Capítulo 1: Primer Sol.

 

CAPÍTULO 1

PRIMER SOL

 

La puerta del pasillo vuelve a abrirse. Empiezan los gritos de nuevo. Estoy seguro de que es mi hermano Luis o mi papá. Corro hacia la verja pero no puedo ver la puerta. Intento reconocer su olor, sus pasos, su voz, pero antes de que pueda siquiera concentrarme me apartan de allí. Me muerden y me arrastran al fondo, se ponen en primera fila y me amenazan.

—Este es nuestro sitio, novato.

—¡Es mi familia! –les grito- ¡Han venido a por mí!

Uno de ellos se vuelve y me da un zarpazo que me tira al suelo. Sus colmillos son demasiado grandes y está demasiado enfadado.

—Déjalos, tampoco vienen a por ellos –me dice uno que ni tan siquiera se ha levantado del suelo.

—¡Es mi familia, estoy seguro!

El viejo suspira.

—Ninguna familia vuelve.

Me quedo mirándolo. Él no conoce a Luis ni a papá ni a mamá. Ellos nunca me dejarían aquí. Van a venir a por mí, tienen que ser ellos.

Los pasos suenan más cerca. Todos en la primera fila ponen sus mejores caras, saltan, sonríen, saludan pero los humanos ni tan siquiera se paran a mirarles, los humanos siguen caminando.

—¿Era tu familia? –pregunta.

Niego con la cabeza. La primera fila se vuelve seria, se disuelve separándose de la verja y vuelven a sus rincones. Con paso lento me acerco a ella. Se han parado en la celda de al lado, con los más pequeños, con los recién nacidos. El niño que ha entrado con la familia humana me mira. No, no es Luisito. Me señala. Pero su madre le dice algo que no logro entender señalando a la celda de los peques. No vuelve a mirarme. Escucho las pisadas del viejo detrás de mí.

—Lo siento –pronuncia.

Al mismo tiempo, la familia de humanos se pone muy contenta, el niño salta de alegría. El señor que me encerró aquí entra en la celda de al lado, no puedo verlo, pero al salir, le entrega un bebé a la mamá. El niño quiere verlo, cogerlo, abrazarlo.

 

—¿Qué es, mamá?

—Ábrelo.

—Espera, que no estoy grabando. Vale, ahora.

—¿Pero qué es?

—¡Ábrelo, Luis!

Escucho ruidos fuera. Empiezan a colarse rayos de luz, luego la luz completa, no puedo ver.

—¡Un perrito!

Fue la primera vez que vi a Luis, la primera vez que me cogió entre sus brazos y lo escuché reír.

—Mira a la cámara, Luis.

Fue la primera vez que lo vi llorar de alegría, aunque más tarde lo viera llorar también.

—Es el mejor regalo del mundo.

—Eso es porque los Reyes saben que te has portado muy bien.

—¿Cómo se llama?

—Elígelo tú.

—¿En serio?, ¿puedo?

 

— Siempre los eligen a ellos –las palabras del viejo me devuelven a aquella fría y gris jaula de hierro—, nosotros somos demasiado grandes -sentencia volviendo a su sitio, a la esquina del final.

La familia cruza de nuevo por delante de nuestra celda sin mirarnos, con el bebé entre los brazos de la madre. Yo los observo hasta que la verja me impide hacerlo y la cerradura de la puerta del pasillo vuelve a dejarlo todo en silencio. Antes de girarme disimulo mis lágrimas y con cuidado de no pisar restos de heces y orín, atravieso la jaula para acercarme al viejo. El resto me mira, siguen mis pasos sin decir nada.

—¿Qué es esto?

El viejo me mira desde el suelo. Luego se incorpora.

—¿Quieres saberlo?

Asiento. El viejo coge aire.

—Una casa de acogida.

—¿Una casa de acogida?, ¿Y eso qué es?

—Un lugar para perros abandonados -dice uno negro con una pata vendada y cicatrices por el cuerpo.

—¿Y qué hago aquí?, A mí no me han abandonado.

Escucho risas a mi alrededor.

—Es un error –insisto-, hoy nos mudábamos a nuestra nueva casa, a la ciudad para que mi hermano Luis pudiera ir al colegio de los mayores. Una casa preciosa con…

—Preciosa para ellos, no para un perro –me interrumpe una blanca con una mancha marrón en el ojo izquierdo.

—Dijeron que la casa era para la familia –insisto.

—Entonces tú no eras parte de la familia –vuelve a decir Negro.

Me abalanzo sobre él y al instante todos se abalanzan sobre mí. Me separan y me acorralan en una esquina. El viejo se pone delante de mi y les enseña sus colmillos.

—Ya basta –aparece uno gris detrás de todos ellos, con voz profunda y gran porte— o nos sacrificarán a todos.

Todos se precipitan a separarse y a volver a sus sitios. El viejo se aparta y deja que el gris se me acerque.

—Te han abandonado, cachorro, no eras parte de su familia –pronuncia imponente—, cuanto antes lo aceptes más probabilidades tendrás de sobrevivir. Levanta –me ordena.

Obedezco. Se acerca aún más, me huele, da una vuelta alrededor mío.

—Eres joven, el más joven de todos nosotros –dice— y de raza, de una fuerte.

El viejo me guiña un ojo desde su esquina.

—Quizá puedas encontrar una familia que tenga campo, alguna finca que vigilar en vacaciones… –piensa en voz alta para luego se dirige al grupo— hay que hacerle un hueco en primera fila, junto con Negro, tienen que verlo.

La manada protesta.

—¡Él se pondrá en primera fila! –se impone— para él aún hay esperanza, nosotros somos demasiado viejos y somos nuestra propia familia, él todavía puede encontrar una y salir de aquí.

 

0- PRÓLOGO 72H                                                                                        > > > CAPÍTULO 2: 68 HORAS

5 Comments

  1. Me estás poniendo los pelos de punta, siempre he tenido perros abandonados,los que me acompañan ahora mismo tienen 12 años y son hermanos, espero no llorar mucho con esta historia.

  2. Increíble cómo sabes emocionar y ponerte en la piel de los perritos abandonados por sus “familias”. A ver si realmente lo convencen para que se ponga en primera fila y una familia de verdad lo adopte y se lo lleve a casa.

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