Capítulo 5: Primera luna

Capítulo 5.

 

PRIMERA LUNA

 

Antes de que el sol se esconda del todo, las puertas de aquel angosto, gris y sucio pasillo que lleva a las jaulas, vuelven a abrirse para mí. Al otro extremo de la correa el señor encargado de encerrarnos, tira de mí. Yo no quiero entrar, pero tengo que hacerlo. Las puertas de hierro se cierran a mi espalda dejando mis ojos a oscuras. Mis oídos se agudizan, también mi olfato. Un ruido metálico desconocido me pone nervioso e intento correr pero el collar clavándose en mi cuello me lo impide. Me mandan a callar, me piden que me tranquilice.
Unas manos me acarician. Mis ojos se acostumbran a la oscuridad, empiezo a distinguir sombras, la de los dos señores. El de las manos de plástico se agacha y me acaricia. Yo se las lamo y descubro que sus manos ya son normales. Me deja lamérselas, se ríe, pero el juego dura poco. El otro hombre tira de mí. Reconozco el camino. Conforme avanzamos, los olores se mezclan, el aire se vuelve más viciado, más rancio, y el calor más húmedo, pegajoso. Odio este camino.

Al escucharnos entrar, las jaulas revolotean. Me reconocen, me saludan al otro lado de las rejas. Yo sigo a mi olfato, esta vez soy yo quien tira del hombre hasta que llego a la mía. Allí está Viejo, al fondo, que alza su cabeza para saludarme entre el resto de cabezas. Gris también lo hace, manteniéndome la mirada hasta que tengo que apartársela. Detrás de la altiva figura de este, aparece Blanca, con sus ojos bien distinguidos sobre el negro del antifaz que perfila su cara. Sonríe disimulada dejando entre ver su lengua. Yo también.

Siento que me quitan la correa, las bisagras oxidadas de la puerta de hierro chirrían. Esta vez entro sin que tenga que obligarme a hacerlo. Otros perros se me acercan, me huelen, intentan adivinar dónde he estado todo lo que quedaba de sol. Las puertas se cierran y los pasos de los hombres desaparecen por el pasillo.

– ¿Todo bien? –pregunta Blanca acariciando su pelaje con el mío.

– Sí, he estado fuera.

– Qué suerte… -sonríe, disfrutando del olor a aire fresco que aún desprende mi piel.

Pero sus ojos no muestran la misma alegría.

– ¿Cuánto hace que no sales de aquí? -pregunto.

Termina de rodearme para colocarse delante de mí.

– Seis soles… -dice sentándose sobre sus patas traseras.

– ¿En serio? Yo necesito salir por lo menos tres veces cada sol y papá suele sacarme cada luna antes de dormir.

– Me pone enfermo cada vez que habla de su papá… -gruñe Negro desde la esquina del fondo, la contraria a Viejo-, que alguien le calle la boca o se la voy a tener que callar yo.

A su lado está Gris, que no se separa de él, y dos perros de gran pelaje.

– ¿Es que tú no has tenido papá?

– Cállate, cachorro –me susurra Blanca al oído.

– Claro que he tenido papá –ladra pronunciando aquella palabra con desprecio, imitando mi voz- y mira lo que me ha hecho.

Se incorpora dejando entre ver a la luz de una tímida luna que ya se cuela entre los barrotes de la diminuta ventana que da al exterior, todas las cicatrices que atraviesan su cuerpo. Mis ojos recorren los jirones aún en carne viva que atraviesan su piel. Aunque lo intento, no puedo pronunciar una sola palabra.

– Esto es lo que hacen los humanos, esto es lo que hace la gente como tu papá, ¿te gustan?

Gris me hace un gesto con la cabeza, me dice que no responda, que lo deje estar. Viejo me dice lo mismo.

– Siéntate, Negro –ordena Gris-, tienes que guardar fuerzas, deben estar al venir.

Negro obedece rumiando algo a cerca de los humanos. Yo me tumbo al lado de Blanca sin poder borrar de mis pupilas todas las heridas que desdibujaban su pelaje negro.

– Su amo le obligaba a pelear con otros perros –susurra Blanca dejándose caer a mi lado.

Levanto la cabeza y sobre el cuerpo de Blanca vuelvo a mirar a Negro. Su gran porte, su cabeza enorme y su potente dentadura. ¿Quién tendría el valor de enfrentarse a él?

– ¿Y por qué?

– Por dinero.

– No lo entiendo…

Blanca da un suspiro y ladea su cabeza repostándose de nuevo sobre el suelo.

– Tuvo suerte… -pronuncia a media voz acercando su hocico a mí- esas peleas son a vida o muerte –levanto mi cabeza del suelo para mirarla con mis orejas bien preparadas.

– ¿Eso qué significa?

– O matas o te matan.

Por un momento mi mente se paraliza, no soy capaz de pensar nada con claridad. ¿Por qué los humanos querrían que hiciéramos eso?, ¿Luis dejaría que me mataran?

– ¿Negro ha matado a otros perros?

La puerta se abre al otro lado del pasillo interrumpiendo nuestra conversación. Se escuchan pasos. Cuatro consigo distinguir, desacompasados pero decididos. Puedo sentir los nervios de los demás en cada pelo de mi piel. No sé qué pasa. Gris abraza a Negro. Este se recompone en sus brazos, levanta la cabeza y aprieta la mandíbula, como si quisiera fingir que sus heridas no le duelen.

Las sombras de los dos hombres crece sobre el suelo de nuestra jaula hasta que consiguen tapar toda la luz con sus cuerpos.

– ¿Qué pasa? –pregunto a Blanca.

Pero no contesta. Nadie lo hace.

Todos se apartan pegándose a las paredes menos yo, que me descubro torpe sin saber qué hacer. El señor de las manos de plástico pasa sobre mí con cuidado de no pisarme. Se acerca a Negro, que lo espera con las orejas bajadas y el rabo entre las piernas. Él, quien probablemente nunca había tenido miedo de perros de su tamaño. Gris se acerca a ellos, intenta entretener al hombre, jugar con él. Pero no lo consigue, el señor lo aparta a un lado. Negro se deja explorar sus heridas por el veterinario.

– Negro, aguanta, por favor –le suplica Gris.

No puedo evitar incorporarme, no entiendo nada.

– Sé fuerte –pronuncia Blanca.

Todos lo observan y le piden que aguante si le duele, que no gruña. Pero no puede aguantar un ladrido cuando examina el vendaje de su pata izquierda. Gris cierra los ojos y aprieta su mandíbula. El veterinario mira al hombre de afuera. No puedo entender lo que se dicen pero a nadie le gusta. Vuelven a examinarlo y Negro vuelve a ladrar. El semblante de Gris se vuelve serio. Blanca se esconde detrás de Viejo.

– ¿Qué pasa? –vuelvo a preguntar.

A Negro le colocan un collar y lo sacan de la jaula en brazos. Es demasiado corpulento, tienen que hacerlo entre los dos hombres. Todos nos levantamos del suelo y lo acompañamos hasta el final de la jaula, hasta que los barrotes nos lo impiden. Él nos mira a través de los mismos. Sus ojos brillan.

– Lo siento, Gris –dice con su voz grave rota por las lágrimas.

Gris aprieta la mandíbula y con una mirada le dice que no pasa nada.

– Gracias por todo, hermano –vuelve a decir dos o tres jaulas por delante de la nuestra.

– ¿A dónde se lo llevan? –pero nadie responde.

Nos devuelve una última mirada ya al final del pasillo antes de que la puerta que nos separa termine de cerrarse.

– Adiós, Negro –es la voz de Gris.

El portazo nos sobrecoge a todos.

– ¿Ha encontrado familia? –insisto.

Pero me mandan a callar. Todas las jaulas se mantienen en un mortuorio silencio que pone todos los sentidos en guardia. Me acerco a Viejo.

– ¿Se lo llevan con su nueva familia? –susurro.

Niega con un movimiento lento con su cabeza.

Y justo cuando el silencio parecía eternizarse en nuestros oídos, un grito al otro lado de la puerta nos estremece a todos. Un grito que me recuerda al frío de aquella sala, a las manos de plástico, al olor a muerte y al eco de las voces en mi nuca. Es la voz quebrada de Negro suplicando volver con nosotros,  su verdadera familia. Su voz se clava en nuestras conciencias, nos congela la sangre. Siento miedo en cada pelo de mi cuerpo. Todos agachan la cabeza, evitan mirarse los unos a los otros. Un último adiós nos sacude el alma y nos deja abatidos sobre el suelo de la jaula, temblando, y no de frío.

Intento buscar una respuesta que nadie quiere darme. Viejo me aparta la mirada, camina con la cabeza bajada hasta su esquina y se tumba de espaldas a todos sin pronunciar una palabra. El resto hace lo mismo.

El silencio nos engulle dejándonos a todos mudos y sordos al mismo tiempo.

Gris se acerca. Mis ojos recorren desde el suelo hasta sus ojos a lo largo de toda su imponente figura que se eleva frente a mí.

– Ahora ya sabes por qué tienes que ponerte en primera fila, cachorro.

 

 

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5 Comments

  1. Que triste todo pero es la realidad, el humano no se para nunca a ponerse en la piel del animal, espero poder leer un final feliz pero lo veo difícil 😢 la vida no es justa y más con tanta irresponsabilidad humana, buen libro! espero que despierte conciencias

    1. Gracias por tu comentario, Pili. No podemos adelantar cómo será el final, pero sí que esperamos despertar conciencias.

      ¡Nos seguimos leyendo por aquí!

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