Capítulo 4: 64 HORAS

 

Capítulo 4: 64 Horas

 

Sergio

 

 

– Buen chico, muy bien, ya puedes bajarte, campeón.

Aarón salta de la camilla y se dirige a la puerta esperando impaciente a que se la abramos. A ningún perro le gusta la consulta. Ya era un lugar desagradable y frío para el resto de voluntarios al que muchos se negaban a entrar. Se decía que ellos podían sentir la muerte de otros perros entre estas cuatro paredes. Hay quien decía en el refugio que ellos lo saben; saben cuando entran para no volver a salir. Cuando les toca despedirse de sus amigos del refugio y cuando sería el último abrazo con sus cuidadores. Hay veterinarios que cuentan como algunos aceptan su último adiós y esperan pacientes con un sonrisa, después de aquel infinito último abrazo con ellos, a que el sueño eterno les llegue rodeado de quienes formaron parte de su última familia, aquella que nunca los abandonó.

– ¿Cómo está? –pregunta José.

– Triste, pero está bien. Está sano, es joven. Es de raza pura, tiene posibilidades.

– Sí -dice colocándole de nuevo el collar-, lo que no tiene es tiempo.

José abre la puerta de la consulta y Aarón lo arrastra al pasillo tirando de la correa. Sergio se deshace de sus guantes de látex y va tras ellos. Aarón tira con todas sus fuerzas para desandar el pasillo por el que entró y volver a aquella sala en la que se despidió por última vez de su familia. Pero muy pocos perros son los que conseguían desandar ese pasillo y salir por la puerta por la que una vez entraron con una familia con la que, por seguro, no sería la misma con la que saldrían.

Por el contrario, José lo lleva al patio a donde lo deja suelto. El pequeño no tarda en echar a correr por la pequeña explanada verde.

– ¿Por qué dices eso? -pregunta Sergio.

– Porque estamos llenos, no podemos mantener ni a un canario.

Sergio tuerce el gesto mientras observa al cachorro correr y olfatearlo todo.

– ¿Cuánto pienso os queda?

– No sé si llegamos a los cincuenta kilos –suspira-, no le digas nada a María.

– Tarde o temprano entrará en el almacén y se dará cuenta.

– Le he dicho que viene una donación en camino –Sergio no sabe qué decir-, pero ya no es solo por eso, tío, es por el espacio. Se me parte el alma verlos ahí todos hacinados. Este es de los grandes, ¿tú has visto cómo está esa jaula ya?

– Este es el más joven de todos los grandes que tienes ahí…, igual deberías darle una oportunidad.

– ¿Y sacrificar a otro por el simple hecho de ser más viejo? –Sergio vuelve a guardar silencio observando al pequeño pastor alemán buscar a su familia en cada recodo del patio-, no puedo hacer eso.

Rastrea cada esquina en busca de una pista que le lleve a su familia. Se acerca a la verja que da a la carretera esperando que alguno de los coches que ve pasar se detenga y venga a recogerlo. Pero no tendrá esa suerte. No hoy al menos.

José lo llama con un silbido. Aunque lo escucha, se hace el despistado y sigue olfateando el lugar esperando encontrar algo que poder seguir y que lo lleve de vuelta a casa.

– Todos entraron como él, así de jóvenes, así de enérgicos, pero nadie quiere perros grandes… y son los que más comen –pronuncia empezando a caminar hacia él.

– ¿Y qué tienes pensado hacer?

– De momento intentar salvarle la vida sacándole unas buenas fotos.

– ¿Y cuando pasen los tres días?

– Eso ya no depende de mí.

 

<<< Capítulo 3: Primer sol de media tarde                                                                  Capítulo 5: Primera Luna >>>
 

2 Comments

  1. Gracias por esta historia,los que necesitamos del cariño y la amistad de los animales abandonados entendemos y vivimos lo que estás contando, espero y deseo un final feliz al menos por una vez en la vida.

    1. Gracias a ti por leerla.
      Creo que todos necesitamos del amor tan puro que ofrecen los animales, solo que muchos no lo saben.
      Yo también espero un final feliz para este pequeño.

      Nos leemos!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *