Capítulo 3: Primer sol de media tarde.

 

72 HORAS

 

PRIMER SOL

DE MEDIA TARDE

 

 

– No le des más comida al perro, que él tiene la suya.

Luis me busca bajo la mesa, me guiña un ojo. Yo espero, sé que va a compartir la comida de mamá, sabe que no me gusta la que me ponen aunque digan que es lo mejor para mí. Me dice que me acerque, lo hago. Baja la mano cuidadosamente, descubro que esta vez es un hueso, mi favorito. Empiezo a ponerme nervioso, la boca se me hace agua, pero aún no puedo cogerlo. Su mano llega a mi altura y con cuidado de no hacerle daño con mis nuevos colmillos cojo el hueso.

– ¡Luis!

Él retira la mano rápidamente, nos han pillado. Salgo de debajo de la mesa antes de que papá me alcance y me dirijo al jardín.

 

– Cachorro –dice Gris acercándome con el hocico un cacharro con comida-, come.

– No me gusta esta comida.

– Pues tendrás que acostumbrarte.

– Si él no lo quiere, nosotros nos hemos quedado con hambre –dice el más grande de todos con abundante pelo por todo el cuerpo.

– Además, necesito… salir a pasear.

– ¿Cómo que necesitas salir a pasear? –pregunta.

– Ya sabes…

– Ah –sonríe, el resto también lo hace, no sé qué resulta tan gracioso para todo el mundo-, hazlo ahí mismo.

¿Cómo aquí?

– No puedo hacer mis necesidades aquí, papá siempre dice que tengo qu…

– ¿Ves a tu papá por algún sitio? –interrumpe.

No quiero contestar a esa pregunta. Me tumbo e intento apagar el mundo a mi alrededor. Van a volver, estoy seguro. Tienen que hacerlo.

La puerta del pasillo se abre una vez más. Vuelve el griterío, las jaulas se alborotan.

– Cachorro, a primera fila –me ordena mientras ayuda a Negro a levantarse.

Todos me miran, me hacen un hueco pero no por voluntad, solo porque Gris se los ordena. Pero no me levanto del suelo, sé que no es mi familia, sé que no es Luis porque no reconozco sus pasos.

– ¡Cachorro, a primera fila, ya! –insiste mientras ayuda a Negro a caminar hacia la reja.

– No quiero –contesto dándoles la espalda

Viejo se levanta de su esquina y se acerca a mí.

– Ve, hazle caso, tú aún puedes salir de aquí.

– Solo quiero volver con Luis –contesto sin mirarle.

– Cuando tengas mis años darías lo que fuera por tener la oportunidad de morir en una casa con el calor de una familia, no aquí en una jaula. Levántate –insiste intentando levantarme con el hocico.

– Déjame en paz –gruño enseñándole los colmillos.

Gris deja a Negro en primera fila y al escucharme gruñir corre a colocarse delante de mí.

– ¡Mírame! –me ordena.

– No pasa nada, Gris –intenta calmarlo Viejo.

– ¡Cachorro, mírame! -Mis ojos escalan desde el suelo a lo largo de sus poderosas patas trazadas de músculos. El corazón le late tempestuoso bajo su pecho blanco. No soy capaz de aguantar la intensidad de su mirada oscura- la próxima vez que quieras enseñarle tus colmillos a alguien, enséñamelos a mí –su voz profunda hace que agache la mirada sin decir nada- ¿Te enteras? –insiste con firmeza desde su posición.

– Lo siento –pronuncio.

Al escuchar mis disculpas se marcha pasando por mi vera. Viejo busca mi mirada para decirme que todo está bien, que no se ha molestado.

– Olvidad al nuevo, todos a hacerlo como sabéis, sonreíd, saltad, sed amables, hoy quiero veros durmiendo en una cama.

Viejo y yo nos quedamos detrás viendo como los demás intentan llamar la atención de dos hombres y un niño que ni tan si quiera reparan en nuestra jaula. Los ladridos, los saltos y las sonrisas se apagan lentamente al tiempo que los pasos se alejan y se detienen en otra celda que no es la nuestra. Todos podemos escuchar abrirse la puerta de aquella otra jaula y a todos los pequeñines saltar, ladrar y revolotear luchando por conseguir, como dice Gris, salir de aquí y dormir en una cama calentita.

La primera fila se deshace poco a poco. Todos vuelven a su sitio sin mediar palabra, cabizbajos. Gris se resiste a aceptar que nuestra jaula es invisible para los humanos y aguanta el último asomado a aquellos barrotes. Luego se vuelve con su mirada rota por la decepción y vuelve a ayudar a Negro a caminar. Con paso lento y dándole palabras de ánimo, lo acompaña a su esquinita.

– Deberías hacerle caso a Gris –pronuncia una voz femenina.

A mi lado se sienta una chica blanca con una mancha marrón en forma de antifaz en la cara. Los dos observamos a Gris ayudar a Negro a sentarse y como se queda a su lado hasta que sus dolores parecen calmarse. Vuelvo a agachar la cabeza y tumbarme. No me apetece hablar con nadie. No me apetece estar aquí.

– Sabe lo que hace –su voz se acerca a mis oídos y mis orejas se ponen en guardia-, solo quiere lo mejor para nosotros.

– Él no tiene ni idea de lo que yo quiero.

Aunque está a mi espalda, la siento acostarse junto a mí.

– A él lo eligieron dos veces –dice en un susurro forzándome a prestarle más atención.

– ¿Sí?, ¿Y por qué sigue aquí?

– Porque él los rechazó.

Levanto la cabeza del suelo para girarme hacia ella. Sus ojos claros me mantienen la mirada.

– ¿Por qué haría algo así?

Su hocico vuelve a acercase a mis orejas para susurrarme. Tiene una voz bonita.

– Por nosotros.

No puedo evitar buscar a Gris con la mirada. Ella también lo hace y lo encontramos acercándole el recipiente del agua a Negro mientras intenta levantarle el ánimo al resto de la jaula.

– Llegarán a por nosotros, alegrad esas caras, vamos, no quiero veros así. Recordad a Canela, a Manchas, a Rabo… saldremos de aquí, todos lo haremos.

– Justo cuando iba a irse con la familia que iba a adoptarlo, se arrepintió. Dijo que él se iría el último de todos nosotros, que no podía vivir imaginándonos aquí.

– ¿Y qué hizo?

– Empezó a ladrar, a saltar, a morderlo todo…. Y la familia se arrepintió.

– Vaya… -empiezo a sentirme mal, avergonzado por mi comportamiento hacia él-, ¿cómo acabó aquí?

Blanca se encoge.

– No lo sé, no le gusta hablar de él mismo. Solo sé que no dejaría que a ninguno de nosotros nos pasara nada. Ni tan si quiera a ti.

Mis orejas se ponen en guardia una vez más. Dos personas se detienen frente a nuestra jaula.  Miro a Blanca y a Viejo, los reconocen, todos los reconocen y los saludan al entrar a la jaula. Se dirigen a mí.

– Tranquilo, no pasa nada –dice Blanca haciéndose a un lado.

Aunque su tono de voz es agradable no les puedo entender, me levanto, reculo y les enseño los dientes.

– Son amigos, Cachorro –dice Viejo-, es el médico.

– Yo no necesito ningún médico –protesto alejándome las manos de plástico blanco de aquel hombre que intenta acariciarme.

– Si alguien puede sacarte de aquí, son ellos.

– ¿Qué van a hacerme? –el hombre se arrodilla a mi vera, yo le vuelvo a enseñar los dientes.

– Van a comprobar que estés bien y puedan buscarte una familia –dice Gris con tono firme.

– Yo ya tengo una familia.

Gris suspira y me da la espalda para volver a su sitio. El resto me mira. Viejo me insiste para que obedezca. Yo no quiero, pero lo hago. Sus manos de plástico me colocan el collar, que aunque es el mismo de siempre, sienta diferente, no son las diminutas manos de Luis ni la firmeza de papá y tampoco la suavidad de mamá.

Salimos al pasillo, me reencuentro con el señor con quien me dejó papá. Igual vienen a recogerme. Quizás estén esperándome ahí fuera. Empiezo a acelerar el paso arrastrando al hombre conmigo. Intento rastrear el olor de mi familia, seguir sus pasos, pero hay demasiados olores que no reconozco, demasiadas jaulas, desde aquí fuera no puedo, tengo que salir. La puerta se abre, el aire se vuelve más limpio. Reconozco este pasillo y la luz del fondo. Tiro del collar pero las patas se resbalan sobre el suelo. El hombre abre una puerta y tira de mí. Mis sentidos se espinan. El frío de la habitación me hace temblar. Mis uñas intentan clavarse en el suelo pero es inútil, no puedo huir. Huele a inquietud, a muerte.

Me colocan sobre una mesa de metal. La luz artificial es demasiado fuerte, solo distingo sombras a mi alrededor. En las paredes aún pueden escucharse los gritos y la desesperación de quienes ya pasaron por aquí. Siento sus voces susurrándome en la nuca, dejándome sin aliento, inmóvil sobre mis cuatro patas. Voces de quienes no consiguieron salir, de aquellos que sus familias olvidaron y por los que jamás regresaron.

 

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