Capítulo 6: 60 Horas

CAPÍTULO 6

60 HORAS

 

JOSÉ

 

Este es Tyson, ha sido rescatado hoy por la policía en mitad de una pelea de perros. Su estado es crítico, nuestro veterinario, Sergio, está evaluando sus heridas, son muchas más de las que se aprecian en la foto.

Editado hace tres días:

Tyson necesita un cirujano especialista. Hemos pedido presupuesto y con descuento la factura asciende a tres mil euros. No podemos hacer frente a tal gasto debido a que, como sabéis, no tenemos financiación ninguna más que las donaciones y cuotas de los socios. Tres mil euros nos suponen tres meses de alquiler. Por eso pedimos ayuda a todas las personas que puedan aportar su granito de arena para salvar a Tyson, ya bastante ha sufrido en la arena.

Editado hace dos días:

Tyson sigue en estado crítico. En el momento en el que disminuye el efecto de la sedación, no deja de quejarse. Por favor, no podemos dejar que se muera. Ayúdanos, si no puedes donar, comparte.

Editado esta mañana:

Tyson no mejora. El equipo de veterinarios del refugio nos recomienda que si no podemos afrontar los costes de la operación, lo dejemos descansar. Nosotros seguimos rechazando esa opción. Por favor, ayuda a Tyson.

 

José observa una última vez el anuncio en la página de Facebook del refugio. Se ha compartido treinta y cinco veces. Doscientos dieciséis me gusta. Ni una sola donación.

Mira a Tyson a través de la pantalla. La amplía. En la foto aparece sobre la metálica camilla de la consulta, dormido. Tal y como lo había visto instantes antes, solo que esta última vez no volvería a despertarse.

Dirige el cursor del ratón hacia el botón de Borrar anuncio. Clica. ¿Está seguro de querer borrar este mensaje? Aceptar.

La policía solo ha podido detener a uno de los implicados en la pelea. El resto huyó. Y el detenido estará en la calle en una semana, como siempre. Mucho tiene que cambiar la justicia. O la moral humana. O ambas.

-Toma, José –Marta deja unos documentos sobre el mostrador-, aquí tienes el inventario.

José, que ya pensaba que estaba solo en el refugio, no puede evitar sobrecogerse sobre su asiento al encontrarse con Marta justo delante de él.

-Gracias,  Marta –responde cogiendo las hojas para echarle un vistazo.

Sus ojos empiezan a saltar de equis en equis. Cada equis significa que no quedan existencias en el almacén del producto en cuestión. Sin querer seguir leyendo más por el momento, aparta la hoja y la deja boca abajo sobre su escritorio.

-¿Vienes mañana?

-Claro, a las nueve estoy aquí para ayudar a prepararlo todo.

-Gracias.

-¿Y Sergio?

-Ya se ha ido.

-¿Qué ha pasado con las galgas?

-Se ha llevado a una para vigilarla toda la noche…, por la otra no hemos podido hacer nada.

Marta baja la mirada. No le gustan esas noticias. Siempre evita preguntar a cerca de los perros que desaparecen en el refugio. Le gusta imaginar que aquellos a los que deja de ver habrían encontrado familia. Por el contrario, la tristeza podía durarle semanas. José, que lo sabe, nunca le contaba nada. Pero esta vez se le había escapado, era el segundo sacrificio que llevaban a cabo en una misma tarde y resultaba duro incluso para quien, por desgracia, ya estaba acostumbrado.

-¿Qué te queda? –pregunta Marta intentando cambiar de tema.

-Nada –dice disimulando un bostezo al mismo tiempo que se despereza-, voy a subir unas fotos del pastor alemán nuevo mientras viene María.

-Seguro que mañana todo sale bien –dice ella con una amplia sonrisa-, mañana nos van a dejar solos, se van a ir todos.

-Ojalá, Marta… nada me haría más feliz que ver el refugio vacío.

-Se les coge cariño, eh, son muy buenos. Yo hay algunos que me daría pena no volver a ver, la verdad.

-Pena es verlos envejecer aquí, Marta. Por mucho que los queramos, nadie es feliz encerrados en una jaula, y ellos tampoco.

-Ya… -su mirada se pierde un instante en el suelo-, tienes razón.

José, que se sabe bastante negativo ya al final de todo el día, decide animarla con una mentira.

-Pero ya verás como mañana salen por lo menos diez.

Marta sonríe dejándose engañar. Los dos saben que diez son los perros que salen en un mes bueno.

-O más –añade con una sonrisa que ambos saben fingida-. Descansa, jefe.

Marta sabe que a José no le gusta que le llamen jefe, por eso, antes de que este pueda protestar, le guiña un ojo y le saca la lengua mientras empuja la puerta para salir del refugio.

No le gusta que le llamen así porque no siente que sea jefe de nadie. Para empezar, siempre dice él, nadie ve un solo duro en el refugio. Por el contario, les cuesta. Todos están porque quieren. Y en eso, José es especialista; en querer. Él quiere el refugio como nadie, y eso que todos lo querían. Todos los días, al salir del trabajo, sin pasar por casa, va directamente al refugio. Aunque le costara una bronca con María.

Cuando se trataba del refugio, José parecía que tenía más de veinticuatro horas en el día, por lo menos treinta, la gente no se lo explicaba. Siempre encontraba algo que hacer: mover las redes sociales, limpiar una jaula, hacer una cura, una llamada, responder un correo o tomar una decisión. Y en eso también era especialista; en tomar decisiones. Todas caían sobre él. Decisiones que todos iban a aceptar, no porque mandara, sino porque eran sensatas, porque era lo que todos sabían que tenían que hacer pero solo él era capaz de tomar. Como por ejemplo, decidir cuándo se sacrificaba a un animal. Y aunque con el tiempo se había acostumbrado, lo odiaba. Y todos sabían que antes de llegar a eso, intentaba salvarlos por todos los medios. Solo que a veces, todos los medios de los que disponían, no eran suficiente. Por desgracia, aquellas veces eran muchas y llegado el momento, todos obedecían. Apoyaban al líder, aunque a José no le gustara serlo, y ejecutaban la orden intentando hacerlo lo más fácil para quien tenía la valentía –y la mala fortuna- de decidir algo así: sin discutir.

José se inclina sobre su asiento y vuelve a colocarse las gafas. Con la ayuda de un cable conecta la cámara de fotos al ordenador y busca las fotos de Aarón en la memoria. Las descarga y las sube a la página de Facebook. Quiere ser original, tiene que hacer que la gente lo lea y sonría. Tiene que gustar y sobre todo, tiene que salvarle la vida.

 

* * *

 

María termina de publicar las fotos de las tres adopciones que habían conseguido cerrar esta mañana antes de arrancar el coche, y no puede evitar emocionarse al ver la sonrisa de los peludos en brazos de sus nuevos papás. Unos peludos a los que ella conocía bien, a los que había cuidado y curado cuando más lo habían necesitado, mimado y abrazado demostrándoles que no todos los humanos eran malos, que algunos, como María, tenían el corazón tan grande quizás para compensar a aquellos otros que no tenían.

Desliza su dedo para actualizar y releer el mensaje ya publicado cuando descubre que José acaba de publicar uno en ese mismo instante.

¡Hola a todos, soy Aarón, un pastor alemán de dos años y soy nuevo en el refu! Aunque aquí me tratan genial, tengo muchas ganas de volver a tener familia. Soy especialista en alegrarte los días por la mañana y tengo experiencia con niños, ¡me encantan!, soy el hermanito perfecto para ellos, ya verás.
¡Ven a conocerme, pero cuidado que enamoro!

En las fotos sale guapísimo, seguro que encuentra familia rápido. Tiene suerte de ser de raza. María desliza la pantalla y el siguiente mensaje que encuentra es el suyo. Lo relee y sonríe. Vuelve a deslizar. Se encuentra con el cartel del voluntariado. Mañana mercadillo solidario, concursos, ambigú. Entrada gratuita ¡No olvides a tu peludo!

Un momento. María desliza de nuevo hacia arriba. Falta un anuncio. No lo encuentra. Desliza arriba y abajo. ¿Y Tyson? Actualiza. No está. No puede ser. Eso significa que… Cierra la aplicación y guarda el móvil. Se coloca el cinturón y arranca.

Los diez minutos que tardaba en llegar al refugio los pasó en silencio. No le apeteció encender la radio ni poner Youtube en el móvil. Los pasó pensando en lo injusto de todo, en que por más que ellos quisieran ayudar y socorrer a todos los perritos del mundo, jamás lo conseguirían solos.

Al llegar al refugio, José ya estaba cerrando la verja y decidió esperarlo dentro del coche. Él no tardó en montarse y ella lo recibió con un beso en los labios.

-¿Qué tal? –pregunta José-, ¿Has descansado?

Ella asiente.

-He visto las fotos de Aarón –sonríe.

Él esboza una media sonrisa que no consigue esconder el peso del cansancio y la frustración que le provocan los días así. Así como María, aunque le doliera igual, intentaba quedarse siempre con las buenas noticias de las adopciones, para José nada podía camuflar el dolor de un sacrificio. Y ella lo sabía.

-¿Sabes? He comprado Paulaner, ¿te apetece tomarte una en casa? –propone María.

José asiente sumergiéndose en un silencio del que María ya lo había rescatado antes.

La mano de ella acaricia su pierna por encima del pantalón hasta encontrarse con la de él. Sus ojos se cruzan en la oscuridad del camino de acceso mal iluminado al  refugio.

-No es culpa tuya, José.

José coge aire y vacía sus pulmones en un largo suspiro como si llevara esperando esa frase toda la tarde.

-¿Lo sabes, verdad? –vuelve a pronunciar María inclinándose sobre su asiento para mirarlo a los ojos.

José la evita un instante. Necesita un poco de tiempo para controlar sus emociones.

-No es culpa tuya –repite.

 

 

 

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2 Comments

    1. Buenas, Esperanza;
      No pudieron salvar a Negro. Desgraciadamente, forma parte de la realidad de muchos refugios, sí.

      Un saludo, Gracias por leernos.

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