QC: Capítulo 5

 

 

CAPÍTULO 5

 

ANNA

Dublín.

 

— ¿Pues no va y me deja el tío allí sola en la barra del bar con la cerveza? –le digo a Rachel.

En realidad llevo con la misma historia desde que entramos por la puerta de la universidad y Rachel ya hace como la que me escucha pero sé que no, que pasa, pero a mí me da igual, yo sigo indignada con aquel español que ayer decidió dejarme tirada como a una tonta.

— Vamos –continúo mientras andamos decididas por los pasillos de la universidad—, ni un adiós, ni un hasta luego, no, ahora vengo me dice el muy imbécil y yo, que soy más imbécil que él, todavía podría estar allí esperándolo.

— Suerte para hoy, Anna –me guiña el ojo Tom, un compañero de clase que me cruzo por el pasillo, yo le sonrío y sigo caminando con Rachel.

— Yo es que no sé cómo lo haces tú, a ti todo te sale bien.

— Sí, bien… —protesta entre dientes antes de que pueda terminar la frase.

— Para una vez que tomo la iniciativa y mira, me dejan plantada. Yo es que ya definitivamente no entiendo a los hombres, no los entiendo. Si te acercas te critican porque te acercas, porque eres una desesperada y entonces pasan de ti. Si no te acercas es que eres una creída y una estúpida que vive en un pedestal y que no le da la oportunidad a nadie, ¡Y dicen de nosotras!, ¡Ellos sí que deberían venir con un manual de instrucciones!

Rachel sigue a lo suyo, con la mirada fija al final del pasillo que no terminamos de recorrer y es que hoy parece más largo que nunca, de verdad, si hasta me falta el aire. Igual es que estamos yendo muy deprisa. Por un momento me fijo en nuestros pies, acompasados, uno tras otro, resonando en las paredes de la universidad. No, hoy no llevamos un buen día ninguna de las dos.

— Wow, mi cantante favorita –me coge del brazo Susan y se acompasa rápida a nuestro ritmo— ¿qué, nerviosa? –dice con una sonrisa maléfica.

Nerviosa y enfadada, me entran ganas de decirle.

— Un poco, la verdad –contesto.

— Pues te hemos preparado una sorpresa –ríe divertida.

— ¿Qué sí? –Me detengo en seco—, ¿Qué es?, ¿Qué me habéis preparado? –pregunto impaciente.

— ¡Ah! Es una sorpresa, ya lo verás.

Me coge las manos y me da un beso en la mejilla.

— No te iba a desear suerte porque tú no la necesitas pero… ¡Suerte!, ¡Luego te veo en el escenario! –dice marchándose con su grupo de amigas.

— ¡Pero no me dejes así!, ¡Su! –se da media vuelta, me sonríe con ganas y sigue su camino.

¡Odio que me dejen con la intriga!

Alcanzo de nuevo a Rachel, que me espera unos metros más adelante cruzada de brazos, y seguimos caminando hacia la cafetería.

Todo esto de que me deseen suerte y me preparen sorpresas no es porque sí, quiero decir, no es mi día a día ni mucho menos. Todo esto es porque mi grupo y yo cantamos esta tarde  en la ceremonia de entrega de títulos. Es nuestra primera vez en la universidad y además es la primera vez que un grupo de estudiantes de la universidad canta en la ceremonia y estamos todos un poco nerviosos. Bueno, poco es quedarse corta. Aunque no tenemos por qué estarlo porque todo el mundo está súper ilusionado con nuestra actuación y jugamos en casa como quien dice, pero lo estamos. Total, Anna, que no pienses en que tienes que cantar porque te pones más nerviosa aún. Para, piensa en otra cosa.

— ¿Qué te estaba contando, Rachel?

— No sé, algo de tu amigo el español, seguro.

— Ah, sí… —bah, ni yo tengo ya más ganas de seguir hablando de él— que eso… ¿bueno, y tú qué tal? –me decido a preguntarle a ver si así me cambia ya la cara que trae de casa, que vaya tela.

Rachel es mi amiga y compañera de piso desde que llegué a Dublín hace ya dos años. Una pelirroja de metro ochenta con unas piernas que ya las quisiera yo para mí y unas caderas de las que te mueres de envidia. Ella no es para nada como yo, o yo no soy para nada como ella. Y por eso, pese a todo lo que discutimos, somos tan buenas amigas, porque lo que no tiene una lo tiene la otra. Ella es muy loca, le encantan las aventuras y dice enamorarse tres o cuatro veces al mes ¡A veces hasta a la semana! Claro que ella se lo puede permitir, es una seductora nata, no como yo que después de decidirme a acercarme a un chico, porque yo soy de pensármelo mil veces antes de acercarme a alguien, me deja tirada. Ella no, con ella los hombres caen rendidos con tan solo mirarlos. Eso los que se atreven a mirarla a los ojos, muchos se conforman con su noventa y cinco de pecho, que no es poco.

— ¿Yo? Patético –dice sin dejar de mirar al frente mientras seguimos caminando.

— ¿Patético por qué?

— Vaya noche… —resopla.

— ¿Buena o mala?

— Malísima.

— Qué exagerada eres… si yo he escuchado salir de casa al chico por la mañana temprano, tan mal no habrá ido.

— ¿Qué no? Un gatillazo le dio.

Yo no puedo evitar soltar una carcajada que retumba en todo el pasillo haciendo que la gente nos mire de forma extraña.

— ¿Tía, eres tonta? No te rías así.

— ¿Qué le dio un gatillazo? –le pregunto tapándome la boca con la mano.

— No, uno no, aquello no se le levantaba ni a la de tres.

Yo vuelvo a reír.

— En la vida me había pasado a mí eso, en la vida –se detiene en medio del pasillo— Anna, ¿tú no me ves guapa?

— ¿Pero tú eres tonta? ¡Pues claro que te veo guapa!

— Pues eso digo yo –dice convencida volviendo a retomar sus pasos— ¿alguien me puede explicar por qué no se le levantó? Porque mira que puse de mi parte –y me hace un gesto con la mano y con la boca.

Yo vuelvo a reírme.

— Mujer, estaría nervioso, que tú pones nervioso a cualquiera, el pobre, ya verás como para la próxima…

— No, próxima no, para que me deje como me dejó ayer…, que no flipe.

¡Anda, mira quién es! ¡El español! ¿Qué hace aquí?

— Mira, si estudia aquí –le dije con cierto disimulo a Rachel para que mirara al chico que estaba frente las taquillas.

— ¿Quién? –preguntó.

— John.

— ¿John?, ¿Qué John? –pregunta intentando calmarse después de haber recordado lo que le pasó ayer.

— El español.

— Ah, ¿ese es? –Dice mirándolo de arriba abajo— pues tiene buen culo el chico, eh.

Rachel se detiene.

— ¿No vas a decirle nada?

— ¿Yo? Que me lo diga él –digo tirándole del brazo para seguir caminando.

— Pero si no te ha visto.

— Seguro que sí.

— Pero si está de espaldas, Anna.

— Bueno, pero me dejó tirada ayer, si quiere algo que venga él.

Rachel se encoge de hombros y se deja arrastrar por mí.

En realidad me muero de ganas por decirle algo pero es que yo también me tengo que hacer querer un poco, ¿no? Encima, vamos. Además seguro que ni se acuerda de mí, capaz es, ¿te imaginas?

— Te mueres de ganas por decirle algo –me dice.

— ¿Quién yo? –Asco de Rachel, cómo me conoce—, que va –le miento.

— No… —ironiza—, luego no me des la lata con que debiste haberte acercado, que nos conocemos, te lo aviso.

— ¿Sí?, ¿Y qué le digo? –Me paro y lo miro disimuladamente—. Hola, soy de la que huiste ayer…

— Anda ya Anna, huir ni huir. Acércate y ya está, no le des más vueltas, ¿ves? Eso es lo que te pasa siempre, que piensas demasiado y de tanto que piensas las cosas te acabas cansando y al final no haces nada.

— ¿Y si me hago la despistada cerca suya y…

No me deja terminar. Me coge del brazo y me arrastra hasta él.

— No, no, Rachel ¿qué haces?, ¡Para!

 

 

 

 

 

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