Capítulo 8: Nana de luna.

 

CAPÍTULO 8

NANA DE LUNA

 

 

 

La luna me está mirando

Y acariciándome el pelo

  

No puedo evitar mirar hacia la ventana, pero su silueta ya no está allí.

La voz de Ágata hace que Viejo se emocione desde la oscuridad de su rincón. Por el eco de su voz, casi puedo imaginarla justo detrás del muro, justo donde está Viejo, como si supiera dónde descansa él.

Blanca levanta su mirada. Yo lamo sus lágrimas.

-Gracias –responde.

-No sabía que Viejo, o Bobo –me corrijo-, fuera tu padre.

Blanca sonríe contrariada. Luego niega con la cabeza intentando controlar sus sentimientos. No la entiendo.

 

Y yo le he dicho que el cielo

Puede quedarse esperando. 

 

No sé qué decir. La envuelvo con mi cuerpo. Ella se deja y reposa su cabeza sobre la mía.

-No tienes por qué hablar de eso si no quieres.

Se sorbe el hocico y se separa ligeramente de mí. Sus ojos negros ligeramente escondidos en ese antifaz que caracteriza su cara, brillan a la media luz de la luna. Sé que no es el mejor momento para decirlo, pero me parece preciosa.

 

La luna me está mirando

Bajo su octava costilla.

 

 

-A mí también me abandonaron aquí, ¿sabes? –dice, sin poder controlar sus emociones.

Yo me acerco de nuevo a ella para limpiarle las lágrimas, pero ella me lo impide con su pata.

-No llegué a conocer a mis padres –rompe a llorar, yo no sé qué hacer-. Ni a mis padres biológicos ni a mis padres humanos…

No puedo soportar verla llorar, me mata no poder hacer nada para consolarla.

-Lo siento –improviso.

Ella cierra los ojos y respira intentando ordenar sus recuerdos. A decir verdad, yo tampoco conocí a mis padres biológicos. Nunca me lo había preguntado. Nunca me replanteé ser distinto a mi familia humana. Pero parece que sí, que no soy como ellos. Que no era de la familia, como decía Negro.

 

Y con su luz amarilla

La luna me está diciendo:

 

 

-No consigo recordar sus caras… -la voz se le quiebra en un llanto-, solo recuerdo que llovía, el frío de la lluvia sobre nosotras, solo recuerdo como retumbaban los truenos dentro de aquella maldita caja de cartón en la que me abandonaron junto a mis tres hermanas, Aarón…

La rodeo con mi cuerpo e intento consolarla. La siento tiritar en mi pecho. Siento su tristeza al recordarlo, su lucha por mantenerse tranquila y la impotencia de quien no puede hacerlo porque sigue doliendo.

-Cada día me prometo a mí misma no volver  preguntármelo, pero no puedo no hacerlo… no puedo no preguntarme cuánto le importábamos mis hermanas y yo, qué hicimos mal, por qué no nos dieron ni tan si quiera una oportunidad, Aarón, ni tan si quiera una. No pudieron ni tan si quiera esperar a que dejara de llover –yo solo la escucho, no quiero interrumpirla-, ¿Y mi madre?, ¿Por qué no hizo nada?, ¿Ella sabe que nos abandonaron, eh?, ¿Qué nos dejaron tiradas a nuestra suerte en una caja?, ¿Seguirá viva?, ¿Salió a buscarnos?, ¿Y si también la abandonaron pasado el tiempo cuando se hizo vieja?

 

Yo sé que te están condenando,

Te están condenando,

Te están condenando.

 

 

-Me encantaría poder responderte aunque fuera a una sola pregunta…, pero no puedo, Blanca.

Sus ojos me miran sin prisas, deteniéndose en cada rasgo de mi cara. Nunca antes me habían mirado así.

-Mi nombre es Xena –dice aclarándose la voz.

Yo asiento.

Después de unos segundos que parecen detener el tiempo, de entre sus lágrimas surge una sonrisa tímida que, tal vez por nervios, hace que evite mi mirada por un instante.

-Bobo nos rescató –pronuncia volviendo a fijar sus pupilas sobre las mías-, es la primera cara que recuerdo. La de él. Y la de Ágata.

 

Porque las cosas que tú dices

Las dices aullando,

Las dices aullando.

 

 

Podemos escuchar como el coche se pone en marcha. Las ruedas rachean sobre la tierra mojada y el ruido del motor se aleja de nosotras. No entendemos que ocurre ahí fuera. Silencio. Solo se escucha el ruido de la lluvia sobre la caja de cartón que nos cobija. Las gotas empiezan a colarse dentro. Gotas heladas que asustan a mis hermanas y las ponen nerviosas. Empiezan a llorar, a gritar el nombre de mamá.

-Tranquilas, habrán salido un momento, tienen que estar al llegar.

 

 

-Pero nunca llegaron. Se fueron para no volver. Nos abandonaron.

Me aclaro la voz sin saber bien qué decir.

-¿Y qué pasó? –pregunto.

 

 

No sé cuánto tiempo pasa en realidad. El techo de la caja comienza a vencerse por el peso del agua. Una de mis hermanas está muy mojada y empieza a toser. Las otras dos no dejan de llorar. Yo me aúpo y abro la tapadera de la caja. El agua empieza a entrar con fuerza, sentimos las gotas caer como piedras sobre nosotras. Haciendo un esfuerzo me asomo sobre uno de los bordes de la caja y para sorpresa mía, no reconozco nada a mi alrededor. Solo hay vegetación. Árboles que escalan hasta un cielo gris que no deja de descargar agua helada.

-¿Mamá? –pregunto al aire.

Pero solo el cielo responde a aquella pregunta con un crujido que hace temblar las paredes de nuestra caja de cartón. Y entonces lo entiendo todo.

 

 

-En aquel momento, la realidad enmudeció todos mis sentidos. Durante unos segundos, solo pude quedarme quieta bajo la lluvia intentando responderme por qué.

-¿Y qué hiciste?

-Solo tenía en mente una cosa: salvar a mis hermanas.

 

 

-¡Hay que salir de aquí, ayudadme!

Empiezo a empujar la caja desde dentro con todas mis fuerzas, pero ha entrado demasiada agua y no puedo volcarla sola.

-¡Ayudadme, por favor! –vuelvo a gritar empleando todas mis energías en empujar la caja, pero cada segundo que pasa, la caja se llena más y más de agua.

Mis hermanas no reaccionan, solo lloran y gritan al ver a la más débil de las cuatro tiritar sobre el suelo de la caja.

Y entonces aparece la sombra de un perro sobre nuestras cabezas.

-Ágata, ven, son cuatro bebes –lo escucho decir y acto seguido aparece una gata en el otro extremo de la caja-, ¿qué hacéis aquí, pequeñas?, ¿os habéis perdido? –pregunta mirando a su alrededor.

-¿Tú qué crees, Bobo? Las han abandonado –dice Ágata-, vámonos, no podemos hacer nada por ellas.

-¡Ayudadnos, por favor! –les pido-, mi hermana necesita ayuda.

La gata desaparece, Bobo se queda mirándonos. El agua le chorrea por el pelo de la cabeza. Introduce una pata dentro de la caja para tocar a mi hermana y se da cuenta de que apenas se mueve.

-No podemos dejarlas aquí.

-¿Y qué quieres que nos la quedemos? -pregunta la gata- Nos atraparían en seguida..

-Salvarlas –con su boca agarra un extremo de la caja y empieza a tirar.

La caja empieza a arrastrarse por el barro. Puedo escuchar bufar a la gata.

-Las ponemos a salvo y nos vamos, no podemos hacernos cargo de nadie más.

 

 

Y si aullando las digo

Las oye la luna llena

Y si por eso hay condena

Yo no le temo al castigo.

 

 

Esta vez, es la voz de Bobo respondiendo a Ágata desde nuestro lado del muro la que nos sobrecoge. Los demás perros que dormitaban en la jaula levantan sus cabezas para mirarlo.

-Lo siento si te estoy…-intenta excusarse Xena, yo no la dejo terminar la frase.

-Por favor –la interrumpo-, ¿Fue Viejo quién os trajo aquí?

 

 

La caja se rompe deshaciéndose con la lluvia. El agua sale del interior arrastrándonos a todas hasta el fango. Bobo mira a su alrededor y se maldice, debemos estar lejos de donde quiera llevarnos.

-Ágata, ayúdame.

-¿Y qué quieres que haga?

-Coge a una, vamos a llevarlas bajo aquel árbol, tendremos que dar dos viajes, esperad aquí, ¿de acuerdo? –nos dice a nosotras.

-Yo puedo andar –le digo- y las otras dos también. Solo  ella está débil.

-¡Silencio todas! –maúlla la gata-, tenéis que seguir al grandullón, yo iré en la cola para que ninguna se quede atrás, ¿entendido?

Mis hermanas, que no habían dejado de llorar, parece que obedecen y se preparan para caminar. Bobo coge con la boca a mi hermana enferma y comienza a caminar bajo la lluvia con paso lento para que nuestras diminutas patas puedan seguirlo. Yo voy primera, agarrada a su rabo sin perder de vista a mis hermanas que caminan pegadas a mí. La gata las sigue de cerca unos pasos por atrás con todo su pelaje empapado por la lluvia.

 

 

La condena de los besos largos

En la plaza de las catedrales

Donde el vino sabe amargo

Y amarga amores inmortales.

 

 

Ágata responde al otro lado del muro. No puedo evitar girarme hacia Viejo –Bobo-, y mirarlo con otros ojos. Orgulloso de él, de verlo allí sentado sobre sus patas traseras, con el peso de los años sobre sus huesos, sabiendo que le había salvado la vida a Blanca –Xena-, y a sus hermanas poniendo su vida en juego. Pero aun no entiendo cómo acabaron aquí ni qué fue de sus hermanas ni porque Ágata la trata así.

 

 

Cuando llegamos bajo la copa de aquel árbol. Mis hermanas y yo nos abrazamos. Todas menos una, que se encuentra tirada en el suelo. Sus tiritones habían parado, pero no respondía a nuestras voces.

-Venga, vámonos, ya están a salvo –dice Ágata dándose media vuelta.

Bobo acaricia con su hocico a mi hermana. Su cuerpo flácido se mueve, pero ella apenas reacciona. Yo miro a Bobo y él a la gata.

-Necesita ayuda humana.

-¿Qué le pasa? –pregunto.

-Ya no podemos hacer nada más –protesta Ágata-, vámonos.

-Hay un refugio aquí cerca.

-¿Estás loco? No pienso pisar el refugio, nos cogerán también a nosotros, ¿es que quieres vivir el resto de tu vida en una jaula?

-No podemos dejarla morir.

-No es nuestra responsabilidad, ya las hemos puesto a cubierto. Han sido los humanos los que las han abandonado, no nosotros. Vámonos.

Un relámpago ilumina todo el cielo. Mis hermanas y yo nos asustamos. Durante un segundo, los dos se miran en silencio.

-Tengo que llevarlas allí.

Un nuevo trueno hace temblar el suelo bajo nuestras patas.

-Si te vas –dice Ágata-, vas a tener que irte sin mí.

 

 

Condena mortal

De barrotes infinitos

Que me condenen, si es mi destino

Y muera por mi libertad. 

 

Vuelve a contestar Viejo desde su esquina con un aullido. Un aullido que termina por despertarlos a todos. Un aullido al que se suman todos los demás, los nuestros y los de otras jaulas. Luego lo hace Xena. Y por último yo. Un solo aullido en nombre de todos que rompe el cielo clamando libertad.

 

 


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11 Comments

    1. Buenas, Esperanza. Por un lado, me siento mal por hacerte sentir así, pero por otro me reconforta saber que la historia consigue transmitir.
      Gracias por tus palabras, es muy importante para mí el tiempo que dedicas a leer y comentar.
      Seguimos leyéndonos!

  1. Felicidades, me estas dejando prácticamente sin aliento. Espero y deseo de todo corazón que este libro sea el más popular y tenga una grandiosa aceptación para que con ello se consigan grandes donaciones y poder mantener y poder encontrarles hogar al mayor numero posible de esos seres fieles y agradecidos.

  2. Que lindo es volver a leerte Juan 😄
    Una historia diferente, los que amamos a los animales nos sentimos tan conmovidos… alguien mas nota lo abandonada que se siente Ágata ? Que al parecer vuelve todas las noches al refu a hablar con Viejo? 💔

    1. ¡Ana! ¡Qué alegría me ha dado volver a leerte!
      Tres años después de Quédate conmigo, volvemos a las andadas. He estado muy ocupado terminando mis estudios y trabajando, pero aquí estamos.
      Me va a encantar seguir contando contigo. Espero que estés genial y que todo te vaya bien. Qué alegría me diste, de verdad =)
      Un súper beso con sabor a piña, Ana!
      ¡Seguimos leyéndonos!

  3. Me ha enganchado la historia. Claro que consigues transmitir. Espero que tengas mucho éxito y que sirva para que los humanos nos portemos mejor con los animales.

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