CXXVI

Hoy comparto con vosotros un soneto increíble. Para mí describe muy bien el amor; tanto que me pone los pelos de punta.

CXXVI

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.

-Lope de Vega.

¿Qué pensáis?

Tira, pero afloja.

¿Sabéis estas veces que alguien que pensáis que es importante de repente hace algo “mal”, y os molesta?

O incluso hace algo que duele.

Pues pasar por situaciones así me ha hecho darme cuenta de que la vida es un tira y afloja. Las relaciones, las amistades, incluso en las familias. Hay momentos en los que hay que aflojar, dejar que otros tiren, dar. Dar está muy bien; por lo menos a mí me lo parece. Hacer las cosas y ver la satisfacción en los demás. No significa que vayas a dedicar tu vida a hacer feliz a los demás siempre, pero por lo menos a mí me produce satisfacción propia ver que de vez en cuando saco una sonrisa, alivio el día duro de alguien, o distraigo a quien está demasiado estresado.

Pero hay momentos en los que tienes que tirar. Hay momentos en los que tú tienes que ser tú. Hacer las cosas para ti, sin pensar en los demás, porque si te paras a pensar en otros, te rompes.

Sin embargo hay que tener cuidado con los tirones, porque si tiras demasiado fuerte, demasiado rápido, puede suceder que la cuerda (y con la cuerda me refiero a la relación) se rompa.

Y la verdad es que están bien los dos. Por lo menos en mi opinión. Sólo tienes que saber cuándo tirar, y cuándo aflojar.

Sólo tienes que encontrar el equilibrio.

 

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Revival

Cojo el móvil y leo.

John, perdóname.

La miro, no le doy importancia y le devuelvo el móvil.

-No sé -me encojo de hombros-, será por haberse ido esta mañana sin despedirse.

Anna se queda un segundo en silencio y luego bloquea el móvil dejándolo sobre la encimera.

-Será -desestima quitándome la botella de leche.

Bebe y yo me enfundo el guante del horno en una mano. Cuando termina de beber se relame los labios con la lengua pero aun así se deja un bigote blanco de leche. Me ve reirme  lo sabe. Se lanza hacia mí y me besa, un beso con sabor a leche. Un beso que termina antes de tiempo.

-¡Qué me hago pipí! -Dice inquieta pasándome la botella de leche- ¡ve sacando las galletas! -dice desapareciendo escaleras arriba.

A mí me hacen gracia sus inoportunas ocurrencias, lo que yo te diga, es una niña todavía.

El timbre de la puerta suena una vez y hace eco en el salón.

-¡Abre, tiene que ser Rachel! -grita ya desde la planta de arriba, luego se escucha cerrarse la puerta del baño.

Salgo de la cocina y atravieso el salón hasta el pequeño recibidor. Agarro el pomo con una mano y lo giro. La botella de leche se me resbala de entre las manos. El frío me congela la sangre, me hiela la respiración. No es Rachel.

Y entonces todo deja de tener sentido. La imagen de Lucía delante de mí me paraliza. Sé que grita, puedo leer sus labios. Las lágrimas se desdibujan sobre sus ojos. Me empuja. Una vez. Y otra, y otra. Entra en casa. Yo, inmóvil, retrocedo con sus embistes. Sus manos me golpean con fuerza, gritándome.  Veo a Andrea detrás de ella, no sé qué hace él aquí. ¿Y ella?

Su mirada oscura, de odio, de ira, no la reconozco, esta no es mi Lucía. Pero hay algo más, yo tampoco soy su Juan.

 

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Tartán

A veces, sólo a veces, me da por escribir sonetos y salen cosas… así. Porque nadie dijo que todos los sonetos tuvieran que hablar de amor, ¿no?

TARTÁNlarge

Sin querer ser osado o indecente
Preguntaré si usted me lo consiente,
¿Si el color de sus bragas acertara
conseguiría al fin que me besara?

Me complace el trato, su merced,
mas si acierta el color de mis braguitas,
—díjome la doncella— mis braguitas
regalaré con gusto a su merced.

Púsome la princesa colorado
y riéndose me miró la cría
con ojos de traviesa rebeldía.

Diré, puesto a ser desvergonzado,
—dije con aires propios de Don Juan—
Que nada aguarda bajo su tartán.

Primavera protátil

Primavera portátil

 

Aquellos dos tenían una flamante primavera portátil.
Era muy divetido verlos cruzar la calle con aquel armatoste cubriéndolos como una pajarera o un enorme paraguas.

A veces resultaban francamente molestos. Como cuando viajaban en el subte por ejemplo, y le metían a uno un pedazo de octubre en las narices, sin pedirle disculpas para nada.

Otras veces en medio de una oficina pública, o en una exposición de filatelia, para dar otro ejemplo, se movían y hacían un incalificable desparramo de perfumes, glicinas, abejorros, pereza, cielos de no creer, o tontas palabritas que después iban y venían volando como moscas, hasta que se posaban muy orondas en algún portafolios.

Para colmo andaban contentísimos con su armatoste parecido a una campana o a una nube, y como hasta el mismísimo invierno se mostraba respetuoso y paciente frente a aquella absurda primavera portátil, los dos se creían que eran absolutamente inmortales.

Un buen día desaparecieron. Según se cree, al final de un verano, al armatoste le dio por seguir a una bandada de golondrinas que se dirigía hacia el norte, y naturalmente arrastró a aquellos dos como si se los llevara una cápsula géminis.

Otros en cambio dicen que el armatoste un día se esfumó, se derritió, se desarmó o algo así. Que entonces los dos sintieron frío y se miraron y se miraron largo tiempo, sin conocerse en absoluto. Y que tuvieron tanto miedo al verse así desnudos, extraños y mortales, que salieron corriendo, uno para un lado y otro para el otro, hasta que se perdieron nadie sabe dónde.

 

(Anónimo)