Capítulo 7: Luna helada

 

 

Capítulo 7.

 

 LUNA HELADA

 

Las luces se apagan. Ya es de noche y a Luisito sigue dándole miedo la oscuridad. Hoy no estoy yo con él para que pueda dormir. Hoy no está él aquí para que pueda hacerlo yo.

Un haz de luz azul atraviesa la minúscula ventana que da al exterior dibujando la sombra de los barrotes en el suelo. Por ella, se cuelan sonidos lejanos del campo. Sonidos como las hojas de los árboles moviéndose por un viento que podemos escuchar, pero no sentir porque somos demasiados aquí encerrados. Pasos de quienes caminan libres al otro lado del muro y voces de pájaros e insectos con las que intentamos, al menos, silenciar aquel último grito de Negro que aún retumba en nuestras conciencias.

Cercanos, en las jaulas contiguas, suenan quejidos con nombres que desconozco. Nombres de familias que un día fueron y que hoy ya no son nada. Aunque todos aquí en la celda fingen dormir, todos están como yo, con las orejas en guardia con cada ruido. Tal vez con la esperanza de volver a escuchar a Negro a lo lejos, o tal vez ya estaban todos acostumbrados y tan solo no podían dormir. No sé con qué frecuencia solía suceder algo así y no sé si me apetece saberlo.

En su esquina, de espaldas, Viejo, temblando a ratos. Sobre él Blanca, arropándolo con los ojos abiertos, observándome al otro lado del rayo de luz. Gris tumbado, con la cabeza sobre sus patas delanteras y la mirada perdida. El resto compartíamos el suelo todo lo cómodo que estas estrechas dimensiones nos permiten.

Cuando la vigilia y la noche parecían eternizarse, de pronto, la columna de luz se entrecorta dibujando una sombra que aparece y desaparece al instante dibujada en el suelo. Yo levanto la cabeza del suelo para comprobar si alguien más había visto lo que yo, pero algunos ya habían conseguido dormirse y los que no, parecían no haber sentido nada. Durante unos segundos mantengo los sentidos bien alerta mirando hacia la ventana, pero nada sucede y termino por tumbarme de nuevo. Pero entonces se distinguen pisadas sobre la hierba al otro lado del muro. Me vuelvo a incorporar y los perros que dormitaban a mi lado protestan. Gris, que es a quien miro primero con cierto reparo, me observa sin levantar la cabeza del suelo.

-Lo siento, disculpad, lo siento –susurro haciéndome camino entre patas, rabos y hocicos hasta aquel orificio en la pared.

Si me pongo a dos patas, puedo sentir el aire en la trufa y respirar la pureza del campo, pero no alcanzo a ver nada. Cuando me bajo, vuelvo a escuchar aquellos pasos a mi espalda. Esta vez, con ellos, puedo distinguir el maullido corto y tímido de un gato. Me aúpo de nuevo sobre mis patas traseras apoyando las dos delanteras sobre la pared, cuando inesperada, una sombra salta y se detiene justo en el hueco de la ventana haciéndome dar un respingo hacia atrás. Los perros a los que piso vuelven a protestar y a gruñir cosas sobre mí.

-Cachorro… -me avisa Gris.

-Lo siento –me disculpo en un susurro.

Blanca sigue observándome recostada sobre el lomo de Viejo. La silueta del gato a contraluz sigue allí, en el medio de la diminuta ventana, maullando, llamando a alguien a través de los barrotes. Unos barrotes por los que si quisiera, podría entrar. Yo me acerco de nuevo con peso lento mientras se lame una de las patas delanteras. Cuando me aúpo y puedo olerla, descubro que es una gata.

-¿Y Bobo?

Su voz me sobrecoge, pero esta vez me mantengo allí apoyado. Sus ojos amarillos, que es lo único que puede distinguirse de ella, se mueven analizándome con cierta avidez.

-¿Eres nuevo? –insiste.

-Sí.

-Qué lástima –dice apartándome los ojos para mirar al interior de la jaula-, ¿puedes hacerte a un lado? Estoy buscando a un amigo.

Acto seguido maúlla. Pero yo no me aparto.

-¿Quién eres tú? –pregunto.

Ella se detiene frente a mí y me mira.

-¿Puedes hacerte a un lado, chucho?

-¿Qué es un chucho?

Sonríe.

-Bien, lo que me faltaba, un perro de esos caseros que nunca ha salido de debajo de la faldita de mamá, ¿qué pasa?, ¿te has perdido?

-No me he perdido.

-Entiendo… -dice acomodándose sus largos bigotes-, entonces es que no tenían sitio para ti en casa y te han abandonado, ¿Es eso? -sus ojos parece que leen mis pensamientos- Sí, lo es… -sonríe celebrando su acierto-, pobrecillo, ¿los echas de menos, verdad?, ¿Quieres que te diga lo que pasará si en setenta y dos horas no consigues…

-Ágata, ya basta –es la voz de Blanca a mi espalda-, déjalo.

-Yo solo estoy buscando a Bobo, preciosa –su tono se vuelve dulce y amable, y su sonrisa amplia.

-Papá hoy está cansado –contesta-, ha sido un día difícil para todos, han sacrificado Negro.

-Qué sorpresa… -dice repasando sus uñas.

-No sé por qué no me sorprende que no muestres ni un poco de compasión.

-Ni a mí… -responde-, por cierto, ¿te he contado ya que Bobo no es tu padre, verdad?

-Todas las noches desde que te conozco.

-Ágata… -es la voz de Viejo a nuestras espaldas.

Se hace hueco entre nosotros para colocarse frente a la ventana. Él si llega a asomar su cabeza. Ágata asoma la suya entre los barrotes y le lame la frente y las orejas.

-Bobito… -ronronea-, pensaba que no te vería esta noche- Viejo se deja lamer, sus cabezas se buscan la una a la otra, se acarician- ¿Qué pasa, mi vida?, ¿Has llorado? No llores, tú lo decidiste –la cabeza de ella se mueve alrededor de la suya encajando perfectamente en todos los huecos de su cuerpo-, tú decidiste entrar aquí, cambiaste una vida conmigo por esto.

Viejo se separa ligeramente de ella.

-Sabes que eso no es cierto, Ágata -protesta-, no empieces, por favor.

-Vuelve –le susurra-, vuelve conmigo. Puedo sacarte de aquí, podemos ser felices juntos, como antes, ¿no te acuerdas?

-No puedo hacer eso…

-Sí que puedes… -aunque doy un paso al frente para poder escucharla, su voz se me pierde en un susurro.

-Jenna aún no ha encontrado familia.

Ágata bufa. Los ojos de la gata se clavan sobre Blanca, se achinan, su mirada me produce un escalofrío. Blanca, por el contrario, no le teme y le enseña sus colmillos. Viejo se separa de la pared.

-Bobo… -Ágata atraviesa medio cuerpo a través de los barrotes.

-Buenas noches, Ágata.

-Bobo, por favor, perdóname -su cara vuelve a cambiar de expresión-, Bobito…

-No olvide que te quiero -pronuncia alejándose de la ventana.

Viejo regresa a su esquina bajo la mirada de la gata. Luego los ojos de Blanca y ella vuelven a cruzarse, hasta que desaparece de la ventana dejando que la luz de la luna vuelva a entrar en la jaula en su totalidad.

Blanca se precipita a seguir a Viejo, pero este le dice que necesita estar solo. Blanca le da una caricia de buenas noches y se aleja de él con paso lento para tumbarse en cualquier otro hueco vacío del suelo. Yo, que no he entendido nada de lo que ha ocurrido, me acerco a ella intentando buscar respuestas a todas mis preguntas. Esta vez consigo no pisar a ninguno y me coloco junto a ella. Tiene la cabeza escondida entre sus patas y su cuerpo, pero la siento llorar. Miro a Gris, que como yo, lo había visto todo. Su mirada intenta despreocuparme. Pero no lo consigue. Cuando Luisito lloraba, yo solo me sentaba a su lado y esperaba a que se le pasara. Y es justo lo que hago con Blanca. Me tumbo a su lado y espero paciente.

Al otro lado de la pared, la gata empieza a entonar sus maullidos en una especie de canción.

La luna me está mirando
 Y acariciándome el pelo
Y yo le he dicho que el cielo
Puede quedarse esperando.

 

 

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2 Comments

  1. Bonita he inquietante, la incorporacion de Agata, es toda una novedad debido a que aun sigue habiendo dudas de la convivencia entre los animales.

    1. Buenas! Es un personaje que a nosotros particularmente nos gusta bastante, creemos que es muy interesante para conocer el pasado de Viejo y Blanca.
      Gracias por leernos y un saludo!

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