Capítulo 9: 58 Horas

 

CAPÍTULO 9

 

58 HORAS

 

 

José se precipita a apagar la alarma del móvil en cuanto escucha sonar los primeros acordes de la guitarra de Fito en Rojitas las orejas. Por un momento, hasta aguanta la respiración esperando a que los perros no la hayan escuchado. Pero no había sido lo suficientemente rápido en su intento por apagarla sin hacer ruido, y comienzan a escucharse llantos al otro lado de la puerta de la habitación.

-José, hoy te toca a ti –dice María volviéndose hacia su lado de la cama llevándose el edredón consigo.

José suspira y se levanta de la cama a tientas sin querer encender la luz para no terminar de despertar a María. Y allí los esperan los cuatro, justo detrás de la puerta, preparados para darles los buenos días entre lengüetazos y zarpazos. Gigante, un mastín que hacia honor a su nombre, casi consigue tirarlo de espaldas.

-Shhh –dice cerrando la puerta-, que María está durmiendo. Que sí, que ya voy, tranquilos.

Pero solo se tranquilizan cuando José consigue llegar sorteándolos para no pisarlos, hasta la puerta del jardín y todos salen atropellándose los unos a los otros para hacer sus necesidades y estirar las patas. Es una imagen que siempre reconforta a José para empezar el día, verlos a todos correr y jugar cuando el sol aún está desperezándose.

Entonces cae en que falta Pipi, el gato, que a saber dónde anda metido ese sinvergüenza, que es como le llamaban cuando hacía alguna de las suyas, como por ejemplo, fastidiar a los perros cuando estaban tranquilos. A Pipi no le gustaba la tranquilidad, era un agente del caos, si todo estaba en paz, se las ingeniaba para ponerlos a todos a ladrar. Por eso le llamaron Pipi, como el hobbit de El Señor de los Anillos, que siempre andaba metiéndose en líos. A María le encanta Tolkyen, José sin embargo había visto las películas veinte veces solo por ella. Él prefiere la historia a la ciencia ficción.

Cuando consigue dejar a un lado esos pensamientos mañaneros que lo dejaban recostado sobre el quicio de la puerta mirando a la nada durante prácticamente diez minutos, se decide a entrar en casa dejando la puerta encajada para que puedan entrar sin molestar. Una vez en la cocina, alcanza del armario los cinco recipientes donde comen los cuatro perros y el gato, y empieza a servirles el desayuno. A cada uno su pienso correspondiente según sus tamaños y necesidades. Ellos ya saben cuáles son sus comederos y se respetan, pocas veces se les oía gruñirse los unos a los otros, y si lo hacían, seguro que Pipi había tenido algo que ver.

Sin querer hacer demasiado ruido, se dirige de nuevo al dormitorio, abre la puerta y entra cerrando la misma. Mira a María dormir entre las sábanas con la belleza de quien no se sabe observada. Se acerca gateando sobre la cama sin querer despertarla hasta que consigue colocar su nariz junto a la de ella. Con la yema de sus dedos aparta en mechón de pelo de su cara y puede sentir como María se recrea en el tacto de su mano. José sonríe, la sabe haciéndose la dormida. Vuelve a acariciarla una vez más perfilando con sus dedos desde la barbilla a sus orejas. María no puede evitar sonreír en mitad de un escalofrío. Entonces abre los ojos y ve a José. Sus sonrisas se enredan.

-Buenos días –susurra él.

Ella le responde con un beso en los labios. Y otro. José se incorpora y María lo invita a entrar bajo el edredón.

Ambos se saben con poco tiempo, en cuanto los perros volvieran de su primera salida al jardín y desayunaran, los tendrían llamando a la puerta. Ella le quita la camiseta a él y él a ella la suya.

-Ah, ah –gime él de dolor.

-¿Qué te pasa?

-Que me has arañado.

-¿Yo? Si no tengo uñas.

-No sé, da igual –continúa besándola cuando vuelve a sentir un arañazo en el culo- ¡Ah!

Se destapa y descubren a Pipi bajo las sábanas.

-¡No, Pipi! –suspira José.

María empieza a reírse a carcajadas cuando los perros empiezan a arañar la puerta de a fuera, y entonces empieza a reírse con más ganas.

-¿De qué te ríes?

-Nada –pronuncia muerta de la risa.

-Yo no le veo la gracia.

José coge a Pipi y lo saca del cuarto. En la puerta están los otros cuatro sentados moviendo sus colas. Gigante, que no controla sus dimensiones, cada vez que la mueve, deja caer algo.

-Eh, escuchadme –les dice- vosotros tenéis vuestras necesidades y nosotros las nuestras –los perros le escuchan atentos-, eso es. Estaos ahí tranquilos.

Cierra la puerta y suspira. Vuelve a meterse en la cama.

-Vaya, qué poder de persuasión tienes.

José sonríe orgulloso.

-¿Por dónde íbamos?

-Déjame recordar… -dice ella envolviéndole con sus piernas.

Pero entonces, vuelven a arañar la puerta y comienzan todos a ladrar. José se deja caer sobre la cama.

-No puede ser…

María vuelve a echarse a reír.

-Están nerviosos, hoy es día voluntariado y lo saben, gordi. Venga, ve preparando la furgo, yo hago el desayuno, ¿te parece?

-Shh –dice José quedándose quieto-, parece que se han ido al patio… -por un momento no se escucha nada detrás de la puerta, se miran, José sonríe-, ¿y si nos desayunamos?

Pero entonces Gigante vuelve a ladrar desde el otro lado de la puerta. Le sigue Napoleón y luego se suman Eowyn y Sam.

-Shh, no te rías –le dice a María, que se aguanta una risa apretándose los labios.

José se levanta y abre la puerta.

-Está bien, vosotros ganáis –los perros parecen sonreírle orgullosos de su hazaña-, pero esta noche todos temprano a dormir que papá y mamá tienen cosas que hacer, ¿De acuerdo?

Gigante se pone a dos patas apoyándose en él para lamerme la cara.

-Está bien, está bien, venga, ayudadme a preparar la furgoneta.

Y en cuando escuchan la palabra furgoneta, todos salen disparados hacia el jardín entre ladridos y gruñidos por llegar los primeros. José vuelve su cabeza al interior de la habitación y descubre a María observándola entre risas.

-¡Shh! –le dice.

María se aguanta la risa sellándose los labios con los dedos.

 


*Si te gusta la historia, ayúdanos a crecer con un comentario. Cuantos más comentarios tiene un blog, más fácil nos encuentran en google. Gracias.

 

<<< Capítulo 8: Nada de luna                                                                     Capítulo 10: 55 Horas >>>

5 Comments

Responder a Esperanza Benayas Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *