Capítulo 10: 55 horas

 

CAPÍTULO 10

 

55 HORAS

 

 

– Vale, a ver –dice María entrando en la furgoneta colocándose las manos a la altura de la cintura- ¿Camisetas?

– Sí.

– ¿De hombre y mujer?

– ¿Estaban en la misma caja, no?

– Sí, vale, eh, ¿los llaveros?

– También, esa de allí.

– ¿Pulseras?

– Es la de arriba de los llaveros.

– Vale, ¿las tazas?

– Las trae Marta, llámala y pregúntale si le caben en el coche o si quiere que las recoja.

– José, son las siete y media de la mañana, estará dormida.

– Vale, bueno pues entonces está todo.

– ¿Y la novela?

– Vale, falta la novela –sonríe frunciendo el ceño.

– Yo voy a por ella, ve subiendo a los perros, llevamos la caja delante.

María baja de la furgoneta y José no puede evitar fijarse en lo bien que le quedan esas calzonas de running que lleva puestas. Un ladrido de Gigante le aparta la mirada de las calzonas de María.

– A ver si ahora no voy a poder mirar a mi novia –le protesta, a lo que el mastín vuelve a contestar con un ladrido-, venga, anda, sube, que me tienes contento.

El primero en subir es Gigante, que es el más grande y se coloca al fondo para no pisar a nadie. Luego le sigue Napoleón, un cruce de Collie; Eowyn, una perrita mestiza canela muy simpática; y el viejo Sam, un podenco al que José tiene que ayudar a subir porque ya no puede saltar.

José se gira buscando a Pipi, que se hace el remolón rascándose el lomo en una esquina.

– Venga, no te hagas más de rogar ¿vas a venir? Hoy hay fiesta.

Pipi ronronea antes de decidirse a caminar hasta José y cuando parece que va a saltar, justo se mete debajo de la furgoneta.

– ¡No, Pipi, ven!

José se tira al suelo para intentar coger al gato, pero cuando mira bajo la furgoneta, ya no está.

– ¡Pipi!

– ¿Qué haces, José? –aparece María atravesando la puerta del jardín con la caja con las novelas

– Tu gato, que ya la está liando otra vez.

– Qué mal os habéis llevado desde siempre.

– ¡Él es el que me tiene cruzado! A ver dónde se ha metido ahora, seguro que se ha metido en el motor.

María se dirige hacia la cabina del piloto para soltar la caja.

– ¡Si está aquí! –dice María-, anda cierra la puerta y vente ya para acá.

José se levanta del suelo y se sacude la ropa a regañadientes. Luego cierra la puerta de la furgoneta y se dirige a la cabina. Se encuentra a Pipi remoloneando sobre las piernas de María.

– Mira cómo se ríe de mí.

– José, es un gato, ¿cómo se va a reír de ti?

– Que sí, míralo.

– Anda, arranca ya y vámonos que tenemos que prepararlo todo. Al final tanto madrugar para nada.

José mira desafiante a Pipi, que se hace el bebé con las caricias de María, como si nunca hubiera roto un plato. Mete las llaves en el contacto y el motor al arrancar hace vibrar toda la cabina. Pipi se asusta y se coloca a los pies de María.

– Bueno –suspira José-, venga, hoy va a ser un gran día. Tiene que serlo.

María saca de la caja un ejemplar y antes de leerlo, lo huele.

– ¿Cómo está la historia?

– Bien, me quedan los dos últimos capítulos.

– Ha sido un detalle por parte del chaval.

– Y tú que te pensabas que era una estafa…

– A ver, que nos dé el cien por cien de los beneficios a refugios que no conoce de nada, es cuanto menos sospechoso, ¿quién ayuda tan altruistamente a los animales, María?

– Tú.

– Ya, ¿pero aparte de tú y yo?

– Marta, Sergio, Esperanza cuando puede venir, Tere, Nieves… hay gente buena en el mundo, José, lo que pasa es que están por ahí desperdigadas. Pero hay más gente buena en el mundo de la que crees.

– Ya… veo tantas cosas malas a lo largo del día allí metido que imagino que no me doy cuenta.

– Bueno, pues para eso estoy yo, para enseñártelas. Y la iniciativa de la novela es una de ellas, me alegro de que al final te animaras a confiar en ella. Además –apunta-, hay un personaje que me recuerda a ti.

– ¿Ah, sí?, ¿Quién?

– Ah –sonríe divertida-, vas a tener que leértela para saberlo.

– Venga ya, dímelo… será el guapo de la historia, ¿no?

– Ya serán menos lobos, caperucita.

– ¿De quién es ese coche? –pregunta José.

Detiene la furgoneta en la carretera auxiliar que lleva al refugio al descubrir un todoterreno aparcado justo en la puerta corredera.

– No sé… no me suena.

José vuelve a meter primera y conduce lento por el camino de tierra. Alguien se baja del todoterreno, desde la distancia en la que están, no pueden distinguirle la cara, pero sienten que mira hacia la furgoneta y grita algo a alguien. Luego vuelve a montarse en el todoterreno y con él, una chica por la puerta del copiloto. A José empieza a no gustarle nada de lo que ocurre.

– ¿Qué hacen? –pregunta María al descubrirles dar marcha atrás precipitadamente.

José acelera por el inestable camino, María se asusta y se agarra a la manigueta de la puerta. Los del todoterreno detienen el coche y acto seguido aceleran haciendo chirriar las ruedas para salir todo lo rápido que el camino de tierra les permite. A través de la polvareda que levantan con el acelerón, José vislumbra una caja de cartón frente la puerta del refugio.

– Hijos de puta –maldice entre dientes pisando el acelerador hasta el fondo.

La furgoneta empieza a balancearse violenta por el estrecho carril sin asfaltar. La transmisión bota y rebota como si fuera a partirse de un momento a otro. Suenan golpes de piedras, los perros comienzan a ladrar en la parte trasera.

– ¡José, para!

El grito de María hace que José salga despedido de su ensimismamiento y quite el pie del acelerador. El todoterreno se aleja a gran velocidad a través del enorme muro de polvo que levanta a su paso.

– ¡Joder! –José golpea el volante antes de desabrocharse el cinturón y bajarse del coche.

María lo observa correr hacia la puerta del refugio. Quita la llave del contacto y sale tras él.

– ¡José, espera!

Cuando consigue alcanzarlo lo encuentra de rodillas asomado a la caja de cartón. Dentro de ella un cruce de perro de agua llorando. María no consigue creérselo. Observa a José apretar la mandíbula y los puños con impotencia.

– Llama a Sergio, está a punto de dar a luz.

 


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