo.

Celestina en el amor

Y amante en la relación.

Eres bien a veces

Y a veces lo peor.

 

Me haces reír

Me haces llorar

Eres como un yin-yang

De emociones que vienen

y se van.

Guerra por las mañanas

Y nana de madrugada

Eres tú, Samsung,

Eres tú, mi vida entera.

Y eres tú, mi carcelera.

 

Juan Manuel Carmona


Hoy mientras escuchaba a Nach en el metro se me ocurrió esta pequeña parodia de uno de sus temas. Es la primera vez que hago algo así y la verdad es que me lo he pasado pipa haciéndolo. Veremos a ver si no me acabo enganchando al rap (ironía modo on, más quisiera yo tenerla habilidad que tienen los raperos para escribir)

Os dejo el tema en instrumental para que la leáis tal y como yo la tengo en mente.

Un saludo y espero que al final os saque una sonrisa =)

She wolf

She Wolf

Con la luz azulada de una linterna iluminó sus pasos a través de su dormitorio y abrió con sigilo la puerta de su armario. Se colocó la linterna entre los dientes y sacó su mochila escondida de entre la ropa. Pese a que no era la primera vez que intentaba escaparse de aquel internado su corazón le latía fuerte, tan fuerte que pensó absurdamente que sus latidos acabarían por delatarla.
Soltó la mochila en el suelo y de debajo de la cama sacó las provisiones que había conseguido robar de la cocina para el viaje.
Cerró la cremallera con decisión y tomó aire. Miró por última vez su cuarto y sin querer entretenerse más se dirigió a la ventana. Al abrirla el aire frío le golpeó en la cara. De repente, sin esperarlo, la luz del cuarto se encendió y asustada se precipitó a cerrar la ventana. No había oído entrar a Daniela, su amiga.
— La luz, apaga la luz —dijo Ruth en voz baja volviéndose hacia ella.
Daniela apagó la luz rápidamente y cerró la puerta de la habitación con cuidado.
— ¿Pero qué haces? —Preguntó tomándola por las manos— ¿Te has vuelto loca?
— No grites —susurró.
— ¿Vas a escaparte otra vez?
Ruth rio confiada.
— Si te pillan otra vez te mandarán a un internado mucho peor.
— Tranquila —dijo— esta vez no me van a pillar.
— Pero… —Daniela pudo ver en la mirada de Ruth que esta vez iba en serio, esta vez no se iba a dejar pillar y algo le decía que sería la última vez que la vería— ¿Y si me voy contigo? —se atrevió a decir.
Ruth volvió a sonreír divertida.
— Me encantaría… —dijo apartándole un mechón de pelo de la cara— pero prefiero ir sola.
— ¿Pero por qué? Podríamos ir juntas, vivir la vida como tantas veces hemos hablado, hacer lo que queramos, las dos solas, como dos lobas, dos lobas viviendo a contracorriente ¿qué me dices?
— Dos lobas –repitió para sí misma saboreando las palabras— pero mírame… yo, a mí no suelen salirme bien las cosas –quiso ordenar sus pensamientos antes de continuar hablando— tú aquí estudias, no sé, tienes un futuro. Los fines de semana vas a casa, ves a tu familia, te mandan pasta y estás de puta madre, la verdad. Sólo te queda un año para ser mayor de edad y salir de aquí… Créeme, si yo tuviera todo eso lo aprovecharía y no lo echaría todo a perder por una loca inconformista.
— Perdona –la corrigió— eres mi loca inconformista.
Las dos adolescentes se quedaron mirándose en silencio sin saber muy bien qué decir.
— ¿Seguro que no quieres que vaya contigo?
— No —dijo Ruth— además, alguien tiene que cubrir mi huida —le guiñó un ojo.
— Está bien —resopló— pero no sé por qué siempre me toca a mí la parte más aburrida del plan.
— Te voy a echar de menos, Dani —se precipitó a decir Ruth.
Daniela le respondió con un abrazo.
— ¿Dónde irás? —preguntó Daniela con la voz acolchada por el hombro de Ruth.
— Barcelona —sonrió como si ya estuviera allí— me gusta Barcelona.
Daniela rio y se limpió las lágrimas torpemente con las palmas de sus manos.
— Pues vete ya antes de que me hagas llorar de verdad –dijo volviéndose a limpiar las lágrimas con la manga de su chaleco— que Barcelona está muy lejos.
Ruth sonrió y se puso en pie.
— ¿Volveremos a vernos? –preguntó antes de que Ruth se decidiera a abrir la ventana.
— Te lo prometo —aseveró.
Las adolescentes cruzaron sus dedos meñiques cuando se vieron sorprendidas por la ruidosa alarma de incendios retumbando en los pasillos y a través de los altavoces del patio.
— ¿Qué es eso? —preguntó Daniela.
Ruth se sobrecogió y se precipitó a volver a abrir la ventana de la habitación.
— Joder se me había olvidado —respondió mirando a través de la ventana hacia el suelo.
Dos pisos la separaban del patio y desde ahí una carrera de cincuenta metros hasta la valla de los aparcamientos del profesorado. Una vez allí tan solo tendría que burlar al guardia de la garita que habría acudido al edificio a comprobar las alarmas y entonces sería libre.
— ¿Qué? —Dijo tomándola del hombro— ¿Qué se te ha olvidado?
Ruth se giró hacia ella sacándose del bolsillo de su pantalón un pasamontañas.
— Es el cebo, puse a calentar en el microondas de la cocina un paquete de palomitas.
— Definitivamente estás loca.
Ruth sonrió orgullosa y se colocó el pasamontañas.
— Para cuando hagan el recuento espero estar ya lejos de aquí.
Ruth volvió a girarse hacia la ventana y se sentó en el poyete con las piernas colgando por la cornisa. Antes de decidirse a bajar se enfundó las manos en unos guantes de cuero, la última vez que intentó escaparse se había arañado las manos al trepar por las enredaderas de la fachada.
— Ruth —insistió Daniela una vez más antes de que su amiga comenzara a descender.
Ruth la miró una última vez.
— Suerte.
Ruth sonrió bajo el pasamontañas y le guiñó un ojo. Comenzó a descender con cuidado los dos pisos de enredaderas y tuberías. Un murmullo creció entre el rugido intempestivo de las alarmas y las luces del resto de los cuartos comenzaron a encenderse.
Ya había casi terminado de bajar cuando la puerta principal del pabellón de los profesores se abrió de golpe y estos comenzaron a salir corriendo hacia el patio.
No tenía tiempo, debía salir de allí antes de que evacuaran a todas las internas al patio y encendieran los focos. Miró al suelo. Dos metros. Saltó y rodó por el suelo, el césped amortiguó su caída. Antes de decidirse a correr hacia el muro que separaba el patio de los aparcamientos miró de nuevo hacia su habitación. Daniela seguía allí atenta a ella. Ruth le alzó la mano y levantó el pulgar. Luego echó a correr sin mirar atrás.
Llegó al muro que la separaba de la libertad y comenzó a trepar. Los salientes de los ladrillos la ayudaron y justo cuando llegó a la cima los focos del patio se encendieron como flashes cegadores y las puertas de emergencia del edificio se abrieron. Miró hacia ellas y vio a todas las demás niñas salir apresuradas de los pabellones envueltas en sus batas. En la ventana de su habitación seguía Daniela observándola desde la lejanía. Saltó a los aparcamientos. La puerta de la garita se encontraba abierta y el guardia no estaba. Entró en ella y pulsó el interruptor para que la puerta metálica de los aparcamientos se abriera. A la derecha del escritorio observó los monitores de las cámaras. En uno vio el patio abarrotado de gente y en el otro un vacío infrarrojo que grababa cómo la puerta de los aparcamientos se abría lentamente. Salió de la garita y al pasar por la puerta miró a la cámara fijamente. Sonrió, aunque el pasamontañas le tapara la cara, y le hizo un corte de manga. Luego echó a correr por la carretera contando las farolas que pasaba. Primera farola, la puerta de los aparcamientos se cierra.
Segunda farola, la alarma aún sigue sonando.
Tercera farola, sus pasos suenan fortuitos contra la gravilla de la carretera.
Cuarta farola, la alarma deja de sonar a sus espaldas.
Quinta farola, a lo lejos, bajo la décima, distingue entre la oscuridad al chico que la sacaría de allí sentado sobre su moto.
Sexta, aunque cansada, no tiene intención de parar.
Séptima, el chico la ve.
Octava.
Novena.
Llegó exhausta a la farola número diez. Frenó en seco y se apoyó en sus rodillas intentando recobrar el aliento.
— Ya pensaba que no vendrías —dijo el chico sentando sobre su moto dándole una última calada a su cigarro antes de tirarlo al suelo. Aun exánime por aquella descabellada carrera, Ruth se acercó al chico, se remangó el pasamontañas hasta quitárselo y sin decirle nada le comió la boca. Se la mordió, saboreó la libertad en sus labios.
— Vámonos lejos —rogó ella volviéndole a besar.
El chico le prestó un casco y él se puso el que colgaba de su codo. Ruth se sentó a horcajadas en la parte trasera de la Honda Shadow y, cuando el motor rugió con la fuerza de sus 500 c/c, Ruth sintió por primera vez que su vida le pertenecía a ella y a nadie más.
Se abrazó al chico con todas sus fuerzas y le dijo en voz alta.
— ¿Sabes? Ya sé que tatuaje me vas a hacer cuando lleguemos a Barcelona.
El chico se volvió hacia ella para poder escucharla mejor.
— ¿Ya te has decidido?
— Sí –sus ojos sonrieron bajo el casco— Una loba.

La criba

La criba.

 
Podría escribirte cualquier cosa,
un soneto, una delicada prosa
poética que narrara cuán hermosa
eres o, por qué no, cuán caprichosa,
Que eres un rato, porque no contenta
conmigo, te tiraste a tu vecino.
Y yo, que más que tonto soy cretino,
me tragué mi orgullo con absenta.
Pero hoy me levanté y dije ¿por qué?
y no encontré respuesta, no la encontré.
Y te miré, hermosa aún dormida,
Y, aunque te pudiera haber escrito
cualquier cosa, lo que aquí te he escrito
cariño, sólo es mi despedida.

Juan Manuel Carmona

 

***

Aquí os dejo un soneto para esta tarde de Lunes. Lunes de resaca, que no todas las resacas son de alcohol.
Y como os vengo acostumbrando, os adjunto una canción, esta vez de El Arrebato, disfrutadla y Feliz Lunes!

 

 

Levántate y brilla

Levántate y brilla

Son las seis de la mañana. Tu mano no llega a alcanzar el móvil para parar la alarma antes de que las voces de tu cabeza te digan que es muy temprano, que hace frío y que fuera está muy oscuro como para salir de la cama. Tus músculos rebeldes fingen no escuchar a tu cerebro y una legión de voces te incitan a pulsar el maldito botón de “posponer alarma” para volver a sueñolandia. Pero tú no pediste su opinión. Tú decidiste escuchar la voz del desafío. La voz que hizo que pusieras esa alarma a las seis de la mañana. Así que levántate y no mires atrás porque hay mucho trabajo que hacer.

Cada día es un conflicto entre el camino fácil y el camino correcto. Cada día se abren, como el delta de un río, diez mil caminos que te prometen un camino más fácil. Pero tú decidiste ir río arriba. Y cuando eliges esa opción, cuando decides rechazar el camino fácil, el camino seguro, lo que todos llaman “sentido común”, ése es el día uno. A partir de ahí todo se complica, así que asegúrate de que es lo que quieres porque el camino fácil estará siempre ahí esperando a que lo cojas. Tentándote.
Pero no lo harás. Con cada paso tomas la decisión de dar otro más, y luego otro, y otro. Este es tu camino y no es momento de pensar en lo que ya llevas conseguido. Sabes que estás luchando contra un enemigo que no puedes ver pero que siempre te pisa los talones, sientes su aliento en tu nuca. ¿Sabes qué es? Eres tú, son tus miedos, tu inseguridad, todos alineados como un pelotón de fusilamiento preparado para dispararte. Pero tranquilo, no es fácil derrotarlos pero están muy lejos de ser invencibles. Es la gran batalla entre tu cuerpo y tu mente y ése diablo en tu hombro que te dice que “es una pérdida de tiempo, que es sólo un juego” Ahoga la voz de la incertidumbre con tus latidos. Quema las dudas de ti mismo con el fuego de tu interior. Recuerda por qué estás luchando y no lo olvides. Porque el miedo es como una amante cruel capaz de convertirlo todo en cenizas al más mínimo error. Está siempre buscando el punto débil de tu armadura.
Eres un león entre leones así que prepárate para la batalla en territorio hostil porque todos queréis dar caza a la misma presa. Porque la suerte es el último deseo para los que aún creen que la victoria se puede conseguir por accidente. El sudor es para los que saben que es una elección.
Ahora decide, porque el destino no espera a nadie. Y cuando el momento haya llegado y te digan que no estás preparado escucha esa voz interior que te susurra “Estás preparado, ahora depende de ti”

Entonces sólo pasa una cosa… llega el invierno.

Y pese a todas las promesas que se habían hecho en aquella plataforma flotante de la playa, los dos sabían que ésa era la última vez que volverían a verse.
Ella intentó memorizar su rostro por última vez. Sus ojos marrones rotos por la despedida, aquella barba despuntada, un poco más larga quizás que cuando la besó por vez primera. Forzó una sonrisa y lo besó, ésta vez en la mejilla. Él intentó retenerla en sus brazos pero los dedos de ella acabaron por escaparse de entre los suyos.
Sus padres ya la esperaban en el coche. Comenzó a andar hacia ellos y paso tras paso se juraba a sí misma que no se giraría para verlo por última vez. Y así lo hizo.
Se montó en el asiento de atrás, cerró la puerta y se abrazó a sus rodillas volviéndose a encontrar con aquella maldita pulsera de conchas blancas que tímidamente se anudaba a su muñeca. Y entonces ocurrió. Volvió a recordar el sabor del mar en los labios de Ismael, su pelo enharinado, las clases de surf improvisadas en la orilla. Sus ojos. Cayó en que nunca le había confesado que le encantaba escuchar su nombre con aquel acento sureño suyo. Lusía, así, con ese.  Y entonces volvió a escucharlo. Se giró sobre su asiento y lo descubrió corriendo descalzo tras el coche. Su corazón se aceleró, se quitó el cinturón y cientos de miles de mariposas intentaron sacarla volando de allí. Pero todas acabaron aplastadas contra el maldito cristal del coche.

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No lo entiendo

Yo quisiera saber qué nos ha pasado para que la palabra estabilidad nos de repelús. Qué nos han hecho las bodas para que les tengamos miedo. Por qué está mal visto decir te quiero. Qué tiene de malo emparanollarse con alguien ¿Qué nos está pasando? Ya no es que pongamos barreras, es que contruímos muros de hormigón armado infranqueables y ni martillos, ni excavadoras ni nada. Estamos tan convencidos de que nos van a hacer daño que ni tan si quiera nos atrevemos a asomarnos al portón de nuestra fortaleza, hacemos como los que no estamos en casa, como cuando vienen los mormones o el tío de la luz. Dejamos que pasen por delante, que se detengan en la fachada, que jueguen con los geranios que una vez colgamos y poco más. A algunos, dependiendo de no sé qué, los dejamos pasar al jardín o incluso al hall, fíjate lo que te digo, al hall. Pero de las habitaciones ni hablamos ¿y sabéis qué? Algunas hasta huelen a nuevo.

Es como si te regalasen tu muñeco favorito, no sé, la Barbie rockera con guitarra eléctrica (pilas no incluídas) por tu cumpleaños y la dejaras allí en la estantería de tu cuarto, con su embalaje y su todo por miedo jugar y romperla. ¿Habríais hecho eso de pequeños? ¡Claro que no! Porque eran otros tiempos, porque jugábamos, porque inventábamos mil historias y el mejor muñeco no era el que olía a nuevo, no, el mejor muñeco era ése que tenía rasguños, el que estaba gastado ya por tus manos ¿Sabes por qué? porque cada cicatriz suya te recordaba a una aventura. A cuando se te cayó en el patio, a cuando lo encontraste en la cama del perro o a cuando tu hermano lo usó como diana para su nueva pistola de bolitas. Cada herida suya te dolía como tuya. Y éso, éso era lo fantástico de tu juguete, lo que lo hacía único y diferente del resto de juguetes.

Porque tiene que ser muy triste llegar a viejo y seguir teniendo aquella Barbie embalada en la estantería y darte cuenta de que, de tanto que lo guardaste, se te pasó la edad para jugar.

 

Feliz noche de lunes, lectoreadictos.

 

Hoy puede ser el día

¿Y si hoy fuera el día? ¿Y si hoy por fin nos atreviéramos a cruzar la calle y nos compráramos aquello con lo que tanto hemos soñado?
Hoy es el día perfecto para levantarte de tu asiento, cambiarte de vagón y saludar por fin a la chica que te gusta.
Para hacer esa llamada.
Para atreverse a perdonar, para perdonarse.
Hoy es ése día en el que cierras los ojos, respiras hondo y te apuntas a teatro.
Lo invitas al cine.
A una copa.
A otra y…
¿Te apetece la última?
Hoy es un gran día para compartir un café, una mirada, una risa, un sofá, un polvo. 
Una carretera, un cigarro, un beso, un no lo sé. Una tontería, un chiste, un guiño.
Hoy es el día para “¿Hola? ¿Te acuerdas de mí?”
El día de “No sabes cuánto te he echado de menos”
De “Sólo un poco más”
Hoy es un gran día para mirarte en el espejo y ser quien tú quieras ser.

Feliz tarde, chicas.

-

 

Yann

Y para continuar la tarde, os dejamos un relato mientras terminamos de organizar el desafío. Esperamos que os guste. De ser así, sentíos libres de comentar, eso nos ayudará a seguir creciendo =)

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<< Salida del vuelo Airbus A-320 con destino Berlín, embarquen por la puerta A-42 >>
Todos recibieron la noticia como si de un jarro de agua fría se tratase. Nadie supo bien qué decir. La madre, quien ya había empezado a llorar hacía rato,  se encontraba abrazada a su marido observando lo rápido que habían pasado  aquellos años desde que cogiera por vez primera a su hijo hasta que lo viera, en menos de cinco minutos, partir mochila al hombro a más de diez mil kilómetros de ella. Las hermanas pequeñas, Blanca y Ana, esperaban inquietas junto a su madre deseando que todo aquello fuera como un mal sueño y rezaban para que no llegara el momento en el que tuvieran que decir adiós al que había sido su mejor amigo, protector y profesor particular desde que alcanzaban sus cortas memorias. Y el padre, jugando el roll de cabeza de familia, ahogaba sus emociones en la garganta y escondía sus ojos rojos bajo unas oscuras gafas de sol.
— Bueno —se animó a decir Yann— tengo que irme o perderé el avión, pero antes, alegrarme esas caras por favor. Tan solo me voy unos meses, volveré a casa cuando menos os lo esperéis y tan pronto como lo haga deseareis que me vaya de nuevo —sonrió.
— Sabes que eso no es verdad, hijo —dijo su madre.
— Claro que sí; volveré para que papa pueda seguir castigándome por llegar tarde a casa, para despertar a Anita con la música de mi cuarto y para que tú me repitas que hasta que no ordene el cuarto no salgo a la calle.
Pareció sonsacar una sonrisa a su madre pero esta rompió a llorar de nuevo.
<<Por su propio interés, rogamos mantengan sus pertenencias controladas en todo momento>>
— Anda, dejad que se vaya que al final perderá el avión y tendremos que comprarle otro billete —dijo el padre en un tono seco, aunque todos sabían que no estaba cabreado.
— ¿Hijo seguro que quieres irte? Mira que tú no sabes alemán, cariño que tu eres muy delicado ¿y si no te gusta la comida de allí?
— Mamá, ya hemos hablado de esto. Sabes que no puedo quedarme aquí sin nada esperando un trabajo que no sé si llegará. Y si no me gusta la comida, cuando vuelva a casa por navidad me llevaré una maleta entera de tuppers de la mejor cocinera del mundo para Alemania.
<< Última llamada para los pasajeros del vuelo Airbus A-320 con destino Berlín, embarquen por la puerta A-42 >>
Volvieron a repetir por megafonía en un español casi inentendible.
Yann se puso en cuclillas frente la menor de sus hermanas, Blanca, con tan solo cuatro años.
— Blanquita, tengo que irme ¿me darías un abrazo fuerte, fuerte?
Blanca vaciló unos segundos antes de abrazar a su hermano con todas sus fuerzas.
— Blanquita —le susurró al oído— se buena ¿vale? Y no te olvides de mi eh.
La pequeña se separó de él y negó con la cabeza abrazando ahora a su peluche favorito.
— Anda, si ha venido con nosotros tu amiguito ¿Este… como se llamaba?
— Orejitas —contestó casi para ella misma.
— Orejitas eh, pues prométeme una cosa —Blanca respondió con una mirada— prométeme que vas a cuidar de él como me cuidabas a mí cuando yo me puse malito ¿te acuerdas?
Blanca apretó los labios ahogando un llanto y volvió a asentir con la cabeza. Yann pellizcó su mejilla e intentó memorizar las expresiones de su delicada carita infantil para poder compararla con la mujer que se encontraría cuando regresara, quién sabe cuándo, a casa.
Aún en cuclillas dio un paso al lado y se situó frente Anita, su hermana pequeña de trece años.
— Anita, a partir de ahora vas a tener el cuarto de baño para ti sola, así que sonríeme ¿vale?
— Tonto.
— Tonta tú, mocosa —Yann la atrajo hacia él y la abrazó con fuerza— Y no te metas los dedos en la nariz que sangras.
— Yo no me meto los dedos en la nariz.
— Anda que no —sonrió.
Se prometió que no lloraría, no delante de su familia.
— Cuídate ¿Vale? –le susurró a su hermana- Estudia mucho y cuidado con los niños y con el alcohol que pronto empezarás a salir. No tengas prisas por hacer cosas de mayores, ser mayor es una mierda, ya tendrás tiempo.
— Si, papá.
Yann sonrió y se precipitó a secarse los ojos torpemente con la palma de sus manos.
— Por cierto, como vuelva y note que has cambiado algo de sitio en mi cuarto te escondo de nuevo el secador.
— ¡Eh! Tienes razón dime dónde lo has puesto —dijo golpeando a su hermano.
Yann comenzó a reírse al observar la cantidad de rasgos infantiles que conservaba la expresión de la cara de su hermana. Por un instante se maldijo a sí mismo por tener que perderse todos los cambios que de un momento a otro iban a sufrir sus dos pequeñas.
— Te lo digo si me das otro abrazo.
— Bueno, pero que sepas que lo hago tan solo por el secador.
Sabía que mentía, poco le importaba ahora el secador. Ahora tan sólo quería abrazarlo tan fuerte como para que pudiera retenerlo toda su vida junto a ella. Tan fuerte como para que le fuera imposible irse de su vera, que le fuera imposible dejarla sola, dejar de recogerla a la salida del instituto, de darle dinero a escondidas para salir a cenar con las amigas o de ayudarla para conseguir llegar una hora más tarde los fines de semana. Poco o nada le importaban las peleas por ocupar el cuarto de baño o que la despertara con la música alta si al final del día aparecía y le deseaba las buenas noches con un beso de hermano.
— Lo he escondido en el altillo, junto con la ropa de invierno.
Blago se levantó apoyándose sobre una rodilla y antes de despedirse de su hermana la despeinó con la mano.
— ¿Llevas la tarjeta sanitaria? —preguntó su madre.
— Si.
— ¿Y el cargador de móvil?
— Lo único que me falta sois vosotros, mamá.
Su madre lo abrazó, como abrazaban antes las madres a sus hijos cuando se marchaban a la mili. Yann volvió a repetirse que no lloraría. No tenía por qué hacerlo porque nada triste estaba pasando. Se iba al extranjero siendo el mejor de su promoción y con una oferta de trabajo que no encontraría en España ni en sus mejores sueños. No sabía cuando tendría ocasión de volver, pero si tenía la certeza de que cuando se decidiera a hacerlo volvería con su familia como si nada hubiera ocurrido, como las manecillas de un reloj se detuvieran en ese preciso momento y cuando regresara todo volviera a ese mismo punto en el que se separaron, sin grietas temporales, con ganas de estar juntos, con el amor de toda una vida por delante.
— Te quiero mucho, hijo y que sepas que si te arrepientes y quieres volver, sea cuando sea, solo tienes que llamar y te esperamos en el aeropuerto ¿vale?
— Mamá…
— Vale, vale, solo quería que lo supieras.
— Anda, no hagas que te eche de menos más de lo que te voy a echar.
Yann puso la cabeza de su madre sobre su pecho. Olió por última vez su perfume, ése olor que estuviera donde estuviese le recordaría a ella. Le acarició el pelo con su barbilla y lo imaginó blanco por el paso de los años. Quiso disfrutar por última vez del tacto caliente de sus manos. Esas manos que lo condujeron a la guardería, que lo mimaron cuando enfermó en el hospital con varicela, las mismas que tantas veces lo acariciaron antes de dormir; sin duda, sería lo que más iba a echar de menos, las inconfundibles manos de una madre.
Su padre aguardaba firme sobre una loseta, sin muestras de cariño, aunque él sabía que bajo esa coraza que se había labrado durante años había un padre sensible, con el corazón tierno y frágil que no dudaría en darle la vida si se lo pidiese. Ambos se miraron y sin saber qué decirse se abrazaron. Abrazo de hombres al principio, fuerte y frío. Abrazo de padre e hijo luego, con lágrimas que ninguno de los dos pudo, ni quiso, controlar.
— Te quiero, papá.
— Vuelve pronto, hijo.

Juan Manuel Carmona

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PD: Y como no podía ser de otro modo, un poco de música.

El poder de la sutileza

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A veces no hace falta decir nada. Desde El Poder de la Lectura mostramos nuestro desacuerdo con el camino que la literatura romántica-erótica ha tomado en los últimos años. Creemos que el auge de este tipo de literatura no ha hecho sino desvirtuar el sexo, separándolo fríamente del amor, encorsetándolo en escenas burdas y a veces desagradables para los lectores. Parece que se nos ha olvidado que el mejor sexo es aquel que se practica con amor.

Por eso, os deseamos una muy buena tarde y os dejamos con esta maravillosa escena de El último samurai. Una escena cargada de tensión sexual que nos demuestra que para ser sensual no necesitamos ser bordes.

 

Un saludo.

La Criba

La criba

Podría escribirte cualquier cosa,
un soneto, una delicada prosa
poética que narrara cuán hermosa
eres o, por qué no, cuán caprichosa,
Que eres un rato, porque no contenta
conmigo, te tiraste a tu vecino.
Y yo, que más que tonto soy cretino,
me tragué mi orgullo con absenta.
Pero hoy me levanté y dije ¿por qué?
y no encontré respuesta, no la encontré.
Y te miré, hermosa aún dormida,
Y, aunque te pudiera haber escrito
cualquier cosa, lo que aquí te he escrito
cariño, sólo es mi despedida.

 Juan Manuel Carmona

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Aunque con humor ¿A cuántos no os ha pasado esto? A veces perdonamos y perdonamos sin parar, una y otra vez, volvemos la mirada y nos resistimos a abrir los ojos, a mirar hacia adelante, a mirar para nosotros. Nos agarramos aquello que nos hizo feliz y se nos atrinchera en la puta cabeza la idea de que sólo podemos ser felices así, de la misma forma y con la misma persona. Hasta que un día nos damos cuenta de que allí, dónde creíamos que lo teníamos todo, sólo estamos nosotros y que lo único que nos une a aquel sentimiento es su recuerdo.

PD: A seguir la tarde “Y volver a vivir mirando pa’ ti”